"El viento, a su paso, dibuja un camino, atravesando bosques, pueblos, mares, desiertos… de forma que, una vez recorrido, regresa al punto de partida para sobrevolar de nuevo los mismos parajes.
Como un río de aire, el viento forma un caudal que fluye con más o menos intensidad, según el paisaje que acaricia.
Si no sortea dificultades, juega moldeando las copas de los árboles, con peinados imposibles, o moviendo puñados de granos de arena de las playas, para formar dunas según su capricho.
Pero si es la mano del hombre la que le impide avanzar, el viento se enfurece, huracanado, , tratando de recuperar la parte del camino que aquél le usurpó."
MURIEL
Las casas de piedra rojiza de Muriel se erguían viejas, cansadas, dibujando un pasillo en el enclave de la Baja Maragatería.
El País de los Maragatos debía su nombre a los tiempos de la arriería, cuando los lugareños comerciaban salazones de pescado desde Galicia a Madrid; desde el mar, a los gatos.
Muriel medía su edad en la vejez de sus piedras castellanas, y rendía homenaje, con su estructura, a los arrieros maragatos, en función de su actividad: grandes puertas arcadas para el paso de carros, patios interiores, cuadras, bodegas, calles sin asfaltar...
A pesar de no contar con más de 40 habitantes, cada casa del pequeño pueblo era casi una réplica de la anterior, diferenciadas quizá por una maceta con camelias en una ventana o por una bicicleta apoyada en un viejo portón de madera.
Conservaba aún la solemnidad de una actividad económica próspera, y en su rutina diaria, quedaban resquicios de una vida que ya no era.
El tiempo se había detenido en Muriel como si de fotografías antiguas se tratase: niños jugando en la calle, señoras sentadas al sol en bancos de piedra y hombres tocando la chifla y el tamboril.
El pueblo formaba un pasillo, limitado a ambos lados por las viejas casas de piedra rojiza.
Todas las casas contaban con dos plantas, y todas se unían pared con pared, describiendo un camino que no era sino interrumpido por una pequeña fuente de agua potable que daba de beber a los vecinos de Muriel; un camino imaginado para evitar, en la medida de lo posible, travesuras huracanadas; un camino para el viento.
SIRO
Igual que las casas de Muriel, sus habitantes gozaban de un denominador común: sus nombres habían sido elegidos generación tras generación en función de la intensidad del viento durante el año de su nacimiento, condicionando, de alguna manera, su personalidad.
Siro había nacido en marzo, hacía diez años. Durante esos meses, el aire mediterráneo procedente del Sahara había producido en el pueblo un clima húmedo y frío acompañado de un viento fuerte que no hacía sino acrecentar la testarudez del pequeño. A pesar de su edad, Siro era un niño decidido, emprendedor y especialmente sensible.
Sus ojos, azules, casi tan grandes como dos almendras, teñían del mismo color su curiosidad, observando con especial templanza todo lo que sucedía a su alrededor, que se reflejaba en sus pupilas como si del agua de la fuente se tratase.
Siro era un niño rubio, especialmente delgado, así que la ropa holgada que solía vestir, como todos los vecinos de Muriel, no hacía sino marcar todos y cada uno de sus huesos en cada movimiento.
En el pequeño pueblo existía otro factor común: el pelo de sus vecinos crecía rizo, unas veces, en tirabuzones otras, pero jamás se había conocido lugareño con el cabello liso, desde la construcción de la última casa de Muriel.
Y era algo que a Siro no hacía sino complacerle: no había nada en el mundo que le gustase más que la caricias de su madre retirándole un mechón de rizos que caía, rebelde, sobre sus ojos almendrados.
EL PRIMER JUEVES DE CADA MES
El primer jueves de cada mes las campanas repicaban en la Baja Maragatería, con mayor o menor intensidad en función de la fuerza con la que el viento recorriese su camino.
Entonces, en el peor de los casos, los habitantes de Muriel, recogían apresurados las sillas situadas en las puertas de las casas, cerraban las contras de madera de las ventanas, y esperaban, ocultos ,a que trascurriese el tiempo suficiente para regresar a la calle a disfrutar del trabajo artesano y de las canciones y juegos propios de cada estación.
En otro caso, los lugareños mantenían sus ocupaciones, sin más preocupación que la de sujetar con fuerza sombreros de paja y pañuelos de colores, que ocultaban los rizos y tirabuzones de los habitantes del pequeño pueblo de la comarca maragata.
Sin embargo en ocasiones, el viento jugaba, travieso, deleitando con sus ocurrencias a pequeños y mayores quienes, irremediablemente, pasarían el resto de la tarde recuperando el orden.
Aquel jueves de junio, las campanas repicaron suaves, casi como un tintineo dulce, que presagiaba un aire cálido primaveral.
Siro, sentado en el balcón de su habitación, agarró con fuerza, desconfiado, el cazamariposas que había hecho aquella tarde.
En sus ojos almendrados, se reflejaron decenas de sombreros de todos los tamaños y colores, que volaban a lo largo del camino que marcaban las casas de Muriel. A continuación Siro observó cómo el banco de madera en el que plácidamente leía la señora Pampero, había sido elevado en el aire, volando delante del balcón del niño, que le sonrió, sin más respuesta que una mueca de fastidio de la regordeta y canosa mujer, que había perdido el periódico que estaba leyendo.
Unos minutos más tarde, mientras unos habitantes de Muriel recogían sus prendas esparcidas a lo largo del pueblo, otros sujetaban por ambos extremos el banco de madera, con la señora Pampero aún sentada en él, desplazándolo a lo largo de la calle hasta su correcta ubicación.
Siro miró al cielo, y observó cómo caían varias fotografías sin color sobre el tejado de la casa.
Corriendo, atravesó su habitación y, bajando a la calle, apoyó la escalera de viento en la fachada de piedras rojizas, y consiguió, ayudado de una fina rama, las fotografías que el aire les había regalado aquella tarde.
_ " ¡ Zonda !, ¡ ven!, ¡papá y mamá están bien!_ exclamó
ZONDA
La hermana de Siro tenía un carácter seco y temperamental, como el viento que le había dado nombre.
A pesar de contar con tan solo quince años, había asumido con madurez el cuidado del pequeño tras la partida inesperada de sus padres.
Zonda presumía de una larga melena rubia, que peinaba con delicadeza durante horas, mientras esperaba que un soplo de aire depositase en Muriel noticias de sus progenitores.
Sus vestidos, flojos, disimulaban un cuerpo de mujer que habría desviado más de una mirada entre los jóvenes del pequeño pueblo.
Zonda había continuado el trabajo artesanal de sus padres, aprendido desde su niñez, para poder vivir en Muriel junto a su hermano.
Todas las mañanas, con los primeros rayos de sol entrando a través de las ventanas de la cocina, la joven recogía sus tirabuzones rubios en una hermosa trenza con un lazo rojo, a juego con el delantal y los guantes que evitaban dañar la piel de sus manos.
Con la ayuda de un palo, Zonda diluía en grandes recipientes de barro, agua con soda y sal, líquido sobre el que vertía la cantidad de aceite suficiente para obtener, una vez calentado, una masa uniforme que removía, de forma permanente, durante horas.
Cuando Siro, como todas las mañanas, bajaba las viejas escaleras de madera, a trompicones, para abrazar a su hermana, la mezcla ya estaba repartida en moldes que se dejarían enfriar durante varios días para obtener jabones aromáticos que Zonda vendería a los vecinos de Muriel, o, en su caso, cambiaría por un poco de leche, legumbres o cocido maragato.
LA CÁMARA DE FOTOS
Siro y Zonda sujetaban con dificultad sendas bandejas de jabones, sin dejar de sonreír.
A pesar de que las campanas repicaban con fuerza, y que los habitantes de Muriel corrían hacia sus casas, recogiendo las sillas situadas en sus puertas y cerrando las contras de madera de las ventanas, los padres de los pequeños habían insistido en que la luz estival del atardecer era la idónea para tomar la fotografía que serviría de cartel a la empresa familiar.
Los niños, de pie, sobre el borde de la fuente de piedra que adornaba el centro de la calle, apremiaban a su padre con la mirada, mientras éste, con una rodilla en el suelo, siguiendo las instrucciones de su esposa, buscaba el mejor enfoque con su cámara de fotos sin color.
Los padres de Siro y Zonda eran tan delgados como los propios pequeños, si bien lucían un cabello rizo, moreno, que contrastaba con el pelo rubio de sus hijos, dando lugar a comentarios que se habían extendido en toda la Baja Maragatería.
A pesar de las habladurías, la familia contaba con el cariño de todos los habitantes de Muriel, y sus jabones aromáticos eran tan bien recibidos como las fiestas que organizaban en su vieja casa celebrando cumpleaños, nacimientos o , simplemente, el cambio de estación.
El viento comenzó a rugir, enfadado, cuando Siro, gritando, soltó la bandeja. Los jabones cayeron en el agua de la fuente, formando un gran charco de espuma que emanaba con fuerza, bajo los pies de los niños.
Desde el horizonte, una ráfaga de viento, caprichosa, se adentraba en Muriel, barriendo, a su paso, a todo aquel que no se hubiera resguardado a tiempo.
Zonda agarró a su hermano por la manga de la camisa y tiró con fuerza de él, resbalando juntos en el interior de la fuente.
Ocultos entre la espuma, los pequeños observaron cómo el viento elevaba a sus padres hacia el cielo y, con un giro inesperado, formando un pequeño tornado, cambiaba por primera vez su dirección, para regresar por el mismo camino por el que había aparecido, y llevando a los padres de Siro y Zonda en sus entrañas.
LAS ESCALERAS DE VIENTO
Siro y Zonda, impotentes, cubiertos de espuma, agarrados de la mano, de pie, y desde el interior de la fuente, miraban al cielo en el que habían desaparecido sus padres.
Los habitantes de Muriel salieron de sus casas, en silencio, tras haber presenciado, en su mayoría, la trágica escena desde el interior de sus hogares.
Conocedores de las consecuencias de aquel pequeño tornado, los lugareños, ayudados por Siro y Zonda, sacaron de sus casas las escaleras que tantas veces habían utilizado en situaciones de emergencia.
Varias personas que se habían visto sorprendidas por el cambio de la dirección del viento, y habían sido arrastradas hasta tejados, farolas y árboles, dibujando un escenario surrealista en Muriel, gritaban auxilio desde lo alto.
Zonda, desconcertada, apoyó la escalera en uno de los abedules que adornaban el pueblo, para rescatar a un niño que se había enredado entre las ramas con su pelo rizo.
Mientras, varias personas de más edad, colgadas de farolas por sus prendas holgadas, eran ayudadas por otros vecinos.
Una decena de escaleras de viento fueron recogidas al anochecer, esperando otra ocasión en la que los habitantes de Muriel no corriesen la misma suerte que los padres de Siro y Zonda.
FOTOGRAFÍAS SIN COLOR
Habían pasado más de tres semanas desde que el viento había cambiado su dirección cuando Siro y Zonda recibieron la primera fotografía.
Era el primer jueves del mes de julio, y tras el repique tímido de las campanas, una imagen en blanco y negro había aterrizado a los pies del pequeño en la puerta de su vieja casa de piedra.
Curioso, se agachó para recogerla, y su sorpresa no pudo ser mayor al reconocer en ella algunos de los lugares que su padre tantas veces le había relatado en los cuentos que le contaba antes de dormir; ciudades que para el niño solo existían en su imaginación, ya que para él no había más mundo que el que comenzaba y terminaba en su pequeño Muriel.
Sin aliento, buscó a su hermana entre las mujeres que vendían aquella mañana en las puertas de las casas.
Zonda posó la bandeja de jabones aromáticos en un banco, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, sin dar crédito a lo que le mostraba aquella fotografía: hombres encantadores de serpientes; mujeres vestidas con largas túnicas; porteadores de alfombras; camellos…
Los pequeños, con lágrimas en los ojos, se abrazaron, y comprendieron que sus padres seguían el camino del viento, atravesando bosques, pueblos, mares, desiertos… y que regresarían, tarde o temprano, al punto de partida: Muriel
CAZAMARIPOSAS
Habían transcurrido tres meses desde que los padres de Siro y Zonda habían abandonado Muriel, y desde entonces los pequeños habían recibido cinco fotografías sin color , empujadas por masas de aire más rápidas que las que transportaban a sus padres.
Gracias a ellas, los pequeños, conocían ciudades con canales repletos de divertidas embarcaciones, mares que escondían inmensas ballenas en su interior, o murallas que recorrían kilómetros entre montañas.
Los niños sabían que el viento del primer jueves de octubre traería consigo las primeras castañas, y teñiría Muriel de colores marrones y naranjas, devolviendo a sus padres al pequeño pueblo.
La última fotografía mostraba un océano enfurecido, con especies vegetales y animales propias de aguas frías, que pronto reconocieron entre las historias que de sus abuelos relataba su padre sobre el camino de los arrieros en las costas gallegas.
Aquella mañana, Siro, preocupado, se había despertado antes de lo habitual, y sentado en el suelo de la cocina, observaba cómo su hermana rellenaba los moldes que servirían para dar forma a los jabones aromáticos.
-Zonda, ¿ cómo se van a bajar papá y mamá del viento?
La niña miró al pequeño. Sus ojos almendrados lloraban ante la evidencia de poder perder a sus padres otros cuatro meses, o quizá para siempre, condenados a seguir el camino caprichoso del viento.
- No te preocupes, algo se nos ocurrirá.
A pesar de que había intentado resultar convincente, a Zonda también le angustiaba aquella situación. Había intentado mostrar un semblante sereno, conociendo la sensibilidad de su hermano, pero no estaba segura de haberlo conseguido, ya que éste, repentinamente, había subido las viejas escaleras de madera a trompicones, tras escuchar su contestación.
Decidió no pensar más en ello, y centrar sus esfuerzos en terminar de elaborar los jabones aromáticos aquella mañana.
“ Algo se nos ocurrirá”, dijo para sí.
Siro, por su parte, había dejado volar su imaginación tan alto como el viento y, después de pasar varias horas encerrado en su cuarto, bajó al piso inferior de la vieja casa maragata, tan rápido como sus delgadas piernas le permitieron, con su cazamariposas en la mano.
Zonda, que colocaba con especial delicadeza las piezas de jabón en bandejas, recibió a su hermano con una sonrisa forzada, preocupada por su repentino cambio de humor.
- ¡ Podemos coger a papá y a mamá como si fuesen mariposas!
El pequeño saltaba alrededor de su hermana con la red en la mano, imitando los gestos que hacía cuando salía a cazar mariposas por Muriel.
Zonda, sin interrumpir su trabajo, le regaló una mirada de aprobación, permitiendo que su hermano se sintiese satisfecho con su gran descubrimiento.
- ¡Construiremos el cazamariposas más grande del mundo!
La joven comenzó a valorar la posibilidad de escuchar la idea de su hermano y, sacándose los guantes rojos que impedían que su piel se dañase mientras elaboraba jabones aromáticos, se sentó, prestándole toda su atención.
- Será el cazamariposas más grande y más bonito del mundo, y papá y mamá se pondrán muy contentos cuando vean mi invento.
Zonda comprendió que la idea de su hermano era la solución para recuperar a sus padres. Si diseñaban una red lo suficientemente grande para ocupar el espacio que separaba el camino de Muriel, el viento se colaría entre los agujeros del cazamariposas, y sus padres caerían en él como si de una tela de araña se tratase.
- Siro, eres el niño más listo de toda la Maragatería
OCTUBRE
Aquella misma tarde, mientras vendía sus jabones de casa en casa por la calle principal de Muriel, Zonda relataba una y otra vez la idea de tejer una red de grandes dimensiones para ayudar a sus padres, siendo aprobada por la mayoría de las clientas que habitualmente adquirían su trabajo artesanal, quienes ofrecían su colaboración de manera desinteresada.
Siro, de pie, desde el borde de la fuente, haciendo grandes aspavientos con sus brazos, explicaba a los niños del pueblo la gran hazaña en la que se había visto inmerso.
Los habitantes de Muriel, incluida la vieja señora Pampero, que , para sorpresa de todos, abandonaba por primera vez en años sus jornadas de lectura en el banco de madera, se reunieron día tras día, durante dos semanas, en la casa de piedra de Zonda y Siro, ubicada en medio de la calle sin asfaltar.
Mientras unos tejían la red, otros calculaban las medidas de la misma, o servían infusiones calientes de azahar y melisa, interrumpidos en ocasiones por el alboroto de los niños que jugaban, divertidos y excitados por la novedad.
El primer jueves de octubre, a primera hora de la mañana, un grupo de veinte personas encabezado por Siro y Zonda, salían de la casa de los pequeños portando una inmensa red que sujetaban en alto desde sus bordes mientras caminaban hasta las primeras casas.
Ayudados por las escaleras de viento, ataron los extremos de la red a la parte superior de sendas farolas, cada una situada a un lado del camino, así como al pie de las mismas, mientras las campanas empezaban a repicar con fuerza en la Baja Maragatería.
Siro divisó en el horizonte cómo se acercaba el viento, huracanado, y, como el resto de los habitantes de Muriel, corrió, junto a su hermana, a resguardarse en el interior de las casas de piedra rojiza, observando, a través de los pequeños agujeros de las contras de madera de las ventanas, el inmenso cazamariposas.
Desde las últimas casas, lugar por el que pasaba primero el viento desde su cambio de dirección, aparecieron los padres de Siro y Zonda, volando por encima de los tejados, con la ropa rasgada por la fuerza del viento, y su pelo rizo, moreno, enredado uno con el otro.
El viento, enfurecido al hallar en su camino un obstáculo de tales dimensiones, formó un pequeño tornado, para cambiar nuevamente de sentido, momento en que los padres de los pequeños rebotaron en la red, como si de un gran tirachinas se tratase, saliendo despedidos por encima del ciclón.
Tras unos segundos de silencio, los habitantes de Muriel salieron temerosos de sus casas, y , acompañados de Siro y Zonda, buscaron en los tejados, farolas y árboles a los padres de los pequeños, hasta que el niño, sonriente, señaló hacia la última chimenea del pueblo, en la que, colgados a ambos lados, y enredados por su pelo rizo, aparecieron un hombre y una mujer sujetando una cámara de fotos.
LA ÚLTIMA FOTOGRAFÍA
Desde el tejado, y aún enganchado en la chimenea, el padre de Siro y Zonda enfocó por última vez el objetivo de su cámara.
La fotografía, sin color, mostraría más adelante una decena de personas apoyando sus escaleras de viento en el tejado de la casa sobre la que habían caído, mientras sus hijos, les saludaban, sonrientes, desde el borde de la misma fuente que les había separado, sujetando un par de cazamariposas en lo alto.
Entre la multitud, acordeones, gaitas y tamboriles, celebraban su regreso.
A lo lejos, una inmensa red, sujeta únicamente por uno de sus extremos a una farola de Muriel, era mecida por una brisa que no hacía sino recordar que aquel era un camino imaginado para evitar, en la medida de lo posible, travesuras huracanadas. Era un camino para el viento.
BERTA. 2.04.2010
viernes, 2 de abril de 2010
miércoles, 24 de febrero de 2010
CLOE
Un beso frío se escapó de los labios de Cloe. Era un beso ligero,
sin dueño, perdido entre la lluvia, una lluvia que ya no mojaba,
que ya no dolía.
La joven, inmóvil, observó cómo se alejaba, sin impedirlo, cansada,
rendida por el oleaje, por el viento del invierno, por el olor a bajamar.
El beso de Cloe suspiró profundamente, y se giró por última vez
para recordar su rostro, antes de echar a volar entre una tranquila
bandada de gaviotas.
Desde el cielo, la luz rosada del atardecer se filtró a través de aquel beso,mostrando a la joven una película de imágenes de colores vivos,
alegres, infinitos..que no hicieron sino arrancar una sonrisa de
sus labios sin calor.
Cloe dibujó al aire un beso rosado, cálido, incondicional. Y tomó conciencia de su rostro, de su vida y de sus sueños.
sin dueño, perdido entre la lluvia, una lluvia que ya no mojaba,
que ya no dolía.
La joven, inmóvil, observó cómo se alejaba, sin impedirlo, cansada,
rendida por el oleaje, por el viento del invierno, por el olor a bajamar.
El beso de Cloe suspiró profundamente, y se giró por última vez
para recordar su rostro, antes de echar a volar entre una tranquila
bandada de gaviotas.
Desde el cielo, la luz rosada del atardecer se filtró a través de aquel beso,mostrando a la joven una película de imágenes de colores vivos,
alegres, infinitos..que no hicieron sino arrancar una sonrisa de
sus labios sin calor.
Cloe dibujó al aire un beso rosado, cálido, incondicional. Y tomó conciencia de su rostro, de su vida y de sus sueños.
lunes, 15 de febrero de 2010
EL NIÑO QUE NO SABÍA CASI NADA.
Miguel era un niño muy pequeño. Tan pequeño, que aún no era un niño.
Le gustaba nadar, más que nada en el mundo, pero eso sí, como decía él, “sin soltarse”.
Nadaba boca arriba, boca abajo…y siempre mirándose los pies.
Los pies de Miguel eran los pies más bonitos del universo. Lo mismo pensaba de sus manos, de su barriga, de sus piernas…Y por cada pensamiento, un aplauso. Y por cada aplauso, una sonrisa.
A Miguel también le gustaba sumar. “Sin soltarse”.
Sumaba las horas los días, los meses...Y marcaba cada plazo en su carita de casi niño, en los dedos de sus pies y en su corazón.
El corazón de Miguel latía con fuerza, porque no sabía hacerlo de otra manera. Conocía otro corazón que lloraba, despacio; reía y amaba, a diferentes ritmos.Miguel deseaba aquella música que invadía su vida, porque tampoco conocía otras melodías.
Miguel no sabía casi nada: no sabía diferenciar la noche del día, el sol de la luna. No conocía el mar, la lluvia, el fuego. Tampoco había llorado, bebiendo lágrimas saladas, ni reído, con las mismas lágrimas, pero con diferente sabor.
Miguel no sabía caminar deprisa, con el viento rompiendo en la cara, ni abrazar fuerte. No conocía la playa, las heladerías, el circo..
Pero a Miguel le gustaba nadar, más que nada en el mundo. “Sin soltarse”. Y contar. Contaba las horas, los días, los meses…Y sabía, sin saber casi nada, que muy pronto sería un niño.
Miguel era un niño muy pequeño. Tan pequeño, que aún no era un niño.
Le gustaba nadar, más que nada en el mundo, pero eso sí, como decía él, “sin soltarse”.
Nadaba boca arriba, boca abajo…y siempre mirándose los pies.
Los pies de Miguel eran los pies más bonitos del universo. Lo mismo pensaba de sus manos, de su barriga, de sus piernas…Y por cada pensamiento, un aplauso. Y por cada aplauso, una sonrisa.
A Miguel también le gustaba sumar. “Sin soltarse”.
Sumaba las horas los días, los meses...Y marcaba cada plazo en su carita de casi niño, en los dedos de sus pies y en su corazón.
El corazón de Miguel latía con fuerza, porque no sabía hacerlo de otra manera. Conocía otro corazón que lloraba, despacio; reía y amaba, a diferentes ritmos.Miguel deseaba aquella música que invadía su vida, porque tampoco conocía otras melodías.
Miguel no sabía casi nada: no sabía diferenciar la noche del día, el sol de la luna. No conocía el mar, la lluvia, el fuego. Tampoco había llorado, bebiendo lágrimas saladas, ni reído, con las mismas lágrimas, pero con diferente sabor.
Miguel no sabía caminar deprisa, con el viento rompiendo en la cara, ni abrazar fuerte. No conocía la playa, las heladerías, el circo..
Pero a Miguel le gustaba nadar, más que nada en el mundo. “Sin soltarse”. Y contar. Contaba las horas, los días, los meses…Y sabía, sin saber casi nada, que muy pronto sería un niño.
jueves, 11 de febrero de 2010
EL CANGREJO TITO
Tito era un cangrejo pequeño y rojizo, que en poco se diferenciaba de otros cangrejos de playa.
Lucía ocho patas delgadas, enclenques, compensadas por la vigorosidad de sus patas delanteras, adornadas por las pinzas de cangrejo de playa más hermosas que se hubieran visto antes.
Las pinzas de las patas delanteras del cangrejo Tito eran color negro azabache, en donde se posaban los rayos de sol, para reflejarse después en las olas de mar que rompían en la orilla.
Tito presidía una pequeña playa plagada de estrellas de mar, navajas, mejillones y berberechos.
La playa era tan pequeña que, si abría las patas delanteras, tocaba con las puntas de sus grandes pinzas el principio y el final de la misma.
Desde la orilla, el cangrejo Tito controlaba la armonía de su diminuto paraíso, al compás de sus pinzas color negro azabache: con un chasquido, la decena de mejillones que descansaban en las rocas se abrían, saludando con orgullo a su pequeño amigo, retrocediendo al tiempo la marea, para que los mejillones respirasen y disfrutasen mientras de los cálidos rayos de sol.
Dos chasquidos de pinzas provocaban una sinfonía de conchas de berberechos que se abrían y cerraban con armonía, al compás de las batutas color negro azabache del cangrejo Tito, subiendo, mientras, la marea, para refrescar a los pequeños moluscos entre melodía y melodía.
La vida en la diminuta playa transcurría sin más sobresaltos que las frías lluvias otoñales, el fuerte viento invernal, o la molesta visita de alguna gaviota que acudía a la playa atraída por el sonido de los berberechos y el reflejo del negro azabache de las patas delanteras del cangrejo Tito.
Pero la fortuna quiso que, una noche de finales de agosto, el cangrejo Tito no consiguiese dormir, y la casualidad provocó que el mar hubiera arrastrado hasta la playa una piedra tan bonita como peligrosa, dando lugar, la combinación de ambos factores, a que el pequeño cangrejo, que paseaba por la playa a la luz de la luna, tropezase con la piedra, con la mala suerte de que su pequeño cuerpecito cayese boca arriba, siendo en vano todos sus esfuerzos por colocar otra vez sus patitas sobre la arena.
Transcurrían las horas sin que el cangrejo Tito se pudiera mover.
El calor comenzaba a hacer insoportable aquella situación, y los mejillones y los berberechos de la diminuta playa, se sentían confusos al no escuchar el sonido de las hermosas pinzas del cangrejo Tito.
La marea, inquieta, dejaba así de refrescar a los pequeños moluscos, para provocar, minutos después, una crecida tal que los mejillones y los berberechos tenían que aguantar la respiración para no morir ahogados.
El cangrejo Tito perdía el ánimo y la fuerza poco a poco.
Su color rojizo comenzaba a palidecer, para transformarse en un rosado pálido que nada bueno auguraba.
Pero los pequeños moluscos, reblandecidos por el agua del mar, comenzaron, en solitario, a entonar la sinfonía guiada, hasta entonces, por las pinzas color negro azabache del cangrejo Tito.
Su melodía y movimiento provocaron una primera ola que invadió parte de la playa en la que yacía el pequeño cangrejo.
Los mejillones, comprobando que el agua del mar podía alcanzar a su pequeño amigo, se unieron, provocando una oleada de aplausos al abrir y cerrar con fuerza sus conchas. Y lo hicieron con tanta fuerza, que una ola salada se deslizó bajo el cuerpo del cangrejo, ayudándole así a girarse hasta colocar sus débiles patitas sobre la arena.
Esa mañana de agosto, la marea subió tanto, en toda la costa, contagiada por aquella melodía, que en otras playas, con otros cangrejos rojizos, la vida venció al calor, y el agua salada, al color rosado.
Tito era un cangrejo pequeño, rojizo, que en poco se diferenciaba de otros cangrejos de playa.
Lucía ocho patas delgadas, enclenques, compensadas por las pinzas de cangrejo de playa más hermosas que se hubiesen visto antes, pinzas de músico, de compositor. Pinzas, al fin y al cabo, de mareas vivas.
Tito era un cangrejo pequeño y rojizo, que en poco se diferenciaba de otros cangrejos de playa.
Lucía ocho patas delgadas, enclenques, compensadas por la vigorosidad de sus patas delanteras, adornadas por las pinzas de cangrejo de playa más hermosas que se hubieran visto antes.
Las pinzas de las patas delanteras del cangrejo Tito eran color negro azabache, en donde se posaban los rayos de sol, para reflejarse después en las olas de mar que rompían en la orilla.
Tito presidía una pequeña playa plagada de estrellas de mar, navajas, mejillones y berberechos.
La playa era tan pequeña que, si abría las patas delanteras, tocaba con las puntas de sus grandes pinzas el principio y el final de la misma.
Desde la orilla, el cangrejo Tito controlaba la armonía de su diminuto paraíso, al compás de sus pinzas color negro azabache: con un chasquido, la decena de mejillones que descansaban en las rocas se abrían, saludando con orgullo a su pequeño amigo, retrocediendo al tiempo la marea, para que los mejillones respirasen y disfrutasen mientras de los cálidos rayos de sol.
Dos chasquidos de pinzas provocaban una sinfonía de conchas de berberechos que se abrían y cerraban con armonía, al compás de las batutas color negro azabache del cangrejo Tito, subiendo, mientras, la marea, para refrescar a los pequeños moluscos entre melodía y melodía.
La vida en la diminuta playa transcurría sin más sobresaltos que las frías lluvias otoñales, el fuerte viento invernal, o la molesta visita de alguna gaviota que acudía a la playa atraída por el sonido de los berberechos y el reflejo del negro azabache de las patas delanteras del cangrejo Tito.
Pero la fortuna quiso que, una noche de finales de agosto, el cangrejo Tito no consiguiese dormir, y la casualidad provocó que el mar hubiera arrastrado hasta la playa una piedra tan bonita como peligrosa, dando lugar, la combinación de ambos factores, a que el pequeño cangrejo, que paseaba por la playa a la luz de la luna, tropezase con la piedra, con la mala suerte de que su pequeño cuerpecito cayese boca arriba, siendo en vano todos sus esfuerzos por colocar otra vez sus patitas sobre la arena.
Transcurrían las horas sin que el cangrejo Tito se pudiera mover.
El calor comenzaba a hacer insoportable aquella situación, y los mejillones y los berberechos de la diminuta playa, se sentían confusos al no escuchar el sonido de las hermosas pinzas del cangrejo Tito.
La marea, inquieta, dejaba así de refrescar a los pequeños moluscos, para provocar, minutos después, una crecida tal que los mejillones y los berberechos tenían que aguantar la respiración para no morir ahogados.
El cangrejo Tito perdía el ánimo y la fuerza poco a poco.
Su color rojizo comenzaba a palidecer, para transformarse en un rosado pálido que nada bueno auguraba.
Pero los pequeños moluscos, reblandecidos por el agua del mar, comenzaron, en solitario, a entonar la sinfonía guiada, hasta entonces, por las pinzas color negro azabache del cangrejo Tito.
Su melodía y movimiento provocaron una primera ola que invadió parte de la playa en la que yacía el pequeño cangrejo.
Los mejillones, comprobando que el agua del mar podía alcanzar a su pequeño amigo, se unieron, provocando una oleada de aplausos al abrir y cerrar con fuerza sus conchas. Y lo hicieron con tanta fuerza, que una ola salada se deslizó bajo el cuerpo del cangrejo, ayudándole así a girarse hasta colocar sus débiles patitas sobre la arena.
Esa mañana de agosto, la marea subió tanto, en toda la costa, contagiada por aquella melodía, que en otras playas, con otros cangrejos rojizos, la vida venció al calor, y el agua salada, al color rosado.
Tito era un cangrejo pequeño, rojizo, que en poco se diferenciaba de otros cangrejos de playa.
Lucía ocho patas delgadas, enclenques, compensadas por las pinzas de cangrejo de playa más hermosas que se hubiesen visto antes, pinzas de músico, de compositor. Pinzas, al fin y al cabo, de mareas vivas.
martes, 9 de febrero de 2010
EL CASTIGO
Apreté las rodillas contra mi cuerpo intentando protegerme del frío y de la oscuridad.
Sentadas, en el interior de aquel armario, el silencio solo era interrumpido por los sollozos de mi amiga Bea.
A los nueve años, era una niña normal, ni muy alta ni muy baja, ni guapa, ni fea. Normal.
Esa normalidad no destacaba entre mis compañeros de clase, así que desarrollé un mundo de fantasía y juego, de risas y magia, que compensaban mi tez blanca y mi melena morena, al fin y al cabo, normales.
De esta manera, dirigía grandes batallas de borradores, que lanzábamos por el aire como granadas de polvo blanco, utilizando los pupitres de trincheras, mientras la más valiente se adentraba en terreno enemigo disparando tizas a corta distancia; o inventaba signos secretos, que mi grupo de amigas utilizaba como una manera indescifrable de comunicación, y que supuso un gran avance en el método de copiar en los exámenes.
Mi amiga Bea aportaba razón a mi cabeza alada. Mi mundo de fantasía, mi sonrisa eterna, perdían color ante los comentarios sosegados de aquella niña de tirabuzones rubios.
Ella sí era especial. Porque era mayor, sin serlo. Porque, a pesar de no ser una gran oradora, sus palabras aparecían en el momento preciso, con el significado apropiado.
Su voz, serena, adulta, adiestraba los gritos de mi impulsividad.
Aquella mañana, la razón y la fantasía habían echado un pulso, como todas las mañanas, como todas las tardes de colegio, con el triunfo de aquélla última.
Mi amiga Bea y yo mirábamos cómplices, desafiantes, los percheros de la clase.
Vestíamos el mismo uniforme azul marino, lo suficientemente largos para que durasen un par de cursos más, con unas tablas a lo largo de la falda que no se mantenían planchadas más que dos o tres recreos.
El único alivio para aquel color sin serlo, era una camiseta blanca que se ocultaba bajo el pichi azul.
-¡ Ahora!
Dando la voz de salida, y habiendo pactado previamente las instrucciones del juego, corrimos hacia la primera puerta del armario. Una vez dentro, buscamos la siguiente puerta, que comunicaba con la primera, para volver a salir nuevamente al pasillo, y repetir la tarea tantas veces como puertas tenía aquel mueble, dejando detrás de nosotras un rastro de perchas, abrigos, bufandas..que caían sin remedio entre risas y empujones.
Habíamos perdido el aliento en aquella carrera de obstáculos, la voz, y los zapatos de mi amiga Bea, que siempre calzaba a modo de chancleta, lo que supuso una gran ventaja para mí dentro del perchero.
Las carcajadas y el desorden se congelaron ante la atenta mirada de la Madre Celia.
Las monjas de nuestro colegio eran todas Madres: Madre Tránsito, Madre Dolores..lo que nunca alcanzaba a comprender ya que ninguna de ellas tenía hijos (que yo supiese). Y todas vestían igual: con un hábito gris que cubría su cuerpo, dejando al aire únicamente su cara y sus manos, pero sin camiseta blanca que aliviase aquel color.
La Madre Celia podía tener noventa años, pero también podía tener cien, o doscientos.
Las arrugas de su cara caían con peso sobre su boca, dibujando una sonrisa al revés, pero sin enseñar los dientes, lo que le daba una imagen aún más tétrica.
Olía a armario cerrado, y su voz, grave, planchaba de una sola palabra las tablas de nuestro uniforme.
-¿ Quién ha hecho esto?
La pregunta era clara, concreta, y concisa. No daba lugar a réplica ni a disculpas.
Lo voy a repetir solo una vez. ¿ Quién, ha, hecho, esto?
Dando un paso al frente, mi amiga Bea y yo, rodeadas ahora de todas las alumnas que recogían, silenciosas, sus prendas del suelo, fuimos declaradas culpables en un juicio público, sin derecho a defensa.
Bea, ¿estás bien?
Fue lo más inteligente que conseguí decir después de 15 minutos de silencio y oscuridad.
La Madre Celia nos había encerrado de forma indefinida dentro del escenario de nuestra batalla.
Hacía frio. El colegio se había vaciado con los últimos gritos, ya lejanos, de unas niñas que corrían escaleras abajo.
Mi amiga lloraba, destiñendo el color azul marino de su uniforme bajo mis pies.
Mi amiga lloraba, inconsolable, porque su razón no entendía de castigos.
Reuniendo el valor que no había tenido para salir en su defensa, la cogí de la mano, y abrí , despacio, una de las puertas del armario, para comprobar que la Madre Celia nos había dejado solas, y que no había nadie en el aula, ni en el pasillo que empezaba donde finalizaba nuestra mazmorra.
¡Sígueme!
Atravesando el pasadizo de suelo rojo que separaba los dos bloques de edificios de aquel colegio, Bea y yo corrimos sintiendo la humedad en nuestras caras de niñas. Aquel pasillo dibujaba una curva interminable, estrechando sus paredes paso a paso, y dejando atrás varias puertas de madera con un interior tan desconocido como el final del pasadizo.
Mi intuición y el deseo de regalarle a Bea unos minutos de libertad, hicieron que, sin soltarle la mano, abriese la última puerta, la más pequeña, cuya madera agrietada y vieja hizo sonar un eco terrorífico a lo largo del pasillo de baldosas rojas que habíamos dejado atrás.
Ante nosotros, una escalinata de piedra se erguía, solemne, invitándonos a subir hacia el exterior de la fachada del colegio. Cada peldaño, cada paso, supuso para nosotras haber encontrado el camino hacia la libertad. Una libertad momentánea, escurridiza..pero nuestra.
El viento golpeaba con fuerza los rizos de mi amiga Bea y mi melena morena, normal.
En lo alto del campanario del colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, abrazadas, sellamos nuestro secreto mirando al mar, sabiendo que en pocos minutos recorreríamos aquel pasadizo de baldosas rojas, dejando atrás la puerta vieja de madera, para regresar, sigilosas, a nuestro castigo. Un castigo sin lágrimas. Un castigo sin frío.
Apreté las rodillas contra mi cuerpo intentando protegerme del frío y de la oscuridad.
Sentadas, en el interior de aquel armario, el silencio solo era interrumpido por los sollozos de mi amiga Bea.
A los nueve años, era una niña normal, ni muy alta ni muy baja, ni guapa, ni fea. Normal.
Esa normalidad no destacaba entre mis compañeros de clase, así que desarrollé un mundo de fantasía y juego, de risas y magia, que compensaban mi tez blanca y mi melena morena, al fin y al cabo, normales.
De esta manera, dirigía grandes batallas de borradores, que lanzábamos por el aire como granadas de polvo blanco, utilizando los pupitres de trincheras, mientras la más valiente se adentraba en terreno enemigo disparando tizas a corta distancia; o inventaba signos secretos, que mi grupo de amigas utilizaba como una manera indescifrable de comunicación, y que supuso un gran avance en el método de copiar en los exámenes.
Mi amiga Bea aportaba razón a mi cabeza alada. Mi mundo de fantasía, mi sonrisa eterna, perdían color ante los comentarios sosegados de aquella niña de tirabuzones rubios.
Ella sí era especial. Porque era mayor, sin serlo. Porque, a pesar de no ser una gran oradora, sus palabras aparecían en el momento preciso, con el significado apropiado.
Su voz, serena, adulta, adiestraba los gritos de mi impulsividad.
Aquella mañana, la razón y la fantasía habían echado un pulso, como todas las mañanas, como todas las tardes de colegio, con el triunfo de aquélla última.
Mi amiga Bea y yo mirábamos cómplices, desafiantes, los percheros de la clase.
Vestíamos el mismo uniforme azul marino, lo suficientemente largos para que durasen un par de cursos más, con unas tablas a lo largo de la falda que no se mantenían planchadas más que dos o tres recreos.
El único alivio para aquel color sin serlo, era una camiseta blanca que se ocultaba bajo el pichi azul.
-¡ Ahora!
Dando la voz de salida, y habiendo pactado previamente las instrucciones del juego, corrimos hacia la primera puerta del armario. Una vez dentro, buscamos la siguiente puerta, que comunicaba con la primera, para volver a salir nuevamente al pasillo, y repetir la tarea tantas veces como puertas tenía aquel mueble, dejando detrás de nosotras un rastro de perchas, abrigos, bufandas..que caían sin remedio entre risas y empujones.
Habíamos perdido el aliento en aquella carrera de obstáculos, la voz, y los zapatos de mi amiga Bea, que siempre calzaba a modo de chancleta, lo que supuso una gran ventaja para mí dentro del perchero.
Las carcajadas y el desorden se congelaron ante la atenta mirada de la Madre Celia.
Las monjas de nuestro colegio eran todas Madres: Madre Tránsito, Madre Dolores..lo que nunca alcanzaba a comprender ya que ninguna de ellas tenía hijos (que yo supiese). Y todas vestían igual: con un hábito gris que cubría su cuerpo, dejando al aire únicamente su cara y sus manos, pero sin camiseta blanca que aliviase aquel color.
La Madre Celia podía tener noventa años, pero también podía tener cien, o doscientos.
Las arrugas de su cara caían con peso sobre su boca, dibujando una sonrisa al revés, pero sin enseñar los dientes, lo que le daba una imagen aún más tétrica.
Olía a armario cerrado, y su voz, grave, planchaba de una sola palabra las tablas de nuestro uniforme.
-¿ Quién ha hecho esto?
La pregunta era clara, concreta, y concisa. No daba lugar a réplica ni a disculpas.
Lo voy a repetir solo una vez. ¿ Quién, ha, hecho, esto?
Dando un paso al frente, mi amiga Bea y yo, rodeadas ahora de todas las alumnas que recogían, silenciosas, sus prendas del suelo, fuimos declaradas culpables en un juicio público, sin derecho a defensa.
Bea, ¿estás bien?
Fue lo más inteligente que conseguí decir después de 15 minutos de silencio y oscuridad.
La Madre Celia nos había encerrado de forma indefinida dentro del escenario de nuestra batalla.
Hacía frio. El colegio se había vaciado con los últimos gritos, ya lejanos, de unas niñas que corrían escaleras abajo.
Mi amiga lloraba, destiñendo el color azul marino de su uniforme bajo mis pies.
Mi amiga lloraba, inconsolable, porque su razón no entendía de castigos.
Reuniendo el valor que no había tenido para salir en su defensa, la cogí de la mano, y abrí , despacio, una de las puertas del armario, para comprobar que la Madre Celia nos había dejado solas, y que no había nadie en el aula, ni en el pasillo que empezaba donde finalizaba nuestra mazmorra.
¡Sígueme!
Atravesando el pasadizo de suelo rojo que separaba los dos bloques de edificios de aquel colegio, Bea y yo corrimos sintiendo la humedad en nuestras caras de niñas. Aquel pasillo dibujaba una curva interminable, estrechando sus paredes paso a paso, y dejando atrás varias puertas de madera con un interior tan desconocido como el final del pasadizo.
Mi intuición y el deseo de regalarle a Bea unos minutos de libertad, hicieron que, sin soltarle la mano, abriese la última puerta, la más pequeña, cuya madera agrietada y vieja hizo sonar un eco terrorífico a lo largo del pasillo de baldosas rojas que habíamos dejado atrás.
Ante nosotros, una escalinata de piedra se erguía, solemne, invitándonos a subir hacia el exterior de la fachada del colegio. Cada peldaño, cada paso, supuso para nosotras haber encontrado el camino hacia la libertad. Una libertad momentánea, escurridiza..pero nuestra.
El viento golpeaba con fuerza los rizos de mi amiga Bea y mi melena morena, normal.
En lo alto del campanario del colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, abrazadas, sellamos nuestro secreto mirando al mar, sabiendo que en pocos minutos recorreríamos aquel pasadizo de baldosas rojas, dejando atrás la puerta vieja de madera, para regresar, sigilosas, a nuestro castigo. Un castigo sin lágrimas. Un castigo sin frío.
lunes, 8 de febrero de 2010
BOTINES NEGROS DE CHAROL
Anabel miró la suela de sus zapatos. Solía hacerlo cuando estaba nerviosa, o después de un ataque fuerte de "la tos mala", como si la solución a sus problemas se hallase en los mismos.
Su madre siempre le decía que así parecía un caballo enfadado, y ella no podía sino imaginar cómo sería un caballo con zapatos. Y por cada vez que escuchaba esa frase, el animalito adquiría detalles: botines negros la primera vez; gafas muy redondas, la segunda..pareciéndose sospechosamente a ella.
Pero Anabel no pudo imaginar con mayor detalle a su pequeño potro desde que lo llenó de lunares, los mismos que decoraban su piel: quince
Su madre, aquella tarde, le había explicado el significado de cada uno de aquellos lunares: Cada mujer de su familia había hecho realidad un deseo a lo largo de su vida, transformándose en pequeñas manchas en las siguientes generaciones.
La pequeña repasaba con sus dedos una y otra vez: un deseo y un lunar: la tía Enriqueta tuvo gemelos, el lunar del dedo gordo del pie; la abuela Gloria compró una granja, el lunar del ombligo..Pero por más que contaba, un lunar no tenía deseo. Era un lunar chiquitito, casi insignificante, debajo de la nariz.¿cómo iba a dibujarlo en su caballo?¿los caballos tenían nariz?
Anabel cerró los ojos con fuerza, apretando los puños, y pidió un deseo...solo uno...
El caballito de Anabel galopó con fuerza valle abajo, con sus botines negros de charol, y sus gafas redondas de institutriz. Tenía el cuerpo lleno de lunares: quince , y uno más grande debajo de la nariz.
Anabel no tosió nunca más.
Anabel miró la suela de sus zapatos. Solía hacerlo cuando estaba nerviosa, o después de un ataque fuerte de "la tos mala", como si la solución a sus problemas se hallase en los mismos.
Su madre siempre le decía que así parecía un caballo enfadado, y ella no podía sino imaginar cómo sería un caballo con zapatos. Y por cada vez que escuchaba esa frase, el animalito adquiría detalles: botines negros la primera vez; gafas muy redondas, la segunda..pareciéndose sospechosamente a ella.
Pero Anabel no pudo imaginar con mayor detalle a su pequeño potro desde que lo llenó de lunares, los mismos que decoraban su piel: quince
Su madre, aquella tarde, le había explicado el significado de cada uno de aquellos lunares: Cada mujer de su familia había hecho realidad un deseo a lo largo de su vida, transformándose en pequeñas manchas en las siguientes generaciones.
La pequeña repasaba con sus dedos una y otra vez: un deseo y un lunar: la tía Enriqueta tuvo gemelos, el lunar del dedo gordo del pie; la abuela Gloria compró una granja, el lunar del ombligo..Pero por más que contaba, un lunar no tenía deseo. Era un lunar chiquitito, casi insignificante, debajo de la nariz.¿cómo iba a dibujarlo en su caballo?¿los caballos tenían nariz?
Anabel cerró los ojos con fuerza, apretando los puños, y pidió un deseo...solo uno...
El caballito de Anabel galopó con fuerza valle abajo, con sus botines negros de charol, y sus gafas redondas de institutriz. Tenía el cuerpo lleno de lunares: quince , y uno más grande debajo de la nariz.
Anabel no tosió nunca más.
domingo, 7 de febrero de 2010
LA PLAYA DE LA SONRISA
TEO
Teo dibujó un círculo perfecto rodeando su cuerpo de niño.
Agachado, sobre la arena de la playa, sintió satisfacción al comprobar que la curva trazada con su mano le regalaba el espacio suficiente para descansar con las piernas cruzadas, como un indio.
Desde que tenía uso de razón, había perfeccionado aquella postura, primero con la pierna izquierda sobre la derecha, y, con el paso del tiempo, con la pierna derecha sobre la izquierda, pero siempre apoyando sus regordetas manos sobre las rodillas. Pensaba que así adoptaría una pose más solemne.
Y una vez allí, Teo se concentró en la línea del horizonte, que separaba el cielo del océano, el mar de la brisa, y la vida de la luz.
La playa de la sonrisa era su playa preferida. Su forma de media luna, le recordaba a una carcajada pequeña, como una risa corta pero lo suficientemente dulce para descubrir una línea de dientes blancos que rompían en la orilla, junto a la arena.
En ocasiones, dejando volar su imaginación, pensaba que las oscuras rocas que gobernaban la playa, simulaban la dentadura de furiosos piratas, en aquella, su playa.
Teo conocía la existencia de otras playas cerca del diminuto pueblo en el que pasaba el tiempo.
No le gustaba decir que vivía en él, porque vivir significaba algo tan inmenso, que estaba convencido de que en esa palabra cabrían otras ciudades, otros amigos, y otras playas. Así que, a sus diez años recién cumplidos, Teo pasaba su tiempo en Villar.
Villar pertenecía a un municipio pesquero en el norte de España, principal motor de su economía; olía a lonja y a redes mojadas, y sonaba a gaviotas y a barcos de madera.
Sus acantilados, a veces rotos por pequeñas playas y ensenadas, aislaban al diminuto pueblo en una rutina nacida en el siglo XIII, dando lugar al envejecimiento de la población, hasta tal punto de que Teo estaba convencido de que era, junto con otros diez chiquillos, los únicos vecinos del pueblo que no habían nacido en aquel remoto siglo.
Y allí, en el interior de su círculo perfecto, con las piernas cruzadas, como un indio, apoyando sus regordetas manos sobre las rodillas, Teo desaparecía, cada tarde, imaginando a su alrededor, una cortina de niebla espesa como la que hacía sonar las sirenas de los barcos de madrugada.
Su corta edad no le permitía asumir una idea consciente sobre su físico, aunque las palabras de su padre, producían un eco en su recuerdo, facilitando esta tarea: “los niños gordos no salen a la mar”.
Aquella tarde, Teo no desapareció entre la niebla espesa, como otras tardes.
Arriesgándose a ser descubierto, salió de su círculo perfecto para buscar, entre las rocas negras, piedras no pulidas por la furia de la marea, lo suficientemente grandes para construir una fortaleza que ocultase su metro y medio de altura en la playa de la sonrisa.
NASA
-Mamá, ¡tengo algo importantísimo que decirte!.
-Para ti todo es importantísimo hijo. Si supieras lo que de verdad importa en esta vida, no molestarías a tu madre mientras está enredando.
-Pero mamá, es que es súper, súper importante. ¡Tan súper que cuando te lo cuente te vas a caer de la silla!. En el colegio han organizado una excursión….
- ¿Excursión? ¿Parloteas sobre excursiones cuando tu madre trabaja de sol a sol?. La nasa Teo, la nasa es lo importante. Es lo que nos da el potaje, lo que te da una educación, que yo no he tenío, lo que paga esta roñosa casa…! No lo olvides nunca hijo mío.
La madre de Teo se incorporó de su vieja silla de mimbre furiosa. O tal vez triste. O resentida. O todo a la vez.
El pequeño no distinguía el origen de aquellos sentimientos, pero sí conocía el final: su madre se encerraba en su cuarto a llorar durante horas. Era un llanto ahogado, doloroso, interminable, culpable, que hacía desaparecer a Teo entre la niebla espesa.
La madre de Teo vestía faldas largas y camisas grandes, muy por encima de la talla que le correspondía, pero el niño no sabía si la ropa había agrandado, o era su madre la que cada vez se hacía más pequeña.
Ya no se peinaba, ni sonreía como la playa de la media luna.
La nasa.
Teo conocía el trabajo de su madre, su cansancio, su tez envejecida que relataba, domingo tras domingo, la utilidad de las redes.
“La nasa, hijo mío, es una red de pescaje, como la que utilizaba papá .Su forma de cilindro engaña a los peces y al marisco en su entrada, pero sin salida, y asín que el cebo les atrae y les resulta imposible salir”
A estas alturas del relato Teo intentaba tragar saliva, domingo tras domingo, para no imaginar la espantosa secuencia.
“”Tu madre recubre la estructura de madera, unida, en forma de embudo dao la vuelta, con un paño de red”
Y así, sin levantar la mirada de su labor, las manos de la madre de Teo envejecían al mismo ritmo que su tez, y que la casa en la que pasaban su tiempo.
LA PRIMERA PIEDRA
Teo miró a su alrededor.
El sol de la tarde había ralentizado su búsqueda, pero , no en vano, había reunido las piedras suficientes para construir una fortaleza sólida y duradera.
Aún no había decidido durante cuántas horas, días o años iba a permanecer en ella.
Tampoco había decidido si compartiría con alguien aquel secreto, o sencillamente esperaría a que su madre levantase algún día la vista de la red para darse cuenta, un domingo, que su hijo no estaba escuchando su relato.
Teo no sabía definir su estado de ánimo, ni su forma de ser. Sabía que en el colegio tenía pocos amigos, y que el horizonte que separa el cielo del océano, era lo más lejos que había viajado desde su casa. Y mentiría si lo contase de esa manera, porque navegando con su padre, jamás de los jamases había alcanzado aquella línea.
Sabía que cuando fuese mayor, iba a salir a la mar, con la nasa que tanto odiaba, y que tendría que tragar saliva más de un millón de veces para poder trabajar. ¿Cuánto sería un millón de veces?
Así que, en definitiva, era como cualquier otro niño de Villar.
Teo arrastró la primera piedra hasta el borde del círculo. Era lo suficientemente grande para tapar media pierna, así que eligió otras piedras parecidas, en tamaño y forma, para construir el primer piso de aquella fortaleza.
Cuando terminó, se sentó con las piernas cruzadas, como un indio, comprobando que el espacio era lo suficientemente amplio para adoptar su postura preferida.
Teo empezó a sentir hambre, y en ese preciso instante fue consciente de que si iba a pasar horas, días o años allí, tendría que almacenar tanta comida que ya no podría cruzar las piernas como un indio, así que decidió, muy a su pesar, eliminar una de las piedras del círculo perfecto, porque sabía que alguien le encontraría, y que a través de aquél agujero que rompía la armonía de su fortaleza, le llevaría alimentos y bebida, para poder sobrevivir.
Y sin duda, ese alguien, era Bruno.
BRUNO
Bruno era el mejor amigo de Teo.
No era un mejor amigo de batallas, ni un mejor amigo de juegos, pero sin pensarlo dos veces, sería a la única persona a la que permitiría entrar en su círculo perfecto.
La amistad entre los dos niños nació con el primer llanto, los primeros biberones, y los primeros pasos.
En el colegio se sentaban en pupitres contiguos, y en el autobús en asientos unidos.
Sus madres tejían redes y sus padres eran o habían sido pescadores.
En realidad, no eran ellos los que se habían elegido como mejores amigos, sino que fue su pequeño pueblo, Villar, el que había realizado la elección por ellos.
Bruno era la antítesis de Teo.
Su delgadez extrema definía huesos que Teo nunca habría llegado a imaginar que existían en su propio cuerpo.
Participaba con sus padres en las duras tareas de pesca y tejido de red, sin escuchar una palabra más alta que la otra.
Pero había algo que les unía por encima de todo. Un gesto. Una señal de amistad incondicional: sus meñiques se entrelazaban como ningún meñique había encajado con otro desde que, en el siglo XIII, se había fundado Villar.
Había sido algo casual. No intencionado. Ni siquiera sabrían recordar la primera vez que habían entrelazado sus dedos. Pero aquel gesto significaba muchas cosas: “te apoyo”, “te he echado de menos”, “eres un amigo genial”…
Y es que los dedos meñiques no eran lo único que unía a Teo y a Bruno: la playa de la sonrisa era confidente de los secretos de los niños que, entre risas y llantos intentaban explicar sentimientos no conocidos y hechos inexplicables, fortaleciendo día a día una amistad que duraría toda la vida, aunque vivir implicase otras ciudades, otros amigos y otras playas.
Por eso Teo sabía que si alguien o algo se iba a asomar tarde o temprano por aquel espacio dejado por la piedra de la primera fila, sería el dedo meñique de Bruno, acompañado, o eso esperaba, en la otra mano, de un buen bocadillo de queso.
LA SEGUNDA FILA
Teo arrastró, sin esfuerzo, la segunda fila de piedras de su fortaleza. Eran piedras menos robustas, y más estrechas, para garantizar la verticalidad de las mismas.
Se encontró con algún problema para mantener en equilibrio dos de los bloques sobre el espacio vacío por el que iba a ser alimentado, pero lo solucionó enseguida. Después de todo, como decía su madre, no era un problema importante.
Si le preguntasen a Teo a cerca de los problemas de su vida, habría contestado que el primero era la nasa, porque les daba de comer, y pagaba su educación, y el alquiler de su casa, y el segundo, aunque su madre no se lo recordase todos los domingos, la muerte de su padre.
El padre de Teo era pescador, como todos los padres de Villar.
Ejercía la pesca de bajura que, a pesar de haber mantenido firmemente la idea durante años de que ese tipo de pesca estaba relacionada con la estatura de cada uno de los hombres del pequeño pueblo, que definiría en un futuro su oficio en la mar, su padre le había explicado, poco antes de morir, que se trataba de la pesca que se realizaba cerca de la costa con pequeñas embarcaciones, equipados con redes y sedales potentes, cuyas capturas desembarcaban de madrugada en la lonja.
Esta explicación no convencía demasiado al pequeño Teo que, increpado por su padre por su gordura, guardaba en su interior la esperanza de ser, en un futuro, el mejor pescador de altura, o, al menos, de media altura.
La noche en la que el padre de Teo murió en la mar, habían estado pintando juntos el nombre de su pequeña embarcación: Luna.
- Hijo, la luna es mi única compañera las noches de pesca. Ni siquiera la luz de las estrellas pueden atravesar la densa niebla, o las espesas nubes de tormenta.
Y con esa explicación, Teo sabía que jamás de los jamases le sucedería algo malo a su padre, porque la luna le protegería.
Pero aquella noche, como cada noche, cuando su madre y él despidieron a su padre en el muelle, el pequeño miró al cielo, y no vio la luna.
Teo bajó corriendo a la playa de la sonrisa, pero tampoco estaba allí.
Permaneció horas mirando el horizonte, dentro de su círculo perfecto, pero la luna, aquella noche, había decidido jugar al escondite con su padre, y, definitivamente, había ganado ella, porque la noche siguiente, lucía, tímida, en el cielo estrellado, mientras que su padre, nunca volvió a casa.
CELIA
Cuando Teo cumplió diez años, su madre le regaló su primera nasa.
Durante cinco largos minutos los ojos humedecidos de su madre le miraron de la forma más tierna que hubiese recordado, pero en ellos vio redes, a su padre, en el muelle, y el paso del tiempo.
Aquella ternura desapareció en el mismo instante en el que Teo le dio las gracias por aquel maravilloso regalo que no hacía más que recordarle a peces muertos y nécoras atrapadas en vida, pero, por su padre, y por su desafío, aquel niño gordo “que nunca podría salir a la mar”, se convertiría algún día en el mejor pescador de Villar.
Teo salió de la vieja casa con la nasa en la mano, caminando sin rumbo, cuando tropezó con la niña más cursi que había conocido en su corta vida.
Celia vestía con colores desconocidos para los ojos del niño; colores que no había visto en la ropa amplia de su madre, ni en el muelle, ni en la playa de la sonrisa. Colores que provocaron un ataque de risa incontrolable, y se expandieron, por arte de magia, de la ropa de la niña, a su cara.
Celia llevaba el pelo suelto, con el que se tapó la cara para disimular su vergüenza, porque no sabía de qué se reía aquel niño, porque no sabía quién era y porque nadie, en la ciudad, se había reído de ella de aquella manera.
A pesar de este nefasto comienzo, Celia y Teo compartieron un verano de juegos, risas y paseos, haciendo volar la cometa nueva de la niña, y recorriendo los acantilados “más peligrosos del mundo”, según el pequeño.
Celia supuso un golpe de aire fresco en la vida del niño. Una vida gris, marcada por la muerte de su padre y el silencio de su madre. Un aire fresco que se fue con el otoño, llevándose consigo todos los secretos de la gran ciudad que, en la playa de la sonrisa, le había desvelado la pequeña.
Teo casi había terminado de colocar la tercera fila de piedras, cuando una mariposa de colores se posó sobre el último agujero. Era una mariposa de alas majestuosas, de colores divertidos, que no hizo sino recordarle a la pequeña Celia.
Teo dejó otro hueco en la tercera fila de piedras de su fortaleza, para no molestar a la pequeña mariposa, o, tal vez, por si Celia volvía a buscarle, para reconocerla, desde el interior, con su ropa de colores.
LA FORTALEZA
Teo terminó la fortaleza cuando aún no se había puesto el sol.
No quería verle la cara a la luna. No quería ver su sonrisa burlona escondiendo el cuerpo de su padre.
El niño cubrió la última fila con piedras irregulares, que no habían sido útiles en filas anteriores, y se sentó, con las piernas cruzadas, como un indio, apoyando sus manos regordetas sobre las rodillas.
Su cuerpo se encontraba completamente oculto. El círculo era perfecto. La fortaleza era perfecta.
Pero Teo, en su afán por ocultarse entre la niebla densa, entre las piedras de la playa de la sonrisa, no previó que los huecos de Celia y de Bruno desestabilizarían el resto de las filas.
Pocos minutos después, las piedras comenzaron a caer sobre la arena, de una en una, primero, para desplomarse, estrepitosamente, a su alrededor.
Y Teo miró a la luna, desafiante, y pensó en el dedo meñique de Bruno, y en los colores de la ropa de Celia, y en el silencio de su madre, en la nasa, y en la casa vieja en la que vivían.
Teo se incorporó, borrando el círculo perfecto con sus manos, las mismas que lo habían dibujado horas atrás. Las mismas que habían construido una fortaleza que le había ocultado tanto tiempo, más que el que llevaba en la playa de la sonrisa.
Mirando la linea del horizonte, que separaba el cielo del océano, el mar de la brisa, y la vida de la luz, sonrió.
Teo caminó, despacio, hacia su casa vieja, y escuchó complaciente el relato de su madre de los domingos, y la besó en la mejilla, sujetando entre sus manos la red a medio hacer, ofreciendo su ayuda, y divisando, desde el gris de aquella habitación, una vida repleta de colores de pesca de bajura.
Teo dibujó un círculo perfecto rodeando su cuerpo de niño.
Agachado, sobre la arena de la playa, sintió satisfacción al comprobar que la curva trazada con su mano le regalaba el espacio suficiente para descansar con las piernas cruzadas, como un indio.
Desde que tenía uso de razón, había perfeccionado aquella postura, primero con la pierna izquierda sobre la derecha, y, con el paso del tiempo, con la pierna derecha sobre la izquierda, pero siempre apoyando sus regordetas manos sobre las rodillas. Pensaba que así adoptaría una pose más solemne.
Y una vez allí, Teo se concentró en la línea del horizonte, que separaba el cielo del océano, el mar de la brisa, y la vida de la luz.
La playa de la sonrisa era su playa preferida. Su forma de media luna, le recordaba a una carcajada pequeña, como una risa corta pero lo suficientemente dulce para descubrir una línea de dientes blancos que rompían en la orilla, junto a la arena.
En ocasiones, dejando volar su imaginación, pensaba que las oscuras rocas que gobernaban la playa, simulaban la dentadura de furiosos piratas, en aquella, su playa.
Teo conocía la existencia de otras playas cerca del diminuto pueblo en el que pasaba el tiempo.
No le gustaba decir que vivía en él, porque vivir significaba algo tan inmenso, que estaba convencido de que en esa palabra cabrían otras ciudades, otros amigos, y otras playas. Así que, a sus diez años recién cumplidos, Teo pasaba su tiempo en Villar.
Villar pertenecía a un municipio pesquero en el norte de España, principal motor de su economía; olía a lonja y a redes mojadas, y sonaba a gaviotas y a barcos de madera.
Sus acantilados, a veces rotos por pequeñas playas y ensenadas, aislaban al diminuto pueblo en una rutina nacida en el siglo XIII, dando lugar al envejecimiento de la población, hasta tal punto de que Teo estaba convencido de que era, junto con otros diez chiquillos, los únicos vecinos del pueblo que no habían nacido en aquel remoto siglo.
Y allí, en el interior de su círculo perfecto, con las piernas cruzadas, como un indio, apoyando sus regordetas manos sobre las rodillas, Teo desaparecía, cada tarde, imaginando a su alrededor, una cortina de niebla espesa como la que hacía sonar las sirenas de los barcos de madrugada.
Su corta edad no le permitía asumir una idea consciente sobre su físico, aunque las palabras de su padre, producían un eco en su recuerdo, facilitando esta tarea: “los niños gordos no salen a la mar”.
Aquella tarde, Teo no desapareció entre la niebla espesa, como otras tardes.
Arriesgándose a ser descubierto, salió de su círculo perfecto para buscar, entre las rocas negras, piedras no pulidas por la furia de la marea, lo suficientemente grandes para construir una fortaleza que ocultase su metro y medio de altura en la playa de la sonrisa.
NASA
-Mamá, ¡tengo algo importantísimo que decirte!.
-Para ti todo es importantísimo hijo. Si supieras lo que de verdad importa en esta vida, no molestarías a tu madre mientras está enredando.
-Pero mamá, es que es súper, súper importante. ¡Tan súper que cuando te lo cuente te vas a caer de la silla!. En el colegio han organizado una excursión….
- ¿Excursión? ¿Parloteas sobre excursiones cuando tu madre trabaja de sol a sol?. La nasa Teo, la nasa es lo importante. Es lo que nos da el potaje, lo que te da una educación, que yo no he tenío, lo que paga esta roñosa casa…! No lo olvides nunca hijo mío.
La madre de Teo se incorporó de su vieja silla de mimbre furiosa. O tal vez triste. O resentida. O todo a la vez.
El pequeño no distinguía el origen de aquellos sentimientos, pero sí conocía el final: su madre se encerraba en su cuarto a llorar durante horas. Era un llanto ahogado, doloroso, interminable, culpable, que hacía desaparecer a Teo entre la niebla espesa.
La madre de Teo vestía faldas largas y camisas grandes, muy por encima de la talla que le correspondía, pero el niño no sabía si la ropa había agrandado, o era su madre la que cada vez se hacía más pequeña.
Ya no se peinaba, ni sonreía como la playa de la media luna.
La nasa.
Teo conocía el trabajo de su madre, su cansancio, su tez envejecida que relataba, domingo tras domingo, la utilidad de las redes.
“La nasa, hijo mío, es una red de pescaje, como la que utilizaba papá .Su forma de cilindro engaña a los peces y al marisco en su entrada, pero sin salida, y asín que el cebo les atrae y les resulta imposible salir”
A estas alturas del relato Teo intentaba tragar saliva, domingo tras domingo, para no imaginar la espantosa secuencia.
“”Tu madre recubre la estructura de madera, unida, en forma de embudo dao la vuelta, con un paño de red”
Y así, sin levantar la mirada de su labor, las manos de la madre de Teo envejecían al mismo ritmo que su tez, y que la casa en la que pasaban su tiempo.
LA PRIMERA PIEDRA
Teo miró a su alrededor.
El sol de la tarde había ralentizado su búsqueda, pero , no en vano, había reunido las piedras suficientes para construir una fortaleza sólida y duradera.
Aún no había decidido durante cuántas horas, días o años iba a permanecer en ella.
Tampoco había decidido si compartiría con alguien aquel secreto, o sencillamente esperaría a que su madre levantase algún día la vista de la red para darse cuenta, un domingo, que su hijo no estaba escuchando su relato.
Teo no sabía definir su estado de ánimo, ni su forma de ser. Sabía que en el colegio tenía pocos amigos, y que el horizonte que separa el cielo del océano, era lo más lejos que había viajado desde su casa. Y mentiría si lo contase de esa manera, porque navegando con su padre, jamás de los jamases había alcanzado aquella línea.
Sabía que cuando fuese mayor, iba a salir a la mar, con la nasa que tanto odiaba, y que tendría que tragar saliva más de un millón de veces para poder trabajar. ¿Cuánto sería un millón de veces?
Así que, en definitiva, era como cualquier otro niño de Villar.
Teo arrastró la primera piedra hasta el borde del círculo. Era lo suficientemente grande para tapar media pierna, así que eligió otras piedras parecidas, en tamaño y forma, para construir el primer piso de aquella fortaleza.
Cuando terminó, se sentó con las piernas cruzadas, como un indio, comprobando que el espacio era lo suficientemente amplio para adoptar su postura preferida.
Teo empezó a sentir hambre, y en ese preciso instante fue consciente de que si iba a pasar horas, días o años allí, tendría que almacenar tanta comida que ya no podría cruzar las piernas como un indio, así que decidió, muy a su pesar, eliminar una de las piedras del círculo perfecto, porque sabía que alguien le encontraría, y que a través de aquél agujero que rompía la armonía de su fortaleza, le llevaría alimentos y bebida, para poder sobrevivir.
Y sin duda, ese alguien, era Bruno.
BRUNO
Bruno era el mejor amigo de Teo.
No era un mejor amigo de batallas, ni un mejor amigo de juegos, pero sin pensarlo dos veces, sería a la única persona a la que permitiría entrar en su círculo perfecto.
La amistad entre los dos niños nació con el primer llanto, los primeros biberones, y los primeros pasos.
En el colegio se sentaban en pupitres contiguos, y en el autobús en asientos unidos.
Sus madres tejían redes y sus padres eran o habían sido pescadores.
En realidad, no eran ellos los que se habían elegido como mejores amigos, sino que fue su pequeño pueblo, Villar, el que había realizado la elección por ellos.
Bruno era la antítesis de Teo.
Su delgadez extrema definía huesos que Teo nunca habría llegado a imaginar que existían en su propio cuerpo.
Participaba con sus padres en las duras tareas de pesca y tejido de red, sin escuchar una palabra más alta que la otra.
Pero había algo que les unía por encima de todo. Un gesto. Una señal de amistad incondicional: sus meñiques se entrelazaban como ningún meñique había encajado con otro desde que, en el siglo XIII, se había fundado Villar.
Había sido algo casual. No intencionado. Ni siquiera sabrían recordar la primera vez que habían entrelazado sus dedos. Pero aquel gesto significaba muchas cosas: “te apoyo”, “te he echado de menos”, “eres un amigo genial”…
Y es que los dedos meñiques no eran lo único que unía a Teo y a Bruno: la playa de la sonrisa era confidente de los secretos de los niños que, entre risas y llantos intentaban explicar sentimientos no conocidos y hechos inexplicables, fortaleciendo día a día una amistad que duraría toda la vida, aunque vivir implicase otras ciudades, otros amigos y otras playas.
Por eso Teo sabía que si alguien o algo se iba a asomar tarde o temprano por aquel espacio dejado por la piedra de la primera fila, sería el dedo meñique de Bruno, acompañado, o eso esperaba, en la otra mano, de un buen bocadillo de queso.
LA SEGUNDA FILA
Teo arrastró, sin esfuerzo, la segunda fila de piedras de su fortaleza. Eran piedras menos robustas, y más estrechas, para garantizar la verticalidad de las mismas.
Se encontró con algún problema para mantener en equilibrio dos de los bloques sobre el espacio vacío por el que iba a ser alimentado, pero lo solucionó enseguida. Después de todo, como decía su madre, no era un problema importante.
Si le preguntasen a Teo a cerca de los problemas de su vida, habría contestado que el primero era la nasa, porque les daba de comer, y pagaba su educación, y el alquiler de su casa, y el segundo, aunque su madre no se lo recordase todos los domingos, la muerte de su padre.
El padre de Teo era pescador, como todos los padres de Villar.
Ejercía la pesca de bajura que, a pesar de haber mantenido firmemente la idea durante años de que ese tipo de pesca estaba relacionada con la estatura de cada uno de los hombres del pequeño pueblo, que definiría en un futuro su oficio en la mar, su padre le había explicado, poco antes de morir, que se trataba de la pesca que se realizaba cerca de la costa con pequeñas embarcaciones, equipados con redes y sedales potentes, cuyas capturas desembarcaban de madrugada en la lonja.
Esta explicación no convencía demasiado al pequeño Teo que, increpado por su padre por su gordura, guardaba en su interior la esperanza de ser, en un futuro, el mejor pescador de altura, o, al menos, de media altura.
La noche en la que el padre de Teo murió en la mar, habían estado pintando juntos el nombre de su pequeña embarcación: Luna.
- Hijo, la luna es mi única compañera las noches de pesca. Ni siquiera la luz de las estrellas pueden atravesar la densa niebla, o las espesas nubes de tormenta.
Y con esa explicación, Teo sabía que jamás de los jamases le sucedería algo malo a su padre, porque la luna le protegería.
Pero aquella noche, como cada noche, cuando su madre y él despidieron a su padre en el muelle, el pequeño miró al cielo, y no vio la luna.
Teo bajó corriendo a la playa de la sonrisa, pero tampoco estaba allí.
Permaneció horas mirando el horizonte, dentro de su círculo perfecto, pero la luna, aquella noche, había decidido jugar al escondite con su padre, y, definitivamente, había ganado ella, porque la noche siguiente, lucía, tímida, en el cielo estrellado, mientras que su padre, nunca volvió a casa.
CELIA
Cuando Teo cumplió diez años, su madre le regaló su primera nasa.
Durante cinco largos minutos los ojos humedecidos de su madre le miraron de la forma más tierna que hubiese recordado, pero en ellos vio redes, a su padre, en el muelle, y el paso del tiempo.
Aquella ternura desapareció en el mismo instante en el que Teo le dio las gracias por aquel maravilloso regalo que no hacía más que recordarle a peces muertos y nécoras atrapadas en vida, pero, por su padre, y por su desafío, aquel niño gordo “que nunca podría salir a la mar”, se convertiría algún día en el mejor pescador de Villar.
Teo salió de la vieja casa con la nasa en la mano, caminando sin rumbo, cuando tropezó con la niña más cursi que había conocido en su corta vida.
Celia vestía con colores desconocidos para los ojos del niño; colores que no había visto en la ropa amplia de su madre, ni en el muelle, ni en la playa de la sonrisa. Colores que provocaron un ataque de risa incontrolable, y se expandieron, por arte de magia, de la ropa de la niña, a su cara.
Celia llevaba el pelo suelto, con el que se tapó la cara para disimular su vergüenza, porque no sabía de qué se reía aquel niño, porque no sabía quién era y porque nadie, en la ciudad, se había reído de ella de aquella manera.
A pesar de este nefasto comienzo, Celia y Teo compartieron un verano de juegos, risas y paseos, haciendo volar la cometa nueva de la niña, y recorriendo los acantilados “más peligrosos del mundo”, según el pequeño.
Celia supuso un golpe de aire fresco en la vida del niño. Una vida gris, marcada por la muerte de su padre y el silencio de su madre. Un aire fresco que se fue con el otoño, llevándose consigo todos los secretos de la gran ciudad que, en la playa de la sonrisa, le había desvelado la pequeña.
Teo casi había terminado de colocar la tercera fila de piedras, cuando una mariposa de colores se posó sobre el último agujero. Era una mariposa de alas majestuosas, de colores divertidos, que no hizo sino recordarle a la pequeña Celia.
Teo dejó otro hueco en la tercera fila de piedras de su fortaleza, para no molestar a la pequeña mariposa, o, tal vez, por si Celia volvía a buscarle, para reconocerla, desde el interior, con su ropa de colores.
LA FORTALEZA
Teo terminó la fortaleza cuando aún no se había puesto el sol.
No quería verle la cara a la luna. No quería ver su sonrisa burlona escondiendo el cuerpo de su padre.
El niño cubrió la última fila con piedras irregulares, que no habían sido útiles en filas anteriores, y se sentó, con las piernas cruzadas, como un indio, apoyando sus manos regordetas sobre las rodillas.
Su cuerpo se encontraba completamente oculto. El círculo era perfecto. La fortaleza era perfecta.
Pero Teo, en su afán por ocultarse entre la niebla densa, entre las piedras de la playa de la sonrisa, no previó que los huecos de Celia y de Bruno desestabilizarían el resto de las filas.
Pocos minutos después, las piedras comenzaron a caer sobre la arena, de una en una, primero, para desplomarse, estrepitosamente, a su alrededor.
Y Teo miró a la luna, desafiante, y pensó en el dedo meñique de Bruno, y en los colores de la ropa de Celia, y en el silencio de su madre, en la nasa, y en la casa vieja en la que vivían.
Teo se incorporó, borrando el círculo perfecto con sus manos, las mismas que lo habían dibujado horas atrás. Las mismas que habían construido una fortaleza que le había ocultado tanto tiempo, más que el que llevaba en la playa de la sonrisa.
Mirando la linea del horizonte, que separaba el cielo del océano, el mar de la brisa, y la vida de la luz, sonrió.
Teo caminó, despacio, hacia su casa vieja, y escuchó complaciente el relato de su madre de los domingos, y la besó en la mejilla, sujetando entre sus manos la red a medio hacer, ofreciendo su ayuda, y divisando, desde el gris de aquella habitación, una vida repleta de colores de pesca de bajura.
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