Tenía la boca llena de palabras, pero no podía elegir cuál de ellas sería la primera, la que cogería de la mano a las demás para echar a volar hasta sus oídos.
Solo podía mirarle.
Con la maleta en una mano, y el bolso en la otra, su cuerpo, clavado en el suelo de aquel aeropuerto, se congeló de amor.
Quería recordarle. En silencio
martes, 9 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
EL AMOR DE MIS A VECES
Descubro tus lunares y tu piel escondida
Y el eco de la calma en tu sonrisa
Porque eres el amor de mis a veces
Encuentro al final del silencio
El primer latido que me aprieta
Porque eres el amor de mis a veces
Despido uno a uno a mis amantes
Desde el sueño que me abraza a ti
Porque eres el amor de mis a veces
Cariño las palabras que inventamos
Para saber de ti y tú de mí
Porque eres el amor de mis a veces
Y el eco de la calma en tu sonrisa
Porque eres el amor de mis a veces
Encuentro al final del silencio
El primer latido que me aprieta
Porque eres el amor de mis a veces
Despido uno a uno a mis amantes
Desde el sueño que me abraza a ti
Porque eres el amor de mis a veces
Cariño las palabras que inventamos
Para saber de ti y tú de mí
Porque eres el amor de mis a veces
miércoles, 6 de octubre de 2010
AL ESCÉPTICO
"Escribo porque tengo un mundo que tú no conoces en el que el viento hace un camino alrededor del planeta. En el que los payasos lloran y los humanos son invadidos por extraterrestres. Escribo porque en mi mundo no hay puertas, ni ventanas..y puede entrar y salir quien quiera, porque lo comparto con todo el que desee conocerlo y ser feliz en él. Escribo para mí y para tí, para llenar de colores la vida y para darle a mi imaginación al menos la mitad de lo que ella me regala...¿O acaso ya no recuerdas qué es la imaginación?"
domingo, 3 de octubre de 2010
EL CAMBIO
Ya no reconozco a mis padres, ni a mis hermanos.
Me dijeron que no duele, que es una transformación lenta, con algunas molestias en el estómago, pero que no duele. Aún así, tengo miedo.
Soy de los pocos que siguen teniendo un apariencia humana.
No me he resistido al cambio. Ahora ya me da igual.
Al principio, cuando los ejércitos de todo el mundo luchaban por impedir la invasión, sentía pánico. Compramos víveres para pasar todo el año encerrados en casa.
Pero ahora ya no importa. Supongo que es ésta es una manera más de colonización.
Y aquí me encuentro, delante del espejo, intentando grabar en mi mente cada gesto de mi cara, cada arruga de la piel, cada sonido de mis palabras…
Ya empieza. Lo noto en el estómago. Tal y como lo habían contado. Como si un huevo frío se abriese en mi interior. Desde las entrañas.
Tengo ganas de vomitar. El líquido frío sube por el esófago y se extiende por las venas hasta los dedos de las manos y de los pies. No hay centímetro de mi cuerpo que no esté congelado. Empiezo a temblar.
Desde el espejo observo cómo engrisece la piel. Creo que lo peor es saber exactamente en qué me voy a convertir. Tengo miedo.
Me intento relajar mientras mis ojos crecen hasta salir de sus órbitas sujetos por un par de tentáculos negruzcos. Ahora puedo ver lo que sucede a mis espaldas. Aún no los controlo bien. Tengo que practicar.
Me ha caído el pelo de todo el cuerpo. Parezco un pez.
Siento varios pinchazos en la espalda que me hacen caer al suelo. ¡Y a esto le llaman molestias…!
Me giro, para ver en el espejo cómo la carne y la piel de la espalda rompen la camisa como si varios puños atravesasen la ropa. Uno, dos, tres, cuatro..Tengo diez pequeñas jorobas. Las toco despacio. Están llenas de ese líquido frío que estalló en el estómago. No son demasiado duras. Podré dormir sin problemas.
No me gusto.
Tampoco es que me gustase antes. No era un tipo demasiado agraciado. Pero esto es terrible. Aunque no sé qué es peor, si estar muerto o convivir con los demás con aspecto humano.
Al menos ahora no me siento un bicho raro. Ahora soy como todos.
Salgo de la habitación mientras intento controlar mis ojos que se quedan enganchados en todas las esquinas de la casa
En el salón, veo como mi padre se come a mi madre.
Me dijeron que no duele, que es una transformación lenta, con algunas molestias en el estómago, pero que no duele. Aún así, tengo miedo.
Soy de los pocos que siguen teniendo un apariencia humana.
No me he resistido al cambio. Ahora ya me da igual.
Al principio, cuando los ejércitos de todo el mundo luchaban por impedir la invasión, sentía pánico. Compramos víveres para pasar todo el año encerrados en casa.
Pero ahora ya no importa. Supongo que es ésta es una manera más de colonización.
Y aquí me encuentro, delante del espejo, intentando grabar en mi mente cada gesto de mi cara, cada arruga de la piel, cada sonido de mis palabras…
Ya empieza. Lo noto en el estómago. Tal y como lo habían contado. Como si un huevo frío se abriese en mi interior. Desde las entrañas.
Tengo ganas de vomitar. El líquido frío sube por el esófago y se extiende por las venas hasta los dedos de las manos y de los pies. No hay centímetro de mi cuerpo que no esté congelado. Empiezo a temblar.
Desde el espejo observo cómo engrisece la piel. Creo que lo peor es saber exactamente en qué me voy a convertir. Tengo miedo.
Me intento relajar mientras mis ojos crecen hasta salir de sus órbitas sujetos por un par de tentáculos negruzcos. Ahora puedo ver lo que sucede a mis espaldas. Aún no los controlo bien. Tengo que practicar.
Me ha caído el pelo de todo el cuerpo. Parezco un pez.
Siento varios pinchazos en la espalda que me hacen caer al suelo. ¡Y a esto le llaman molestias…!
Me giro, para ver en el espejo cómo la carne y la piel de la espalda rompen la camisa como si varios puños atravesasen la ropa. Uno, dos, tres, cuatro..Tengo diez pequeñas jorobas. Las toco despacio. Están llenas de ese líquido frío que estalló en el estómago. No son demasiado duras. Podré dormir sin problemas.
No me gusto.
Tampoco es que me gustase antes. No era un tipo demasiado agraciado. Pero esto es terrible. Aunque no sé qué es peor, si estar muerto o convivir con los demás con aspecto humano.
Al menos ahora no me siento un bicho raro. Ahora soy como todos.
Salgo de la habitación mientras intento controlar mis ojos que se quedan enganchados en todas las esquinas de la casa
En el salón, veo como mi padre se come a mi madre.
lunes, 6 de septiembre de 2010
TU MEMORIA EN MI
Caminaba despacio, como sin con cada paso echase un ancla lleno de recuerdos. Uno, dos, uno, dos…Mi madre la agarraba por el codo, frágil y huesudo, mientras yo le tendía las manos, de frente, como un padre cuando alienta los pasos de su retoño.
Le sonreía. Siempre le sonreía. Pensaba que así caminaría con más seguridad. Que no sentiría la inestabilidad de sus piernas, el dolor agudo de sus caderas octogenarias ni la debilidad de sus brazos, cuna de dos generaciones.
- Venga abuela, un poco más. Ya estás cerquita - le susurré ladeando la cabeza.
Encima de la mesa de la cocina le esperaban unas lentejas con mucho chorizo. Era su plato preferido, y pensé que el olor del puchero caliente podría darnos conversación toda la tarde.
La vida de mi abuela se había convertido en una película de pequeñas escenas cotidianas, por eso muchas veces la visitaba para charlar sobre los geranios nuevos de la vecina del primero, para preguntarle si las nubes de la tormenta de verano le habían levantado dolor de cabeza, o para mostrarle los últimos pasos de baile que había aprendido y que ella acompañaba con palmadas suaves.
Hicimos una pausa a pocos metros de la mesa.
-No sé si el chorizo estará cortado a tu gusto-le dije mientras acariciaba sus manos e intentaba caminar hacia atrás sin dejar de sonreír.
-La servilleta-me contestó mientras miraba hacia la mesa
Mi madre tensó todos los músculos de su cuerpo, como si le hubiesen dado el susto de su vida.
- ¡La servilleta!-exclamó sin soltar el codo de mi abuela
Sentí cómo la decepción descomponía su rostro de hija abnegada. No importaban las noches en vela, las carreras al hospital. No importaban las horas de menos. Habíamos olvidado la servilleta blanca de papel.
Como un huracán abrí todos los cajones de la cocina. Busqué en las alacenas y en los estantes más altos. Vacié la despensa en la búsqueda desesperada de una servilleta de papel.
-¡La encontré!-grité desde el salón mientras corría hacia la cocina y la agitaba en el aire.
Mi abuela, ya sentada frente al plato de lentejas, me sonrió, e interrumpió así bruscamente mi carrera.
La miré milésimas de segundo. El tiempo suficiente para saber que ella vivía en mí, y yo en ella. Que le había regalado mis primeros pasos, y ella a mí, los últimos.
Me acerqué a su lado y, como siempre, recorté la servilleta a la mitad.
-Son muy grandes-me dijo una vez más-No sé por qué las hacen tan grandes.
Mi madre, mientras, intentaba justificar el olvido con su carácter servicial.
-Mamá, ¿te pongo más comida?, ¿quieres algo de pan? ¡Mira que no te vayas a quedar con hambre!-dijo nerviosa mientras fregaba unos platos sin prestar atención a sus manos, que se movían rápido bajo el agua del grifo-La servilleta. No sé en qué estaba pensando la verdad. ¿Estás cómoda? ¿Quieres un cojín? Vamos a tener que comprar otras sillas. Esas son durísimas. Te dolerá la espalda. Seguro. La servilleta mamá, me olvidé de ella…
Salió de la cocina llorando, con los guantes rosas manchados aún de jabón y grasa.
Mi abuela me miró agradecida, mientras la comida bailaba en la cuchara al ritmo del temblor de su mano.
-Me gusta cómo cocina tu madre. Por la tarde le pregunto la receta. ¿Te conté alguna vez la historia de tu abuelo y las lentejas con chorizo?
Le sonreía. Siempre le sonreía. Pensaba que así caminaría con más seguridad. Que no sentiría la inestabilidad de sus piernas, el dolor agudo de sus caderas octogenarias ni la debilidad de sus brazos, cuna de dos generaciones.
- Venga abuela, un poco más. Ya estás cerquita - le susurré ladeando la cabeza.
Encima de la mesa de la cocina le esperaban unas lentejas con mucho chorizo. Era su plato preferido, y pensé que el olor del puchero caliente podría darnos conversación toda la tarde.
La vida de mi abuela se había convertido en una película de pequeñas escenas cotidianas, por eso muchas veces la visitaba para charlar sobre los geranios nuevos de la vecina del primero, para preguntarle si las nubes de la tormenta de verano le habían levantado dolor de cabeza, o para mostrarle los últimos pasos de baile que había aprendido y que ella acompañaba con palmadas suaves.
Hicimos una pausa a pocos metros de la mesa.
-No sé si el chorizo estará cortado a tu gusto-le dije mientras acariciaba sus manos e intentaba caminar hacia atrás sin dejar de sonreír.
-La servilleta-me contestó mientras miraba hacia la mesa
Mi madre tensó todos los músculos de su cuerpo, como si le hubiesen dado el susto de su vida.
- ¡La servilleta!-exclamó sin soltar el codo de mi abuela
Sentí cómo la decepción descomponía su rostro de hija abnegada. No importaban las noches en vela, las carreras al hospital. No importaban las horas de menos. Habíamos olvidado la servilleta blanca de papel.
Como un huracán abrí todos los cajones de la cocina. Busqué en las alacenas y en los estantes más altos. Vacié la despensa en la búsqueda desesperada de una servilleta de papel.
-¡La encontré!-grité desde el salón mientras corría hacia la cocina y la agitaba en el aire.
Mi abuela, ya sentada frente al plato de lentejas, me sonrió, e interrumpió así bruscamente mi carrera.
La miré milésimas de segundo. El tiempo suficiente para saber que ella vivía en mí, y yo en ella. Que le había regalado mis primeros pasos, y ella a mí, los últimos.
Me acerqué a su lado y, como siempre, recorté la servilleta a la mitad.
-Son muy grandes-me dijo una vez más-No sé por qué las hacen tan grandes.
Mi madre, mientras, intentaba justificar el olvido con su carácter servicial.
-Mamá, ¿te pongo más comida?, ¿quieres algo de pan? ¡Mira que no te vayas a quedar con hambre!-dijo nerviosa mientras fregaba unos platos sin prestar atención a sus manos, que se movían rápido bajo el agua del grifo-La servilleta. No sé en qué estaba pensando la verdad. ¿Estás cómoda? ¿Quieres un cojín? Vamos a tener que comprar otras sillas. Esas son durísimas. Te dolerá la espalda. Seguro. La servilleta mamá, me olvidé de ella…
Salió de la cocina llorando, con los guantes rosas manchados aún de jabón y grasa.
Mi abuela me miró agradecida, mientras la comida bailaba en la cuchara al ritmo del temblor de su mano.
-Me gusta cómo cocina tu madre. Por la tarde le pregunto la receta. ¿Te conté alguna vez la historia de tu abuelo y las lentejas con chorizo?
martes, 31 de agosto de 2010
DOS LÁGRIMAS
Cogió la cera blanca para colorear su cara.
Sentado delante de un espejo iluminado por decenas de bombillas, comenzó a extender la pintura por su frente, sin pensar dónde terminaba su piel.
-¡Cinco minutos y salimos!-gritó desde el fondo de la sala el director de escena.
Con un lápiz negro definió alrededor de sus ojos unas cejas que abracaban la mitad de su cara, encerrando en ellas unos ojos sin mirada.
“A quién le importa lo que le pase a un actor de pacotilla” , pensó, “ni siquiera debería de haber venido hoy”
Se colocó los tirantes de color azul sobre los hombros, sujetando así los aros a los que se cosían los pantalones en su parte superior.
“Hago el imbécil por cuatro duros”, susurró mientras coloreaba de rosa sus mofletes y sus labios.
-¡Tres minutos!-insistió el director mientras le apremiaba con una palmada en la espalda.
“No me toques cretino. Si vivieses en una caravana todo el puto año, malditas las ganas que tendrías de hacer reír”
Con los dientes aún apretados, peinó la peluca de rizos verde.
Se levantó despacio, mientras acomodaba la goma de la falsa nariz roja por debajo de los rizos.
Una vez más, se dirigió hacia la pista. Caminaba con dificultad con aqullos zapatos descomunales, lo que le hizo chocar varias veces con los trapecistas que salían exultantes después de su actuación.
-¡Con todos ustedes, niños y niñas…el payaso Tato!-se escuchó desde la carpa.
El silencio espesó el aire. Cientos de miradas expectantes se posaron sobre él.
Desde el medio de la pista, el hombre comenzó a llorar sin consuelo, tiñendo de lamentos y gritos de dolor el eco del circo.
Aún conservaba una cera negra en su bolsillo.
“Se acabó”, pensó, “voy a terminar con esto”.
En el momento en que empezó a borrar la pintura de su cara, mojada por lágrimas de payaso, una aplauso infantil interrumpió su actuación.
Desde la primera grada, una niña pecosa, de pie sobre su asiento,chocaba sus manos con fuerza, alentando al payaso.
Un segundo aplauso iluminó la carpa desde los bancos superiores.
El silencio se tiñó de notas en si bemol, de las manos de un niño de gafas redondas, en re mayor, de las manos de unas hermanas gemelas vestidas con camisas de lunares…hasta crear una sinfonía infantil que invadió el circo.
El payaso, paralizado en medio de la pista, rescató la cera negra de su bolsillo y dibujó dos lágrimas en su mejilla. Se colocó un sombrero de ala ancha sobre la peluca y corrió divertido hasta caer sobre la arena, fingiendo un tropiezo con sus zapatones.
“Por ellos” pensó.“Empieza el espectáculo”.
Sentado delante de un espejo iluminado por decenas de bombillas, comenzó a extender la pintura por su frente, sin pensar dónde terminaba su piel.
-¡Cinco minutos y salimos!-gritó desde el fondo de la sala el director de escena.
Con un lápiz negro definió alrededor de sus ojos unas cejas que abracaban la mitad de su cara, encerrando en ellas unos ojos sin mirada.
“A quién le importa lo que le pase a un actor de pacotilla” , pensó, “ni siquiera debería de haber venido hoy”
Se colocó los tirantes de color azul sobre los hombros, sujetando así los aros a los que se cosían los pantalones en su parte superior.
“Hago el imbécil por cuatro duros”, susurró mientras coloreaba de rosa sus mofletes y sus labios.
-¡Tres minutos!-insistió el director mientras le apremiaba con una palmada en la espalda.
“No me toques cretino. Si vivieses en una caravana todo el puto año, malditas las ganas que tendrías de hacer reír”
Con los dientes aún apretados, peinó la peluca de rizos verde.
Se levantó despacio, mientras acomodaba la goma de la falsa nariz roja por debajo de los rizos.
Una vez más, se dirigió hacia la pista. Caminaba con dificultad con aqullos zapatos descomunales, lo que le hizo chocar varias veces con los trapecistas que salían exultantes después de su actuación.
-¡Con todos ustedes, niños y niñas…el payaso Tato!-se escuchó desde la carpa.
El silencio espesó el aire. Cientos de miradas expectantes se posaron sobre él.
Desde el medio de la pista, el hombre comenzó a llorar sin consuelo, tiñendo de lamentos y gritos de dolor el eco del circo.
Aún conservaba una cera negra en su bolsillo.
“Se acabó”, pensó, “voy a terminar con esto”.
En el momento en que empezó a borrar la pintura de su cara, mojada por lágrimas de payaso, una aplauso infantil interrumpió su actuación.
Desde la primera grada, una niña pecosa, de pie sobre su asiento,chocaba sus manos con fuerza, alentando al payaso.
Un segundo aplauso iluminó la carpa desde los bancos superiores.
El silencio se tiñó de notas en si bemol, de las manos de un niño de gafas redondas, en re mayor, de las manos de unas hermanas gemelas vestidas con camisas de lunares…hasta crear una sinfonía infantil que invadió el circo.
El payaso, paralizado en medio de la pista, rescató la cera negra de su bolsillo y dibujó dos lágrimas en su mejilla. Se colocó un sombrero de ala ancha sobre la peluca y corrió divertido hasta caer sobre la arena, fingiendo un tropiezo con sus zapatones.
“Por ellos” pensó.“Empieza el espectáculo”.
martes, 10 de agosto de 2010
PINCELADAS
-A ver nena, siéntate bien, así, que no se te arrugue el vestido. ¡El lazo, Marieta, vas a deshacer el lazo! ¿Qué te dijo mamá antes de entrar en la consulta? Que tenías que comportarte como una señorita.
La mujer caminaba con pasos cortos por la sala colocándose el pelo con las manos.
-Bueno, como le decía, doctor, la niña, que está rara, no ve bien, o sí, pero ve cosas que no son normales. Se lo digo en confianza , que en mi familia nunca ha pasado algo así, y no me gustaría que esto se supiese, ya sabe como es la gente…
-No se preocupe, señora...
-Rodríguez de Sabio y Miramonte, de los Miramonte de toda la vida, de aquí de Toledo, ya sabe…
-Sí, por supuesto. Me hago cargo. Salude a su padre de mi parte. Un hombre magnífico -dijo el doctor mientras apretaba un cigarrillo contra el cenicero y echaba la última bocanada de humo por la nariz
-¡Mamá, me hago piiiiiiiissssss!
-¡Marieta, hija, qué bochorno!
La mujer disimuló el rubor de sus mejillas con el pañuelo de seda que sujetaba en su mano.
- Bueno, vamos a ver, pequeña, mira hacia allí y dime lo que ves
-Veooooooo…¡ una avispa en una margarita! -gritó mientras abría los brazos en cruz.
-¡Marieta, hija, no te rasques los ojos! ¿Lo ve doctor, ve lo que le digo? ¡Cambian de color!-exclamó la mujer
-Vamos a intentarlo otra vez, a ver, dime ¿qué ves ahora ?-insistió el hombre.
-Ahora veo el mar lleno de nubes, ¿o es el cielo que tiene olas?. Me hago pis mamá..
Marieta balanceaba sus piernecitas mientras golpeaba con el botín la pata de la silla.
-Es un caso increíble, desde luego. Extraordinario. Veamos qué pasa si te frotas los ojos una vez más niña, ¿qué ves ?-dijo el doctor
-Al rey Baltasar con un saco de carbón, pero está todo muy oscuro, no hay estrellas…
- Efectivamente señora Miramonte, su hija ve la vida de colores.
-¡Dios mío! ¡Así que es verdad! ¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar mi madre, los amigos de mi marido? Peor, ¡sus esposas!¿Acaso cree usted que no he sido una buena madre doctor? ¿Cree que no me siento responsable de esta desgracia?
-Señora Miramonte- interrumpió el doctor mientras se acercaba despacio hacia la mujer-no se aflija, permita que le preste mi apoyo. Así, desahóguese, Abrácese a mí si quiere. Tiene el cabello muy suave, ¿sabe? Huele tan bien..Y su hija….su hija recibe la mejor formación, no me cabe la menor duda, e irá a colegios de pago, a universidades de prestigio. Una buena educación, estricta, por supuesto, inflexible, solucionará este problemilla…
-Doctor, yo…usted…-dijo la mujer mientras miraba con ojos encendidos el batín burdeos del hombre.
-Marieta apreciará la realidad en blanco y negro.Será una mujer de provecho. Llore, señora, no nos ve nadie. Así, respire hondo. Coja aire con el pecho, así…Como le decía, esto lo recordará usted como una anécdota… Y su piel, señora Miramonte, es tan tersa…
-Mamá…me he hecho pis.
La mujer caminaba con pasos cortos por la sala colocándose el pelo con las manos.
-Bueno, como le decía, doctor, la niña, que está rara, no ve bien, o sí, pero ve cosas que no son normales. Se lo digo en confianza , que en mi familia nunca ha pasado algo así, y no me gustaría que esto se supiese, ya sabe como es la gente…
-No se preocupe, señora...
-Rodríguez de Sabio y Miramonte, de los Miramonte de toda la vida, de aquí de Toledo, ya sabe…
-Sí, por supuesto. Me hago cargo. Salude a su padre de mi parte. Un hombre magnífico -dijo el doctor mientras apretaba un cigarrillo contra el cenicero y echaba la última bocanada de humo por la nariz
-¡Mamá, me hago piiiiiiiissssss!
-¡Marieta, hija, qué bochorno!
La mujer disimuló el rubor de sus mejillas con el pañuelo de seda que sujetaba en su mano.
- Bueno, vamos a ver, pequeña, mira hacia allí y dime lo que ves
-Veooooooo…¡ una avispa en una margarita! -gritó mientras abría los brazos en cruz.
-¡Marieta, hija, no te rasques los ojos! ¿Lo ve doctor, ve lo que le digo? ¡Cambian de color!-exclamó la mujer
-Vamos a intentarlo otra vez, a ver, dime ¿qué ves ahora ?-insistió el hombre.
-Ahora veo el mar lleno de nubes, ¿o es el cielo que tiene olas?. Me hago pis mamá..
Marieta balanceaba sus piernecitas mientras golpeaba con el botín la pata de la silla.
-Es un caso increíble, desde luego. Extraordinario. Veamos qué pasa si te frotas los ojos una vez más niña, ¿qué ves ?-dijo el doctor
-Al rey Baltasar con un saco de carbón, pero está todo muy oscuro, no hay estrellas…
- Efectivamente señora Miramonte, su hija ve la vida de colores.
-¡Dios mío! ¡Así que es verdad! ¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar mi madre, los amigos de mi marido? Peor, ¡sus esposas!¿Acaso cree usted que no he sido una buena madre doctor? ¿Cree que no me siento responsable de esta desgracia?
-Señora Miramonte- interrumpió el doctor mientras se acercaba despacio hacia la mujer-no se aflija, permita que le preste mi apoyo. Así, desahóguese, Abrácese a mí si quiere. Tiene el cabello muy suave, ¿sabe? Huele tan bien..Y su hija….su hija recibe la mejor formación, no me cabe la menor duda, e irá a colegios de pago, a universidades de prestigio. Una buena educación, estricta, por supuesto, inflexible, solucionará este problemilla…
-Doctor, yo…usted…-dijo la mujer mientras miraba con ojos encendidos el batín burdeos del hombre.
-Marieta apreciará la realidad en blanco y negro.Será una mujer de provecho. Llore, señora, no nos ve nadie. Así, respire hondo. Coja aire con el pecho, así…Como le decía, esto lo recordará usted como una anécdota… Y su piel, señora Miramonte, es tan tersa…
-Mamá…me he hecho pis.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)