Era la chica de mi parada.
Se cubría con la misma capa gris todos los meses de frío. De octubre a marzo. Lo sé porque una mancha de pasta de dientes adornaba su manga derecha desde hacía varias semanas. Supongo que le habría gustado nacer en alguna isla paradisíaca para sudar todos los días del año y lucir una piel dorada coloreada por collares largos y pulseras con conchas de todos los tamaños. Ella misma elegiría una a una las piezas y seguramente se sentaría en la playa pensativa, con el puño de tesoros cerrado , mientras escondía los pies bajo la arena.
O no.
Era la chica de las ocho en punto.
A pesar de su puntualidad, sé que a veces imaginaba cómo sería su vida si el despertador sonase cinco minutos más tarde y no pudiese coger ese autobús. Quizá conocería a un escritor en crisis, de esos que atraen a las chicas universitarias, con el pelo cano revuelto, las gafas estratégicamente colocadas en la punta de la nariz y con la única compañía de una pila de libros tan arrugados como la piel de sus manos. Ella tropezaría con él, y le ayudaría a recoger del suelo su montón-de-historias-para-no-dormir. Al recoger sus gafas y colocarlas otra vez en la punta de la nariz, él reconocería a su musa, porque no podría ser de otra manera, y la llevaría de la mano alrededor del mundo y crearía para ella tantos poemas de amor como bellas ciudades escuchasen sus gemidos de placer.
O no.
Era la chica sin sonrisa.
La mujer sin dientes. La joven sin luz. Supongo que su padre había abusado de ella cuando era solo una niña, con el consentimiento tácito de su madre. Elegiría la cocina para hacerlo, porque los cobardes son así, y siempre después de la cena de los miércoles: revuelto de gambas y espinacas. Él se acercaría sigiloso, para acariciar su cuerpo entre el ruido de los platos y la espuma del fregadero. Para robar años de risa infantil.
O no.
Era la chica de mi mirada.
Porque sus ojos eran lo primero que veía cuando abría los míos y lo último que imaginaba antes de dormir. A veces pensaba que no conocía su nombre, así que decidí llamarla Laura. Creo que esas letras se adaptaban perfectamente a su pelo rojizo, a sus uñas mordidas y a sus botas de charol negras.
Le robé la mirada porque era lo único que podía tener de ella sin tenerla.
Y a partir de ese momento Laura me cogía la mano para subir al autobús porque no podía ver las escaleras, ni contar el dinero para pagar el viaje.
Siempre elegía para ella el asiento más cercano a la puerta y si estaba ocupado la miraba de reojo, con compasión, para que el pasajero de turno le cediese ese sitio. Su sitio.
Y su mirada era ahora mía.
O no.
Era la chica sin labios.
La besé. La besé como se besa por primera vez. Con la misma torpeza y la misma pasión. Y Laura abrió un poco la boca. Primero tímida. Pero en seguida noté la punta de su lengua en mis dientes. Y le cogí la mano para que supiese que era yo. La misma mano que le ayudaba a subir al autobús todos los días. Y nos abrazamos. Y le robé los labios porque no los necesitaba. Yo podía hablar por ella. Podía sentir por ella. Podía amar por los dos.
O no.
Eran las ocho en punto y Laura aún no había llegado a la parada. Decidí esperar cinco minutos más. Una hora más. Dos días más. No aparecía. Y empezaba a llover. Primero se borraron sus sueños de calor y aventura. Y ya no podía recordar si le gustaba el frío o el calor, o si había sido su padre el que había abusado de ella o jugaban en la cocina a lavar los platos entre risas, espuma y gritos infantiles. Y le devolví la mirada porque ya no la necesitaba. Y la lluvia borró el beso.
Era la chica de mi parada. Me habría gustado saber algo de ella. Pero solo sé que vestía la misma capa gris todos los meses de frío. De octubre a marzo.
Quizá le tendría que haber pedido el teléfono.
--
miércoles, 17 de noviembre de 2010
martes, 9 de noviembre de 2010
ADIOS
Tenía la boca llena de palabras, pero no podía elegir cuál de ellas sería la primera, la que cogería de la mano a las demás para echar a volar hasta sus oídos.
Solo podía mirarle.
Con la maleta en una mano, y el bolso en la otra, su cuerpo, clavado en el suelo de aquel aeropuerto, se congeló de amor.
Quería recordarle. En silencio
Solo podía mirarle.
Con la maleta en una mano, y el bolso en la otra, su cuerpo, clavado en el suelo de aquel aeropuerto, se congeló de amor.
Quería recordarle. En silencio
domingo, 7 de noviembre de 2010
EL AMOR DE MIS A VECES
Descubro tus lunares y tu piel escondida
Y el eco de la calma en tu sonrisa
Porque eres el amor de mis a veces
Encuentro al final del silencio
El primer latido que me aprieta
Porque eres el amor de mis a veces
Despido uno a uno a mis amantes
Desde el sueño que me abraza a ti
Porque eres el amor de mis a veces
Cariño las palabras que inventamos
Para saber de ti y tú de mí
Porque eres el amor de mis a veces
Y el eco de la calma en tu sonrisa
Porque eres el amor de mis a veces
Encuentro al final del silencio
El primer latido que me aprieta
Porque eres el amor de mis a veces
Despido uno a uno a mis amantes
Desde el sueño que me abraza a ti
Porque eres el amor de mis a veces
Cariño las palabras que inventamos
Para saber de ti y tú de mí
Porque eres el amor de mis a veces
miércoles, 6 de octubre de 2010
AL ESCÉPTICO
"Escribo porque tengo un mundo que tú no conoces en el que el viento hace un camino alrededor del planeta. En el que los payasos lloran y los humanos son invadidos por extraterrestres. Escribo porque en mi mundo no hay puertas, ni ventanas..y puede entrar y salir quien quiera, porque lo comparto con todo el que desee conocerlo y ser feliz en él. Escribo para mí y para tí, para llenar de colores la vida y para darle a mi imaginación al menos la mitad de lo que ella me regala...¿O acaso ya no recuerdas qué es la imaginación?"
domingo, 3 de octubre de 2010
EL CAMBIO
Ya no reconozco a mis padres, ni a mis hermanos.
Me dijeron que no duele, que es una transformación lenta, con algunas molestias en el estómago, pero que no duele. Aún así, tengo miedo.
Soy de los pocos que siguen teniendo un apariencia humana.
No me he resistido al cambio. Ahora ya me da igual.
Al principio, cuando los ejércitos de todo el mundo luchaban por impedir la invasión, sentía pánico. Compramos víveres para pasar todo el año encerrados en casa.
Pero ahora ya no importa. Supongo que es ésta es una manera más de colonización.
Y aquí me encuentro, delante del espejo, intentando grabar en mi mente cada gesto de mi cara, cada arruga de la piel, cada sonido de mis palabras…
Ya empieza. Lo noto en el estómago. Tal y como lo habían contado. Como si un huevo frío se abriese en mi interior. Desde las entrañas.
Tengo ganas de vomitar. El líquido frío sube por el esófago y se extiende por las venas hasta los dedos de las manos y de los pies. No hay centímetro de mi cuerpo que no esté congelado. Empiezo a temblar.
Desde el espejo observo cómo engrisece la piel. Creo que lo peor es saber exactamente en qué me voy a convertir. Tengo miedo.
Me intento relajar mientras mis ojos crecen hasta salir de sus órbitas sujetos por un par de tentáculos negruzcos. Ahora puedo ver lo que sucede a mis espaldas. Aún no los controlo bien. Tengo que practicar.
Me ha caído el pelo de todo el cuerpo. Parezco un pez.
Siento varios pinchazos en la espalda que me hacen caer al suelo. ¡Y a esto le llaman molestias…!
Me giro, para ver en el espejo cómo la carne y la piel de la espalda rompen la camisa como si varios puños atravesasen la ropa. Uno, dos, tres, cuatro..Tengo diez pequeñas jorobas. Las toco despacio. Están llenas de ese líquido frío que estalló en el estómago. No son demasiado duras. Podré dormir sin problemas.
No me gusto.
Tampoco es que me gustase antes. No era un tipo demasiado agraciado. Pero esto es terrible. Aunque no sé qué es peor, si estar muerto o convivir con los demás con aspecto humano.
Al menos ahora no me siento un bicho raro. Ahora soy como todos.
Salgo de la habitación mientras intento controlar mis ojos que se quedan enganchados en todas las esquinas de la casa
En el salón, veo como mi padre se come a mi madre.
Me dijeron que no duele, que es una transformación lenta, con algunas molestias en el estómago, pero que no duele. Aún así, tengo miedo.
Soy de los pocos que siguen teniendo un apariencia humana.
No me he resistido al cambio. Ahora ya me da igual.
Al principio, cuando los ejércitos de todo el mundo luchaban por impedir la invasión, sentía pánico. Compramos víveres para pasar todo el año encerrados en casa.
Pero ahora ya no importa. Supongo que es ésta es una manera más de colonización.
Y aquí me encuentro, delante del espejo, intentando grabar en mi mente cada gesto de mi cara, cada arruga de la piel, cada sonido de mis palabras…
Ya empieza. Lo noto en el estómago. Tal y como lo habían contado. Como si un huevo frío se abriese en mi interior. Desde las entrañas.
Tengo ganas de vomitar. El líquido frío sube por el esófago y se extiende por las venas hasta los dedos de las manos y de los pies. No hay centímetro de mi cuerpo que no esté congelado. Empiezo a temblar.
Desde el espejo observo cómo engrisece la piel. Creo que lo peor es saber exactamente en qué me voy a convertir. Tengo miedo.
Me intento relajar mientras mis ojos crecen hasta salir de sus órbitas sujetos por un par de tentáculos negruzcos. Ahora puedo ver lo que sucede a mis espaldas. Aún no los controlo bien. Tengo que practicar.
Me ha caído el pelo de todo el cuerpo. Parezco un pez.
Siento varios pinchazos en la espalda que me hacen caer al suelo. ¡Y a esto le llaman molestias…!
Me giro, para ver en el espejo cómo la carne y la piel de la espalda rompen la camisa como si varios puños atravesasen la ropa. Uno, dos, tres, cuatro..Tengo diez pequeñas jorobas. Las toco despacio. Están llenas de ese líquido frío que estalló en el estómago. No son demasiado duras. Podré dormir sin problemas.
No me gusto.
Tampoco es que me gustase antes. No era un tipo demasiado agraciado. Pero esto es terrible. Aunque no sé qué es peor, si estar muerto o convivir con los demás con aspecto humano.
Al menos ahora no me siento un bicho raro. Ahora soy como todos.
Salgo de la habitación mientras intento controlar mis ojos que se quedan enganchados en todas las esquinas de la casa
En el salón, veo como mi padre se come a mi madre.
lunes, 6 de septiembre de 2010
TU MEMORIA EN MI
Caminaba despacio, como sin con cada paso echase un ancla lleno de recuerdos. Uno, dos, uno, dos…Mi madre la agarraba por el codo, frágil y huesudo, mientras yo le tendía las manos, de frente, como un padre cuando alienta los pasos de su retoño.
Le sonreía. Siempre le sonreía. Pensaba que así caminaría con más seguridad. Que no sentiría la inestabilidad de sus piernas, el dolor agudo de sus caderas octogenarias ni la debilidad de sus brazos, cuna de dos generaciones.
- Venga abuela, un poco más. Ya estás cerquita - le susurré ladeando la cabeza.
Encima de la mesa de la cocina le esperaban unas lentejas con mucho chorizo. Era su plato preferido, y pensé que el olor del puchero caliente podría darnos conversación toda la tarde.
La vida de mi abuela se había convertido en una película de pequeñas escenas cotidianas, por eso muchas veces la visitaba para charlar sobre los geranios nuevos de la vecina del primero, para preguntarle si las nubes de la tormenta de verano le habían levantado dolor de cabeza, o para mostrarle los últimos pasos de baile que había aprendido y que ella acompañaba con palmadas suaves.
Hicimos una pausa a pocos metros de la mesa.
-No sé si el chorizo estará cortado a tu gusto-le dije mientras acariciaba sus manos e intentaba caminar hacia atrás sin dejar de sonreír.
-La servilleta-me contestó mientras miraba hacia la mesa
Mi madre tensó todos los músculos de su cuerpo, como si le hubiesen dado el susto de su vida.
- ¡La servilleta!-exclamó sin soltar el codo de mi abuela
Sentí cómo la decepción descomponía su rostro de hija abnegada. No importaban las noches en vela, las carreras al hospital. No importaban las horas de menos. Habíamos olvidado la servilleta blanca de papel.
Como un huracán abrí todos los cajones de la cocina. Busqué en las alacenas y en los estantes más altos. Vacié la despensa en la búsqueda desesperada de una servilleta de papel.
-¡La encontré!-grité desde el salón mientras corría hacia la cocina y la agitaba en el aire.
Mi abuela, ya sentada frente al plato de lentejas, me sonrió, e interrumpió así bruscamente mi carrera.
La miré milésimas de segundo. El tiempo suficiente para saber que ella vivía en mí, y yo en ella. Que le había regalado mis primeros pasos, y ella a mí, los últimos.
Me acerqué a su lado y, como siempre, recorté la servilleta a la mitad.
-Son muy grandes-me dijo una vez más-No sé por qué las hacen tan grandes.
Mi madre, mientras, intentaba justificar el olvido con su carácter servicial.
-Mamá, ¿te pongo más comida?, ¿quieres algo de pan? ¡Mira que no te vayas a quedar con hambre!-dijo nerviosa mientras fregaba unos platos sin prestar atención a sus manos, que se movían rápido bajo el agua del grifo-La servilleta. No sé en qué estaba pensando la verdad. ¿Estás cómoda? ¿Quieres un cojín? Vamos a tener que comprar otras sillas. Esas son durísimas. Te dolerá la espalda. Seguro. La servilleta mamá, me olvidé de ella…
Salió de la cocina llorando, con los guantes rosas manchados aún de jabón y grasa.
Mi abuela me miró agradecida, mientras la comida bailaba en la cuchara al ritmo del temblor de su mano.
-Me gusta cómo cocina tu madre. Por la tarde le pregunto la receta. ¿Te conté alguna vez la historia de tu abuelo y las lentejas con chorizo?
Le sonreía. Siempre le sonreía. Pensaba que así caminaría con más seguridad. Que no sentiría la inestabilidad de sus piernas, el dolor agudo de sus caderas octogenarias ni la debilidad de sus brazos, cuna de dos generaciones.
- Venga abuela, un poco más. Ya estás cerquita - le susurré ladeando la cabeza.
Encima de la mesa de la cocina le esperaban unas lentejas con mucho chorizo. Era su plato preferido, y pensé que el olor del puchero caliente podría darnos conversación toda la tarde.
La vida de mi abuela se había convertido en una película de pequeñas escenas cotidianas, por eso muchas veces la visitaba para charlar sobre los geranios nuevos de la vecina del primero, para preguntarle si las nubes de la tormenta de verano le habían levantado dolor de cabeza, o para mostrarle los últimos pasos de baile que había aprendido y que ella acompañaba con palmadas suaves.
Hicimos una pausa a pocos metros de la mesa.
-No sé si el chorizo estará cortado a tu gusto-le dije mientras acariciaba sus manos e intentaba caminar hacia atrás sin dejar de sonreír.
-La servilleta-me contestó mientras miraba hacia la mesa
Mi madre tensó todos los músculos de su cuerpo, como si le hubiesen dado el susto de su vida.
- ¡La servilleta!-exclamó sin soltar el codo de mi abuela
Sentí cómo la decepción descomponía su rostro de hija abnegada. No importaban las noches en vela, las carreras al hospital. No importaban las horas de menos. Habíamos olvidado la servilleta blanca de papel.
Como un huracán abrí todos los cajones de la cocina. Busqué en las alacenas y en los estantes más altos. Vacié la despensa en la búsqueda desesperada de una servilleta de papel.
-¡La encontré!-grité desde el salón mientras corría hacia la cocina y la agitaba en el aire.
Mi abuela, ya sentada frente al plato de lentejas, me sonrió, e interrumpió así bruscamente mi carrera.
La miré milésimas de segundo. El tiempo suficiente para saber que ella vivía en mí, y yo en ella. Que le había regalado mis primeros pasos, y ella a mí, los últimos.
Me acerqué a su lado y, como siempre, recorté la servilleta a la mitad.
-Son muy grandes-me dijo una vez más-No sé por qué las hacen tan grandes.
Mi madre, mientras, intentaba justificar el olvido con su carácter servicial.
-Mamá, ¿te pongo más comida?, ¿quieres algo de pan? ¡Mira que no te vayas a quedar con hambre!-dijo nerviosa mientras fregaba unos platos sin prestar atención a sus manos, que se movían rápido bajo el agua del grifo-La servilleta. No sé en qué estaba pensando la verdad. ¿Estás cómoda? ¿Quieres un cojín? Vamos a tener que comprar otras sillas. Esas son durísimas. Te dolerá la espalda. Seguro. La servilleta mamá, me olvidé de ella…
Salió de la cocina llorando, con los guantes rosas manchados aún de jabón y grasa.
Mi abuela me miró agradecida, mientras la comida bailaba en la cuchara al ritmo del temblor de su mano.
-Me gusta cómo cocina tu madre. Por la tarde le pregunto la receta. ¿Te conté alguna vez la historia de tu abuelo y las lentejas con chorizo?
martes, 31 de agosto de 2010
DOS LÁGRIMAS
Cogió la cera blanca para colorear su cara.
Sentado delante de un espejo iluminado por decenas de bombillas, comenzó a extender la pintura por su frente, sin pensar dónde terminaba su piel.
-¡Cinco minutos y salimos!-gritó desde el fondo de la sala el director de escena.
Con un lápiz negro definió alrededor de sus ojos unas cejas que abracaban la mitad de su cara, encerrando en ellas unos ojos sin mirada.
“A quién le importa lo que le pase a un actor de pacotilla” , pensó, “ni siquiera debería de haber venido hoy”
Se colocó los tirantes de color azul sobre los hombros, sujetando así los aros a los que se cosían los pantalones en su parte superior.
“Hago el imbécil por cuatro duros”, susurró mientras coloreaba de rosa sus mofletes y sus labios.
-¡Tres minutos!-insistió el director mientras le apremiaba con una palmada en la espalda.
“No me toques cretino. Si vivieses en una caravana todo el puto año, malditas las ganas que tendrías de hacer reír”
Con los dientes aún apretados, peinó la peluca de rizos verde.
Se levantó despacio, mientras acomodaba la goma de la falsa nariz roja por debajo de los rizos.
Una vez más, se dirigió hacia la pista. Caminaba con dificultad con aqullos zapatos descomunales, lo que le hizo chocar varias veces con los trapecistas que salían exultantes después de su actuación.
-¡Con todos ustedes, niños y niñas…el payaso Tato!-se escuchó desde la carpa.
El silencio espesó el aire. Cientos de miradas expectantes se posaron sobre él.
Desde el medio de la pista, el hombre comenzó a llorar sin consuelo, tiñendo de lamentos y gritos de dolor el eco del circo.
Aún conservaba una cera negra en su bolsillo.
“Se acabó”, pensó, “voy a terminar con esto”.
En el momento en que empezó a borrar la pintura de su cara, mojada por lágrimas de payaso, una aplauso infantil interrumpió su actuación.
Desde la primera grada, una niña pecosa, de pie sobre su asiento,chocaba sus manos con fuerza, alentando al payaso.
Un segundo aplauso iluminó la carpa desde los bancos superiores.
El silencio se tiñó de notas en si bemol, de las manos de un niño de gafas redondas, en re mayor, de las manos de unas hermanas gemelas vestidas con camisas de lunares…hasta crear una sinfonía infantil que invadió el circo.
El payaso, paralizado en medio de la pista, rescató la cera negra de su bolsillo y dibujó dos lágrimas en su mejilla. Se colocó un sombrero de ala ancha sobre la peluca y corrió divertido hasta caer sobre la arena, fingiendo un tropiezo con sus zapatones.
“Por ellos” pensó.“Empieza el espectáculo”.
Sentado delante de un espejo iluminado por decenas de bombillas, comenzó a extender la pintura por su frente, sin pensar dónde terminaba su piel.
-¡Cinco minutos y salimos!-gritó desde el fondo de la sala el director de escena.
Con un lápiz negro definió alrededor de sus ojos unas cejas que abracaban la mitad de su cara, encerrando en ellas unos ojos sin mirada.
“A quién le importa lo que le pase a un actor de pacotilla” , pensó, “ni siquiera debería de haber venido hoy”
Se colocó los tirantes de color azul sobre los hombros, sujetando así los aros a los que se cosían los pantalones en su parte superior.
“Hago el imbécil por cuatro duros”, susurró mientras coloreaba de rosa sus mofletes y sus labios.
-¡Tres minutos!-insistió el director mientras le apremiaba con una palmada en la espalda.
“No me toques cretino. Si vivieses en una caravana todo el puto año, malditas las ganas que tendrías de hacer reír”
Con los dientes aún apretados, peinó la peluca de rizos verde.
Se levantó despacio, mientras acomodaba la goma de la falsa nariz roja por debajo de los rizos.
Una vez más, se dirigió hacia la pista. Caminaba con dificultad con aqullos zapatos descomunales, lo que le hizo chocar varias veces con los trapecistas que salían exultantes después de su actuación.
-¡Con todos ustedes, niños y niñas…el payaso Tato!-se escuchó desde la carpa.
El silencio espesó el aire. Cientos de miradas expectantes se posaron sobre él.
Desde el medio de la pista, el hombre comenzó a llorar sin consuelo, tiñendo de lamentos y gritos de dolor el eco del circo.
Aún conservaba una cera negra en su bolsillo.
“Se acabó”, pensó, “voy a terminar con esto”.
En el momento en que empezó a borrar la pintura de su cara, mojada por lágrimas de payaso, una aplauso infantil interrumpió su actuación.
Desde la primera grada, una niña pecosa, de pie sobre su asiento,chocaba sus manos con fuerza, alentando al payaso.
Un segundo aplauso iluminó la carpa desde los bancos superiores.
El silencio se tiñó de notas en si bemol, de las manos de un niño de gafas redondas, en re mayor, de las manos de unas hermanas gemelas vestidas con camisas de lunares…hasta crear una sinfonía infantil que invadió el circo.
El payaso, paralizado en medio de la pista, rescató la cera negra de su bolsillo y dibujó dos lágrimas en su mejilla. Se colocó un sombrero de ala ancha sobre la peluca y corrió divertido hasta caer sobre la arena, fingiendo un tropiezo con sus zapatones.
“Por ellos” pensó.“Empieza el espectáculo”.
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