ENTRANTE: TOSTAS DE QUESO DE CABRA GRATINADO
-¿Por qué me has llamado con tanta urgencia ? ¡Ni que se fuese a acabar el mundo!-exclamó la mujer mientras repartía la comida con las manos.
-No, el mundo no Ana…
-¿Quieres otra tosa? ¡Están de muerte!-dijo masticando con la boca abierta y los carrillos llenos.
-Me gustaría hablar contigo de algo importante, algo que se refiere a nosotros, vaya, a ti y a mi…-susurró el chico con la mirada perdida en el ir y venir de los camareros.
-¿Qué le habrán echado al queso? Parece algo dulce, ¡Miel! Si, creo que es miel.
La chica dibujó con el dedo índice una sonrisa de néctar en su plato.
-Como te decía, Ana, déjame hablar, por favor, esto es muy difícil para mi…
Emilio posó sobre la mesa la servilleta que hasta ese momento tenía sobre las piernas.
-Si cariño, perdona, antes te interrumpí .Ibas a decir algo importante, ¿verdad?-dijo la chica mientras acariciaba la mano de su novio.
-Si, no sé por dónde empezar …Bueno …Sabes que llevamos ya cuatro años juntos…
-¿Y como no se nos ocurrió durante estos cuatro años cenar aquí? ¡ La comida es fantástica! ¿No crees? ¿ No tienes hambre?-exclamó la mujer tras servirse la última tosta de la fuente
-No. No tengo hambre. Ana, por favor…
PRIMER PLATO: REVUELTO DE BACALAO CON AJETES TIERNOS Y PIMIENTO ASADO
-Perdona, Emilio, me estabas contando algo
-He conocido a alguien-dijo el chico después de coger tanto aire como sus pulmones le permitieron.
-¿Recuerdas a mi amiga Natalia? Ahora que hablas de conocer a alguien..¡Se está viendo con un chico! Fíjate, ella que siempre decía que no se volvería a casar ni aunque las ranas criaran pelo. Creo que él se le presentó en el gimnasio! Pobre… Llevaría ese pantalón rosa indescriptible, sudada..y se fijó en ella. Eso sí que tiene mérito…-exclamó la mujer mientras sus manos volaban expresivas sobre la fuente del revuelto de bacalao.
-Ana, he conocido a otra persona
El chico, despistado, buscó con la mirada el abanico de olores de la comida .Le gustaba adivinar qué plato sería el siguiente en salir de la cocina.
-Vale. Has conocido a otra persona. Y si no paras de hablar tampoco probarás el revuelto. Creo que este huevo está poco hecho. Déjame probar de tu plato… Sí, lo que decía, poco hecho.
-Es alguien importante Ana. No sé qué va a pasar- dijo Emilio mientras recuperaba la mirada de su novia, perdida entre los ingredientes de su plato.
-¡Pues lo que pasa cuando conoces a alguien importante! Qué bobadas dices a veces. Creo que hoy en día pocas personas valen la pena. Fíjate, sin ir más lejos. Natalia. Ella sí que vale la pena. Es la persona más generosa que conozco. Es una amiga de verdad. ¿No opinas lo mismo?
-Si Ana, pero es más complicado que todo eso…
-¿Por qué tiene que ser complicado? ¿Por qué ves siempre la parte negativa de las cosas? Vives a la defensiva Emilio
SEGUNDO PLATO: CONFIT DE PATO
-Por cierto, ¿qué estamos celebrando? .No salimos nunca a cenar , ¡y de repente me llamas para vernos en una hora! ¿Sabes cuánto tardo en arreglarme? Si, claro que lo sabes, ¡cómo no lo vas a saber!. ¡Ni siquiera me ha dado tiempo a maquillarme!
-Ana, escúchame por favor, he conocido a un hombre.
La mirada del novio eterno se derritió en el hielo de la distancia.
-¡Fantástico Emilio! Ves? ¡Eso es lo que te hacía falta! Una pandilla para ir a ver el fútbol, para tomar unas cañas… ¡Nunca sales a hacer ese tipo de planes! Que a mi no me importa, eh? Adoro tu sensibilidad, siempre te lo he dicho
-Ya Ana, pero este chico es especial, entiendes? Es diferente.
-Tampoco has probado el pato. ¿Estás a régimen y no me lo has dicho? Porque podíamos haber ido a un vegetariano. Conozco uno cerca de aquí que está fenomenal. Sirven unas hamburguesas de berenjena de chuparse los dedos
-Ana, creo que es mejor que lo dejemos por un tiempo.
POSTRE: TARTA DE QUESO CON SALSA DE FRAMBUESA
-¿Dejar el qué Emilio? No te entiendo. No entiendo nada de lo que me estás diciendo-gritó la mujer mientras destrozaba la tarta de queso con violencia.
-Dejar lo nuestro Ana. Nuestra relación…
-¡No digas tonterías! Me va a sentar mal la cena! A ti no, desde luego, porque no has probado bocado. Pero a mí sí, Y ya sabes lo delicado que tengo el estómago. Dejar lo nuestro…Emilio, a veces se te ocurre cada cosa…
-Quiero conocer mejor a este chico Ana. Quiero estar con él de otra manera.
-¡Bueno! ¿Y me vas a decir ahora que yo soy ese tipo de novia posesiva que no te deja salid con los amigotes? ¡Si soy la primera que te he animado siempre a hacerlo! No se hable más. Mañana mismo quedamos en mi casa y me presentas a ese amigo tuyo tan importante. Qué tendrá que ver una cosa con la otra. Chico, a veces no hay quien te entienda, de verdad.
-Pero Ana…
-Camarero, por favor, la cuenta, cuando pueda-exclamó la mujer apretando los puños bajo la mesa
Emilio posó con suavidad su mano sobre el brazo del camarero
-Lo siento, no he podido…
-El camarero está llorando. ¿Lo has visto? Qué poca profesionalidad. ¡Que deje sus problemas en casa! ¿No crees?
martes, 14 de diciembre de 2010
martes, 7 de diciembre de 2010
RUTINA
Sueño la taza de tu desayuno
y flota en la leche mi bostezo
que juega a esconderse cansado
entre las tostadas y el café
para dormirse en la almohada
de tus terrones de azúcar.
y flota en la leche mi bostezo
que juega a esconderse cansado
entre las tostadas y el café
para dormirse en la almohada
de tus terrones de azúcar.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
LA CHICA DE LA PARADA
Era la chica de mi parada.
Se cubría con la misma capa gris todos los meses de frío. De octubre a marzo. Lo sé porque una mancha de pasta de dientes adornaba su manga derecha desde hacía varias semanas. Supongo que le habría gustado nacer en alguna isla paradisíaca para sudar todos los días del año y lucir una piel dorada coloreada por collares largos y pulseras con conchas de todos los tamaños. Ella misma elegiría una a una las piezas y seguramente se sentaría en la playa pensativa, con el puño de tesoros cerrado , mientras escondía los pies bajo la arena.
O no.
Era la chica de las ocho en punto.
A pesar de su puntualidad, sé que a veces imaginaba cómo sería su vida si el despertador sonase cinco minutos más tarde y no pudiese coger ese autobús. Quizá conocería a un escritor en crisis, de esos que atraen a las chicas universitarias, con el pelo cano revuelto, las gafas estratégicamente colocadas en la punta de la nariz y con la única compañía de una pila de libros tan arrugados como la piel de sus manos. Ella tropezaría con él, y le ayudaría a recoger del suelo su montón-de-historias-para-no-dormir. Al recoger sus gafas y colocarlas otra vez en la punta de la nariz, él reconocería a su musa, porque no podría ser de otra manera, y la llevaría de la mano alrededor del mundo y crearía para ella tantos poemas de amor como bellas ciudades escuchasen sus gemidos de placer.
O no.
Era la chica sin sonrisa.
La mujer sin dientes. La joven sin luz. Supongo que su padre había abusado de ella cuando era solo una niña, con el consentimiento tácito de su madre. Elegiría la cocina para hacerlo, porque los cobardes son así, y siempre después de la cena de los miércoles: revuelto de gambas y espinacas. Él se acercaría sigiloso, para acariciar su cuerpo entre el ruido de los platos y la espuma del fregadero. Para robar años de risa infantil.
O no.
Era la chica de mi mirada.
Porque sus ojos eran lo primero que veía cuando abría los míos y lo último que imaginaba antes de dormir. A veces pensaba que no conocía su nombre, así que decidí llamarla Laura. Creo que esas letras se adaptaban perfectamente a su pelo rojizo, a sus uñas mordidas y a sus botas de charol negras.
Le robé la mirada porque era lo único que podía tener de ella sin tenerla.
Y a partir de ese momento Laura me cogía la mano para subir al autobús porque no podía ver las escaleras, ni contar el dinero para pagar el viaje.
Siempre elegía para ella el asiento más cercano a la puerta y si estaba ocupado la miraba de reojo, con compasión, para que el pasajero de turno le cediese ese sitio. Su sitio.
Y su mirada era ahora mía.
O no.
Era la chica sin labios.
La besé. La besé como se besa por primera vez. Con la misma torpeza y la misma pasión. Y Laura abrió un poco la boca. Primero tímida. Pero en seguida noté la punta de su lengua en mis dientes. Y le cogí la mano para que supiese que era yo. La misma mano que le ayudaba a subir al autobús todos los días. Y nos abrazamos. Y le robé los labios porque no los necesitaba. Yo podía hablar por ella. Podía sentir por ella. Podía amar por los dos.
O no.
Eran las ocho en punto y Laura aún no había llegado a la parada. Decidí esperar cinco minutos más. Una hora más. Dos días más. No aparecía. Y empezaba a llover. Primero se borraron sus sueños de calor y aventura. Y ya no podía recordar si le gustaba el frío o el calor, o si había sido su padre el que había abusado de ella o jugaban en la cocina a lavar los platos entre risas, espuma y gritos infantiles. Y le devolví la mirada porque ya no la necesitaba. Y la lluvia borró el beso.
Era la chica de mi parada. Me habría gustado saber algo de ella. Pero solo sé que vestía la misma capa gris todos los meses de frío. De octubre a marzo.
Quizá le tendría que haber pedido el teléfono.
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Se cubría con la misma capa gris todos los meses de frío. De octubre a marzo. Lo sé porque una mancha de pasta de dientes adornaba su manga derecha desde hacía varias semanas. Supongo que le habría gustado nacer en alguna isla paradisíaca para sudar todos los días del año y lucir una piel dorada coloreada por collares largos y pulseras con conchas de todos los tamaños. Ella misma elegiría una a una las piezas y seguramente se sentaría en la playa pensativa, con el puño de tesoros cerrado , mientras escondía los pies bajo la arena.
O no.
Era la chica de las ocho en punto.
A pesar de su puntualidad, sé que a veces imaginaba cómo sería su vida si el despertador sonase cinco minutos más tarde y no pudiese coger ese autobús. Quizá conocería a un escritor en crisis, de esos que atraen a las chicas universitarias, con el pelo cano revuelto, las gafas estratégicamente colocadas en la punta de la nariz y con la única compañía de una pila de libros tan arrugados como la piel de sus manos. Ella tropezaría con él, y le ayudaría a recoger del suelo su montón-de-historias-para-no-dormir. Al recoger sus gafas y colocarlas otra vez en la punta de la nariz, él reconocería a su musa, porque no podría ser de otra manera, y la llevaría de la mano alrededor del mundo y crearía para ella tantos poemas de amor como bellas ciudades escuchasen sus gemidos de placer.
O no.
Era la chica sin sonrisa.
La mujer sin dientes. La joven sin luz. Supongo que su padre había abusado de ella cuando era solo una niña, con el consentimiento tácito de su madre. Elegiría la cocina para hacerlo, porque los cobardes son así, y siempre después de la cena de los miércoles: revuelto de gambas y espinacas. Él se acercaría sigiloso, para acariciar su cuerpo entre el ruido de los platos y la espuma del fregadero. Para robar años de risa infantil.
O no.
Era la chica de mi mirada.
Porque sus ojos eran lo primero que veía cuando abría los míos y lo último que imaginaba antes de dormir. A veces pensaba que no conocía su nombre, así que decidí llamarla Laura. Creo que esas letras se adaptaban perfectamente a su pelo rojizo, a sus uñas mordidas y a sus botas de charol negras.
Le robé la mirada porque era lo único que podía tener de ella sin tenerla.
Y a partir de ese momento Laura me cogía la mano para subir al autobús porque no podía ver las escaleras, ni contar el dinero para pagar el viaje.
Siempre elegía para ella el asiento más cercano a la puerta y si estaba ocupado la miraba de reojo, con compasión, para que el pasajero de turno le cediese ese sitio. Su sitio.
Y su mirada era ahora mía.
O no.
Era la chica sin labios.
La besé. La besé como se besa por primera vez. Con la misma torpeza y la misma pasión. Y Laura abrió un poco la boca. Primero tímida. Pero en seguida noté la punta de su lengua en mis dientes. Y le cogí la mano para que supiese que era yo. La misma mano que le ayudaba a subir al autobús todos los días. Y nos abrazamos. Y le robé los labios porque no los necesitaba. Yo podía hablar por ella. Podía sentir por ella. Podía amar por los dos.
O no.
Eran las ocho en punto y Laura aún no había llegado a la parada. Decidí esperar cinco minutos más. Una hora más. Dos días más. No aparecía. Y empezaba a llover. Primero se borraron sus sueños de calor y aventura. Y ya no podía recordar si le gustaba el frío o el calor, o si había sido su padre el que había abusado de ella o jugaban en la cocina a lavar los platos entre risas, espuma y gritos infantiles. Y le devolví la mirada porque ya no la necesitaba. Y la lluvia borró el beso.
Era la chica de mi parada. Me habría gustado saber algo de ella. Pero solo sé que vestía la misma capa gris todos los meses de frío. De octubre a marzo.
Quizá le tendría que haber pedido el teléfono.
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martes, 9 de noviembre de 2010
ADIOS
Tenía la boca llena de palabras, pero no podía elegir cuál de ellas sería la primera, la que cogería de la mano a las demás para echar a volar hasta sus oídos.
Solo podía mirarle.
Con la maleta en una mano, y el bolso en la otra, su cuerpo, clavado en el suelo de aquel aeropuerto, se congeló de amor.
Quería recordarle. En silencio
Solo podía mirarle.
Con la maleta en una mano, y el bolso en la otra, su cuerpo, clavado en el suelo de aquel aeropuerto, se congeló de amor.
Quería recordarle. En silencio
domingo, 7 de noviembre de 2010
EL AMOR DE MIS A VECES
Descubro tus lunares y tu piel escondida
Y el eco de la calma en tu sonrisa
Porque eres el amor de mis a veces
Encuentro al final del silencio
El primer latido que me aprieta
Porque eres el amor de mis a veces
Despido uno a uno a mis amantes
Desde el sueño que me abraza a ti
Porque eres el amor de mis a veces
Cariño las palabras que inventamos
Para saber de ti y tú de mí
Porque eres el amor de mis a veces
Y el eco de la calma en tu sonrisa
Porque eres el amor de mis a veces
Encuentro al final del silencio
El primer latido que me aprieta
Porque eres el amor de mis a veces
Despido uno a uno a mis amantes
Desde el sueño que me abraza a ti
Porque eres el amor de mis a veces
Cariño las palabras que inventamos
Para saber de ti y tú de mí
Porque eres el amor de mis a veces
miércoles, 6 de octubre de 2010
AL ESCÉPTICO
"Escribo porque tengo un mundo que tú no conoces en el que el viento hace un camino alrededor del planeta. En el que los payasos lloran y los humanos son invadidos por extraterrestres. Escribo porque en mi mundo no hay puertas, ni ventanas..y puede entrar y salir quien quiera, porque lo comparto con todo el que desee conocerlo y ser feliz en él. Escribo para mí y para tí, para llenar de colores la vida y para darle a mi imaginación al menos la mitad de lo que ella me regala...¿O acaso ya no recuerdas qué es la imaginación?"
domingo, 3 de octubre de 2010
EL CAMBIO
Ya no reconozco a mis padres, ni a mis hermanos.
Me dijeron que no duele, que es una transformación lenta, con algunas molestias en el estómago, pero que no duele. Aún así, tengo miedo.
Soy de los pocos que siguen teniendo un apariencia humana.
No me he resistido al cambio. Ahora ya me da igual.
Al principio, cuando los ejércitos de todo el mundo luchaban por impedir la invasión, sentía pánico. Compramos víveres para pasar todo el año encerrados en casa.
Pero ahora ya no importa. Supongo que es ésta es una manera más de colonización.
Y aquí me encuentro, delante del espejo, intentando grabar en mi mente cada gesto de mi cara, cada arruga de la piel, cada sonido de mis palabras…
Ya empieza. Lo noto en el estómago. Tal y como lo habían contado. Como si un huevo frío se abriese en mi interior. Desde las entrañas.
Tengo ganas de vomitar. El líquido frío sube por el esófago y se extiende por las venas hasta los dedos de las manos y de los pies. No hay centímetro de mi cuerpo que no esté congelado. Empiezo a temblar.
Desde el espejo observo cómo engrisece la piel. Creo que lo peor es saber exactamente en qué me voy a convertir. Tengo miedo.
Me intento relajar mientras mis ojos crecen hasta salir de sus órbitas sujetos por un par de tentáculos negruzcos. Ahora puedo ver lo que sucede a mis espaldas. Aún no los controlo bien. Tengo que practicar.
Me ha caído el pelo de todo el cuerpo. Parezco un pez.
Siento varios pinchazos en la espalda que me hacen caer al suelo. ¡Y a esto le llaman molestias…!
Me giro, para ver en el espejo cómo la carne y la piel de la espalda rompen la camisa como si varios puños atravesasen la ropa. Uno, dos, tres, cuatro..Tengo diez pequeñas jorobas. Las toco despacio. Están llenas de ese líquido frío que estalló en el estómago. No son demasiado duras. Podré dormir sin problemas.
No me gusto.
Tampoco es que me gustase antes. No era un tipo demasiado agraciado. Pero esto es terrible. Aunque no sé qué es peor, si estar muerto o convivir con los demás con aspecto humano.
Al menos ahora no me siento un bicho raro. Ahora soy como todos.
Salgo de la habitación mientras intento controlar mis ojos que se quedan enganchados en todas las esquinas de la casa
En el salón, veo como mi padre se come a mi madre.
Me dijeron que no duele, que es una transformación lenta, con algunas molestias en el estómago, pero que no duele. Aún así, tengo miedo.
Soy de los pocos que siguen teniendo un apariencia humana.
No me he resistido al cambio. Ahora ya me da igual.
Al principio, cuando los ejércitos de todo el mundo luchaban por impedir la invasión, sentía pánico. Compramos víveres para pasar todo el año encerrados en casa.
Pero ahora ya no importa. Supongo que es ésta es una manera más de colonización.
Y aquí me encuentro, delante del espejo, intentando grabar en mi mente cada gesto de mi cara, cada arruga de la piel, cada sonido de mis palabras…
Ya empieza. Lo noto en el estómago. Tal y como lo habían contado. Como si un huevo frío se abriese en mi interior. Desde las entrañas.
Tengo ganas de vomitar. El líquido frío sube por el esófago y se extiende por las venas hasta los dedos de las manos y de los pies. No hay centímetro de mi cuerpo que no esté congelado. Empiezo a temblar.
Desde el espejo observo cómo engrisece la piel. Creo que lo peor es saber exactamente en qué me voy a convertir. Tengo miedo.
Me intento relajar mientras mis ojos crecen hasta salir de sus órbitas sujetos por un par de tentáculos negruzcos. Ahora puedo ver lo que sucede a mis espaldas. Aún no los controlo bien. Tengo que practicar.
Me ha caído el pelo de todo el cuerpo. Parezco un pez.
Siento varios pinchazos en la espalda que me hacen caer al suelo. ¡Y a esto le llaman molestias…!
Me giro, para ver en el espejo cómo la carne y la piel de la espalda rompen la camisa como si varios puños atravesasen la ropa. Uno, dos, tres, cuatro..Tengo diez pequeñas jorobas. Las toco despacio. Están llenas de ese líquido frío que estalló en el estómago. No son demasiado duras. Podré dormir sin problemas.
No me gusto.
Tampoco es que me gustase antes. No era un tipo demasiado agraciado. Pero esto es terrible. Aunque no sé qué es peor, si estar muerto o convivir con los demás con aspecto humano.
Al menos ahora no me siento un bicho raro. Ahora soy como todos.
Salgo de la habitación mientras intento controlar mis ojos que se quedan enganchados en todas las esquinas de la casa
En el salón, veo como mi padre se come a mi madre.
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