Cogió la cera blanca para colorear su cara.
Sentado delante de un espejo iluminado por decenas de bombillas, comenzó a extender la pintura por su frente, sin pensar dónde terminaba su piel.
-¡Cinco minutos y salimos!-gritó desde el fondo de la sala el director de escena.
Con un lápiz negro definió alrededor de sus ojos unas cejas que abracaban la mitad de su cara, encerrando en ellas unos ojos sin mirada.
“A quién le importa lo que le pase a un actor de pacotilla” , pensó, “ni siquiera debería de haber venido hoy”
Se colocó los tirantes de color azul sobre los hombros, sujetando así los aros a los que se cosían los pantalones en su parte superior.
“Hago el imbécil por cuatro duros”, susurró mientras coloreaba de rosa sus mofletes y sus labios.
-¡Tres minutos!-insistió el director mientras le apremiaba con una palmada en la espalda.
“No me toques cretino. Si vivieses en una caravana todo el puto año, malditas las ganas que tendrías de hacer reír”
Con los dientes aún apretados, peinó la peluca de rizos verde.
Se levantó despacio, mientras acomodaba la goma de la falsa nariz roja por debajo de los rizos.
Una vez más, se dirigió hacia la pista. Caminaba con dificultad con aqullos zapatos descomunales, lo que le hizo chocar varias veces con los trapecistas que salían exultantes después de su actuación.
-¡Con todos ustedes, niños y niñas…el payaso Tato!-se escuchó desde la carpa.
El silencio espesó el aire. Cientos de miradas expectantes se posaron sobre él.
Desde el medio de la pista, el hombre comenzó a llorar sin consuelo, tiñendo de lamentos y gritos de dolor el eco del circo.
Aún conservaba una cera negra en su bolsillo.
“Se acabó”, pensó, “voy a terminar con esto”.
En el momento en que empezó a borrar la pintura de su cara, mojada por lágrimas de payaso, una aplauso infantil interrumpió su actuación.
Desde la primera grada, una niña pecosa, de pie sobre su asiento,chocaba sus manos con fuerza, alentando al payaso.
Un segundo aplauso iluminó la carpa desde los bancos superiores.
El silencio se tiñó de notas en si bemol, de las manos de un niño de gafas redondas, en re mayor, de las manos de unas hermanas gemelas vestidas con camisas de lunares…hasta crear una sinfonía infantil que invadió el circo.
El payaso, paralizado en medio de la pista, rescató la cera negra de su bolsillo y dibujó dos lágrimas en su mejilla. Se colocó un sombrero de ala ancha sobre la peluca y corrió divertido hasta caer sobre la arena, fingiendo un tropiezo con sus zapatones.
“Por ellos” pensó.“Empieza el espectáculo”.
martes, 31 de agosto de 2010
martes, 10 de agosto de 2010
PINCELADAS
-A ver nena, siéntate bien, así, que no se te arrugue el vestido. ¡El lazo, Marieta, vas a deshacer el lazo! ¿Qué te dijo mamá antes de entrar en la consulta? Que tenías que comportarte como una señorita.
La mujer caminaba con pasos cortos por la sala colocándose el pelo con las manos.
-Bueno, como le decía, doctor, la niña, que está rara, no ve bien, o sí, pero ve cosas que no son normales. Se lo digo en confianza , que en mi familia nunca ha pasado algo así, y no me gustaría que esto se supiese, ya sabe como es la gente…
-No se preocupe, señora...
-Rodríguez de Sabio y Miramonte, de los Miramonte de toda la vida, de aquí de Toledo, ya sabe…
-Sí, por supuesto. Me hago cargo. Salude a su padre de mi parte. Un hombre magnífico -dijo el doctor mientras apretaba un cigarrillo contra el cenicero y echaba la última bocanada de humo por la nariz
-¡Mamá, me hago piiiiiiiissssss!
-¡Marieta, hija, qué bochorno!
La mujer disimuló el rubor de sus mejillas con el pañuelo de seda que sujetaba en su mano.
- Bueno, vamos a ver, pequeña, mira hacia allí y dime lo que ves
-Veooooooo…¡ una avispa en una margarita! -gritó mientras abría los brazos en cruz.
-¡Marieta, hija, no te rasques los ojos! ¿Lo ve doctor, ve lo que le digo? ¡Cambian de color!-exclamó la mujer
-Vamos a intentarlo otra vez, a ver, dime ¿qué ves ahora ?-insistió el hombre.
-Ahora veo el mar lleno de nubes, ¿o es el cielo que tiene olas?. Me hago pis mamá..
Marieta balanceaba sus piernecitas mientras golpeaba con el botín la pata de la silla.
-Es un caso increíble, desde luego. Extraordinario. Veamos qué pasa si te frotas los ojos una vez más niña, ¿qué ves ?-dijo el doctor
-Al rey Baltasar con un saco de carbón, pero está todo muy oscuro, no hay estrellas…
- Efectivamente señora Miramonte, su hija ve la vida de colores.
-¡Dios mío! ¡Así que es verdad! ¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar mi madre, los amigos de mi marido? Peor, ¡sus esposas!¿Acaso cree usted que no he sido una buena madre doctor? ¿Cree que no me siento responsable de esta desgracia?
-Señora Miramonte- interrumpió el doctor mientras se acercaba despacio hacia la mujer-no se aflija, permita que le preste mi apoyo. Así, desahóguese, Abrácese a mí si quiere. Tiene el cabello muy suave, ¿sabe? Huele tan bien..Y su hija….su hija recibe la mejor formación, no me cabe la menor duda, e irá a colegios de pago, a universidades de prestigio. Una buena educación, estricta, por supuesto, inflexible, solucionará este problemilla…
-Doctor, yo…usted…-dijo la mujer mientras miraba con ojos encendidos el batín burdeos del hombre.
-Marieta apreciará la realidad en blanco y negro.Será una mujer de provecho. Llore, señora, no nos ve nadie. Así, respire hondo. Coja aire con el pecho, así…Como le decía, esto lo recordará usted como una anécdota… Y su piel, señora Miramonte, es tan tersa…
-Mamá…me he hecho pis.
La mujer caminaba con pasos cortos por la sala colocándose el pelo con las manos.
-Bueno, como le decía, doctor, la niña, que está rara, no ve bien, o sí, pero ve cosas que no son normales. Se lo digo en confianza , que en mi familia nunca ha pasado algo así, y no me gustaría que esto se supiese, ya sabe como es la gente…
-No se preocupe, señora...
-Rodríguez de Sabio y Miramonte, de los Miramonte de toda la vida, de aquí de Toledo, ya sabe…
-Sí, por supuesto. Me hago cargo. Salude a su padre de mi parte. Un hombre magnífico -dijo el doctor mientras apretaba un cigarrillo contra el cenicero y echaba la última bocanada de humo por la nariz
-¡Mamá, me hago piiiiiiiissssss!
-¡Marieta, hija, qué bochorno!
La mujer disimuló el rubor de sus mejillas con el pañuelo de seda que sujetaba en su mano.
- Bueno, vamos a ver, pequeña, mira hacia allí y dime lo que ves
-Veooooooo…¡ una avispa en una margarita! -gritó mientras abría los brazos en cruz.
-¡Marieta, hija, no te rasques los ojos! ¿Lo ve doctor, ve lo que le digo? ¡Cambian de color!-exclamó la mujer
-Vamos a intentarlo otra vez, a ver, dime ¿qué ves ahora ?-insistió el hombre.
-Ahora veo el mar lleno de nubes, ¿o es el cielo que tiene olas?. Me hago pis mamá..
Marieta balanceaba sus piernecitas mientras golpeaba con el botín la pata de la silla.
-Es un caso increíble, desde luego. Extraordinario. Veamos qué pasa si te frotas los ojos una vez más niña, ¿qué ves ?-dijo el doctor
-Al rey Baltasar con un saco de carbón, pero está todo muy oscuro, no hay estrellas…
- Efectivamente señora Miramonte, su hija ve la vida de colores.
-¡Dios mío! ¡Así que es verdad! ¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar mi madre, los amigos de mi marido? Peor, ¡sus esposas!¿Acaso cree usted que no he sido una buena madre doctor? ¿Cree que no me siento responsable de esta desgracia?
-Señora Miramonte- interrumpió el doctor mientras se acercaba despacio hacia la mujer-no se aflija, permita que le preste mi apoyo. Así, desahóguese, Abrácese a mí si quiere. Tiene el cabello muy suave, ¿sabe? Huele tan bien..Y su hija….su hija recibe la mejor formación, no me cabe la menor duda, e irá a colegios de pago, a universidades de prestigio. Una buena educación, estricta, por supuesto, inflexible, solucionará este problemilla…
-Doctor, yo…usted…-dijo la mujer mientras miraba con ojos encendidos el batín burdeos del hombre.
-Marieta apreciará la realidad en blanco y negro.Será una mujer de provecho. Llore, señora, no nos ve nadie. Así, respire hondo. Coja aire con el pecho, así…Como le decía, esto lo recordará usted como una anécdota… Y su piel, señora Miramonte, es tan tersa…
-Mamá…me he hecho pis.
viernes, 16 de julio de 2010
NADA
Si la fruta no desnuda su rama
Si el mar no baila con la tormenta
Si la nube no llora sobre la arena
Si hace frío en tu abrazo
y me das besos sin sonrisa
y caricias sin piel
Si no estás
Si no estoy
Si no soy
Si no eres
Si el mar no baila con la tormenta
Si la nube no llora sobre la arena
Si hace frío en tu abrazo
y me das besos sin sonrisa
y caricias sin piel
Si no estás
Si no estoy
Si no soy
Si no eres
miércoles, 7 de julio de 2010
NUNCA TUYA
Ahora no quiero
verte
ya no
escuchar, oler, tocar, besar
pensar en soñarte
soñar que te pienso
escapar.
Ahora no quiero
mirarte
hoy no
hablar, llorar, luchar, abrazar
sentir que te pierdo
perder lo que siento
respirar
Ahora no quiero
tenerte
que me tengas.
Nunca tuya.
verte
ya no
escuchar, oler, tocar, besar
pensar en soñarte
soñar que te pienso
escapar.
Ahora no quiero
mirarte
hoy no
hablar, llorar, luchar, abrazar
sentir que te pierdo
perder lo que siento
respirar
Ahora no quiero
tenerte
que me tengas.
Nunca tuya.
CON LA PIEL
¿ Y si te estiro la cara así, con las manos?
Juguemos a eso, abuela, a conocernos otra vez.
Juguemos a eso, abuela, a conocernos otra vez.
martes, 6 de julio de 2010
COLORES
Pascual sujetó el pincel con fuerza para que el temblor de su mano no dejase una huella de vejez en el cuadro.
Desafiando con su mirada al lienzo que se erguía ante él, pensó en las historias sin pintar que le rodeaban en aquel estudio. Decenas de telas en blanco se amontonaban sin orden entre paisajes, retratos inacabados y esbozos de escenas sin color.
El pintor recordaba algunos de aquellos lugares y personajes con el mismo cariño que un padre mira a sus hijos: los había visto nacer, crecer y finalmente morir, siendo su firma el epitafio.
Para él terminar un cuadro suponía meses, incluso años de trabajo. Cada uno de ellos escondía un conflicto diferente porque no siempre sus protagonistas estaban de acuerdo con las decisiones que había tomado.
Sonriendo, miró a Marinita, que se había quedado dormida en la mecedora destartalada que adornaba el estudio. Se acercó a ella para taparla con una manta. El frío del otoño se colaba entre las rejas de la ventana.
Había sido su confidente cuando trabajaba con tanta intensidad y precisión que a penas corregía sus obras, fruto de una creatividad desmesurada.
Y era allí donde vivía la mujer, acompañada de otros personajes, en algún lugar entre la imaginación del pintor y el lienzo en el que habían nacido.
Marinita movió la nariz en sueños, casi asintiendo a los pensamientos de su mentor. Era una mujer corpulenta y tan divertida como coqueta.
Pascual la había pintado bailando con castañuelas junto a más mujeres, pero había sido ella la única que había despertado su curiosidad. Y no podía ser para menos: un solo estornudo fue suficiente para que el pintor, asustado, perdiera el equilibrio.
¡Mujer, casi me mata del susto!
¡Pues no querrá que me esté callada!, protestó la bailarina¡Que no para usted de hacerme cosquillas en la nariz con el dichoso pincel!
Desde entonces, habían pasado tantas noches juntos en vela y tantos amaneceres, que había perdido la noción del tiempo. Por eso, cuando su mano arrugada por los años temblaba, envidiaba a aquella mujer eterna que respiraba profundamente junto a él.
El pintor caminó unos pasos alejándose del cuadro para apreciar mejor su perspectiva. “La niña, siempre la dichosa niña”, pensó. Y es que mientras el pelo de Pascual perdía color, el vestido del personaje adquiría cada día nuevas tonalidades imprevistas.
- ¡ Azul ! ¡ Su camisa, era de color azul !- exclamó el hombre
- Mismamente usted hace un par de noches dijo lo mismo cuando la nena se encaprichó con el verde, y mírela, ahí la tiene, con el refajo rojo como el carmín- dijo Marinita desperezándose.
La mujer de las castañuelas las hizo tocar sentenciando su frase desde el suelo del estudio en donde se había sentado sobre unos cojines viejos.
- Por tres veces la he vestido y otras tres que la vestiré si hace falta para que deje esta rebeldía.- protestó el pintor
- Los lazos de mi enagua se los pedí rojos y bien lindos que me los pintó.
- No es lo mismo Marinita. Usted baila con más mujeres que enseñan las mismas ropas y esta niña me la tiene tomada: si no es que quiere jugar con la cesta del carpintero, la encuentro escondida detrás de la dama burguesa.
El cuadro que tenía ante él plasmaba una escena cotidiana en donde dos jóvenes eran aconsejadas por su padre, como única herencia que ellas, inconscientes todavía, iban a recibir. Cerca, y testigos de aquella lección, dos jóvenes burgueses coqueteaban, escondidos, vestidos con sus mejores galas.
Había dibujado el esbozo del cuadro sin contratiempos y decidido el color negro para el atuendo de la pareja, que había mostrado su conformidad en todo momento, si bien, la mujer, con una mirada cómplice, le había rogado que acercase un poco más el rostro de su amado al suyo, lo que dio lugar a un rubor tan intenso en sus mejillas que el pintor decidió retocarlas con unas pinceladas color rosado. A cambio, desvió la mirada de la joven al suelo, para que el hombre no pudiese intuir la vergüenza del primer amor.
Tampoco había sido un problema dibujar el hombre que representaba al padre: su piel era morena y vestía una bata blanca de carpintero.
- Y usted, Ramón, ¿ no dice nada?- preguntó Marinita
-¿ Y qué quiere que le diga? Pos que bastante tiene ya el maestro a sus años como pa que le ande la nena con tonterías
Pascual lo miró pensativo. “Al menos ha sido lo suficientemente valiente para poner palabras a mi vejez, y si la chiquilla puede con este anciano, quizá sea el momento de cerrar el estudio”
El picador, apoyado en el marco de la puerta, con su sombrero de ala ancha y su mantilla al hombro, silbaba por el hueco del diente que le faltaba.
Había pintado a Ramón en una plaza de toros hacía muchos años. Una vez plasmado en el lienzo, el picador comenzó a masticar tabaco, lo que hizo pensar al pintor que alguien con esa picardía podría serle de gran ayuda si algún día perdía la inspiración.
De esa manera los dos hombres comprobaron, tras largas conversaciones bajo la luz de un candil, que en el fondo no eran tan diferentes, y que a pesar de la rudeza del picador, se complementaban lo suficiente como para poder trabajar juntos.
Ahora, sin embargo, se enfrentaba a los caprichos de una niña que jugaba sobre el cuadro, desordenando todas y cada una de las pinceladas que nacían de su paleta de colores.
Bajo la vigilancia de un perro callejero que había huido del ataque de un toro con el permiso del pincel de Pascual, la pequeña guiñaba un ojo, pizpireta, vestida con una falda roja y una camisa blanca.
-¿ Cómo dice que se llama la muchacha?- preguntó Ramón
- El maestro la llama Ada, porque aparece y desaparece, pero bien podríamos decirle la pesadilla de Pascual- contestó Marinita entre risas.
Las carcajadas le hicieron perder el equilibrio cayendo en el suelo boca arriba y con las piernas en alto, dejando entrever sus pololos.
El picador, aprovechando la confusión, cogió las castañuelas y salió corriendo alrededor del pintor, hasta tropezar con el perro y caer sobre una pila de caballetes amontonados junto a Marinita, que gritaba con rabia intentando recuperar sus instrumentos.
- ¡ Agárrelo señor Pascual !
- Eso es lo que debería de hacer con ustedes dos, que me están dando la noche, atarlos con una cuerda- contestó el hombre enfadado
- Si la muchacha fuese un toro, bien atada que la tenía ya por los cuernos- replicó el picador.
Ada saltó desde el cuadro asustada imaginando cómo sería una niña con cuernos y corrió hasta esconderse bajo el refajo de la bailarina. La pintura fresca de su cuerpo ensució la enagua blanca de Marinita de manchas rojas, grises y negras.
-¡ No quiero ser un toro!- gritó la pequeña
- A ver nena, sal de ahí, que me estás manchando el refajo- ordenó la mujer enfadada
- No salgo hasta que me prometa que no me va a pintar cuernos- sollozó Ada
Pascual se sentó sobre los cojines suspirando. Cabizbajo, pensó que definitivamente había perdido el control sobre su obra. Sus personajes cobraban vida a su antojo, y además, lo sometían para volver a ella.
Posó la paleta en el suelo y cogió de la mano a Ada, que lloraba borrando con sus lágrimas el rojo de su falda.
El perro, divertido, comenzó a lamer el charco de acuarela.
- Ada, no vas a ser un animal, eres una niña- susurró el pintor tratando de calmarla.
- ¿ Y mañana?
-Lo serás siempre, te lo prometo.
Ramón cogió en el regazo a la pequeña y la acunó mientras Marinita le cantaba una nana y le acariciaba con cariño el pelo.
El pintor veía en aquella escena una familia unida por una vida llena de colores: ocres con olor a madera, verdes con música de romería y rojos como los lazos de la enagua de la bailarina.
Una vez calmada la niña, el picador la apoyó lentamente sobre el lienzo.
Pascual terminó el cuadro pintando el brazo del carpintero sobre los hombros de la chiquilla “Así, no podrá escapar” pensó.
Comprendió entonces que era prisionero de su cuerpo, igual que Ada lo era del lienzo, y de la misma manera, ambos debían ocupar su lugar. Firmó el cuadro despacio, disfrutando cada una de las letras que formaban su nombre y apellidos: Plácido Francés y Pascual.
Cansado, apagó la vela del candil, y abandonó por última vez el estudio, caminando sin mirar atrás, acompañado, en silencio, por un picador, un perro callejero y una bailarina con castañuelas.
Mientras, desde el cuadro, Ada los miraba con tristeza; la misma tristeza de las historias sin pintar, de los retratos inacabados y de los esbozos de escenas sin color.
Desafiando con su mirada al lienzo que se erguía ante él, pensó en las historias sin pintar que le rodeaban en aquel estudio. Decenas de telas en blanco se amontonaban sin orden entre paisajes, retratos inacabados y esbozos de escenas sin color.
El pintor recordaba algunos de aquellos lugares y personajes con el mismo cariño que un padre mira a sus hijos: los había visto nacer, crecer y finalmente morir, siendo su firma el epitafio.
Para él terminar un cuadro suponía meses, incluso años de trabajo. Cada uno de ellos escondía un conflicto diferente porque no siempre sus protagonistas estaban de acuerdo con las decisiones que había tomado.
Sonriendo, miró a Marinita, que se había quedado dormida en la mecedora destartalada que adornaba el estudio. Se acercó a ella para taparla con una manta. El frío del otoño se colaba entre las rejas de la ventana.
Había sido su confidente cuando trabajaba con tanta intensidad y precisión que a penas corregía sus obras, fruto de una creatividad desmesurada.
Y era allí donde vivía la mujer, acompañada de otros personajes, en algún lugar entre la imaginación del pintor y el lienzo en el que habían nacido.
Marinita movió la nariz en sueños, casi asintiendo a los pensamientos de su mentor. Era una mujer corpulenta y tan divertida como coqueta.
Pascual la había pintado bailando con castañuelas junto a más mujeres, pero había sido ella la única que había despertado su curiosidad. Y no podía ser para menos: un solo estornudo fue suficiente para que el pintor, asustado, perdiera el equilibrio.
¡Mujer, casi me mata del susto!
¡Pues no querrá que me esté callada!, protestó la bailarina¡Que no para usted de hacerme cosquillas en la nariz con el dichoso pincel!
Desde entonces, habían pasado tantas noches juntos en vela y tantos amaneceres, que había perdido la noción del tiempo. Por eso, cuando su mano arrugada por los años temblaba, envidiaba a aquella mujer eterna que respiraba profundamente junto a él.
El pintor caminó unos pasos alejándose del cuadro para apreciar mejor su perspectiva. “La niña, siempre la dichosa niña”, pensó. Y es que mientras el pelo de Pascual perdía color, el vestido del personaje adquiría cada día nuevas tonalidades imprevistas.
- ¡ Azul ! ¡ Su camisa, era de color azul !- exclamó el hombre
- Mismamente usted hace un par de noches dijo lo mismo cuando la nena se encaprichó con el verde, y mírela, ahí la tiene, con el refajo rojo como el carmín- dijo Marinita desperezándose.
La mujer de las castañuelas las hizo tocar sentenciando su frase desde el suelo del estudio en donde se había sentado sobre unos cojines viejos.
- Por tres veces la he vestido y otras tres que la vestiré si hace falta para que deje esta rebeldía.- protestó el pintor
- Los lazos de mi enagua se los pedí rojos y bien lindos que me los pintó.
- No es lo mismo Marinita. Usted baila con más mujeres que enseñan las mismas ropas y esta niña me la tiene tomada: si no es que quiere jugar con la cesta del carpintero, la encuentro escondida detrás de la dama burguesa.
El cuadro que tenía ante él plasmaba una escena cotidiana en donde dos jóvenes eran aconsejadas por su padre, como única herencia que ellas, inconscientes todavía, iban a recibir. Cerca, y testigos de aquella lección, dos jóvenes burgueses coqueteaban, escondidos, vestidos con sus mejores galas.
Había dibujado el esbozo del cuadro sin contratiempos y decidido el color negro para el atuendo de la pareja, que había mostrado su conformidad en todo momento, si bien, la mujer, con una mirada cómplice, le había rogado que acercase un poco más el rostro de su amado al suyo, lo que dio lugar a un rubor tan intenso en sus mejillas que el pintor decidió retocarlas con unas pinceladas color rosado. A cambio, desvió la mirada de la joven al suelo, para que el hombre no pudiese intuir la vergüenza del primer amor.
Tampoco había sido un problema dibujar el hombre que representaba al padre: su piel era morena y vestía una bata blanca de carpintero.
- Y usted, Ramón, ¿ no dice nada?- preguntó Marinita
-¿ Y qué quiere que le diga? Pos que bastante tiene ya el maestro a sus años como pa que le ande la nena con tonterías
Pascual lo miró pensativo. “Al menos ha sido lo suficientemente valiente para poner palabras a mi vejez, y si la chiquilla puede con este anciano, quizá sea el momento de cerrar el estudio”
El picador, apoyado en el marco de la puerta, con su sombrero de ala ancha y su mantilla al hombro, silbaba por el hueco del diente que le faltaba.
Había pintado a Ramón en una plaza de toros hacía muchos años. Una vez plasmado en el lienzo, el picador comenzó a masticar tabaco, lo que hizo pensar al pintor que alguien con esa picardía podría serle de gran ayuda si algún día perdía la inspiración.
De esa manera los dos hombres comprobaron, tras largas conversaciones bajo la luz de un candil, que en el fondo no eran tan diferentes, y que a pesar de la rudeza del picador, se complementaban lo suficiente como para poder trabajar juntos.
Ahora, sin embargo, se enfrentaba a los caprichos de una niña que jugaba sobre el cuadro, desordenando todas y cada una de las pinceladas que nacían de su paleta de colores.
Bajo la vigilancia de un perro callejero que había huido del ataque de un toro con el permiso del pincel de Pascual, la pequeña guiñaba un ojo, pizpireta, vestida con una falda roja y una camisa blanca.
-¿ Cómo dice que se llama la muchacha?- preguntó Ramón
- El maestro la llama Ada, porque aparece y desaparece, pero bien podríamos decirle la pesadilla de Pascual- contestó Marinita entre risas.
Las carcajadas le hicieron perder el equilibrio cayendo en el suelo boca arriba y con las piernas en alto, dejando entrever sus pololos.
El picador, aprovechando la confusión, cogió las castañuelas y salió corriendo alrededor del pintor, hasta tropezar con el perro y caer sobre una pila de caballetes amontonados junto a Marinita, que gritaba con rabia intentando recuperar sus instrumentos.
- ¡ Agárrelo señor Pascual !
- Eso es lo que debería de hacer con ustedes dos, que me están dando la noche, atarlos con una cuerda- contestó el hombre enfadado
- Si la muchacha fuese un toro, bien atada que la tenía ya por los cuernos- replicó el picador.
Ada saltó desde el cuadro asustada imaginando cómo sería una niña con cuernos y corrió hasta esconderse bajo el refajo de la bailarina. La pintura fresca de su cuerpo ensució la enagua blanca de Marinita de manchas rojas, grises y negras.
-¡ No quiero ser un toro!- gritó la pequeña
- A ver nena, sal de ahí, que me estás manchando el refajo- ordenó la mujer enfadada
- No salgo hasta que me prometa que no me va a pintar cuernos- sollozó Ada
Pascual se sentó sobre los cojines suspirando. Cabizbajo, pensó que definitivamente había perdido el control sobre su obra. Sus personajes cobraban vida a su antojo, y además, lo sometían para volver a ella.
Posó la paleta en el suelo y cogió de la mano a Ada, que lloraba borrando con sus lágrimas el rojo de su falda.
El perro, divertido, comenzó a lamer el charco de acuarela.
- Ada, no vas a ser un animal, eres una niña- susurró el pintor tratando de calmarla.
- ¿ Y mañana?
-Lo serás siempre, te lo prometo.
Ramón cogió en el regazo a la pequeña y la acunó mientras Marinita le cantaba una nana y le acariciaba con cariño el pelo.
El pintor veía en aquella escena una familia unida por una vida llena de colores: ocres con olor a madera, verdes con música de romería y rojos como los lazos de la enagua de la bailarina.
Una vez calmada la niña, el picador la apoyó lentamente sobre el lienzo.
Pascual terminó el cuadro pintando el brazo del carpintero sobre los hombros de la chiquilla “Así, no podrá escapar” pensó.
Comprendió entonces que era prisionero de su cuerpo, igual que Ada lo era del lienzo, y de la misma manera, ambos debían ocupar su lugar. Firmó el cuadro despacio, disfrutando cada una de las letras que formaban su nombre y apellidos: Plácido Francés y Pascual.
Cansado, apagó la vela del candil, y abandonó por última vez el estudio, caminando sin mirar atrás, acompañado, en silencio, por un picador, un perro callejero y una bailarina con castañuelas.
Mientras, desde el cuadro, Ada los miraba con tristeza; la misma tristeza de las historias sin pintar, de los retratos inacabados y de los esbozos de escenas sin color.
sábado, 3 de julio de 2010
EL SALTO
Sujetó las riendas a la altura del cuello del caballo uniendo las muñecas.
Su error había sido apostar con aquel salto una maternidad tardía en un cuerpo estéril para todo menos para la maternidad, porque tener hijos, pensaba, no se juega a lomos de un animal, ni se decide saltando una barra de metal. Pero era, al fin y al cabo, una decisión de una mujer soltera, y no le incumbía a nadie más que a ella la manera en que había decidido vencer el miedo de traer a un niño a este mundo.
Colocó los pies en los estribos y apretó las piernas ordenando al animal un trote lento mientras ella contraía sus muslos y levantaba la pelvis con un movimiento armónico y elegante heredado de la equitación inglesa.
Rodeó la pista un par de veces sin dejar de mirar el obstáculo que iba a decidir el resto de su vida. Había decidido enfrentarse a él con un galope rápido, frontal, perfectamente calculado, de la misma manera que se había enfrentado a todos los problemas importantes de su vida: un despido laboral, el cáncer de pecho de su hermana, y una historia de amor frustrada por la distancia.
El caballo alargó su trote al sentir el cuerpo de la mujer más tenso mientras ella pensaba que el sonido de las herraduras semejaba el toque de unas castañuelas flamencas.
Andalucía había sido el escenario del desamor. El caudal del Guadalquivir había crecido aquella primavera como consecuencia de las lágrimas de despecho por un hombre afincado a miles de kilómetros de distancia.
Los recuerdos se amontonaban en su cabeza mientras el caballo relinchaba, nervioso, tras haber rodeado la pista cinco veces más. El bocado le dolía al animal tanto como a la mujer la pérdida repentina de una hermana, niña y amiga a la vez.
¿Quizá el deseo de ser madre era una deuda contraída con ella?
Empujó las riendas llevando el peso del cuerpo hacia atrás hasta parar al animal a pocos metros del obstáculo. Espoleó con fuerza en sus costillas para que la orden de galope fuese inmediata.
El caballo arrancó lento, desafiando con timidez la barra que lo separaba de la otra mitad de la pista. La mujer lo animó con la fuerza de sus piernas, hasta que sintió que acompañaba al animal en su galope.
Cuando sintió el obstáculo a medio metro de la cabeza del caballo, se puso de pie sobre los estribos inclinando sus brazos hacia delante para aligerar la carga y agilizar el salto.
Durante décimas de segundos, y como si de una fotografía se tratase, la mujer quedó suspendida en el aire, con su melena negra despeinada, mientras diapositivas de su vida pasaban por su cabeza sin posibilidad de detenerlas: su primera fiesta de cumpleaños, el día que terminó sus estudios universitarios, la caja que contenía los elementos personales que guardaba desde el primer día de trabajo…
Cuando la imagen de un recién nacido apareció ante sus ojos, la mujer se asustó perdiendo el equilibrio y provocando que el salto del animal se frustrase al enganchar su pata trasera en la barra de metal.
Perdió el control de la montura y de las riendas, precipitándose sobre el suelo de la pista sin más daños que el dolor del hijo no nacido; de la deuda no resuelta.
Acostada, lloró por todas las guerras perdidas y ganadas, por los saltos frustrados y por el futuro incierto, mientras el caballo trotaba indiferente hacia su cuadra.
Su error había sido apostar con aquel salto una maternidad tardía en un cuerpo estéril para todo menos para la maternidad, porque tener hijos, pensaba, no se juega a lomos de un animal, ni se decide saltando una barra de metal. Pero era, al fin y al cabo, una decisión de una mujer soltera, y no le incumbía a nadie más que a ella la manera en que había decidido vencer el miedo de traer a un niño a este mundo.
Colocó los pies en los estribos y apretó las piernas ordenando al animal un trote lento mientras ella contraía sus muslos y levantaba la pelvis con un movimiento armónico y elegante heredado de la equitación inglesa.
Rodeó la pista un par de veces sin dejar de mirar el obstáculo que iba a decidir el resto de su vida. Había decidido enfrentarse a él con un galope rápido, frontal, perfectamente calculado, de la misma manera que se había enfrentado a todos los problemas importantes de su vida: un despido laboral, el cáncer de pecho de su hermana, y una historia de amor frustrada por la distancia.
El caballo alargó su trote al sentir el cuerpo de la mujer más tenso mientras ella pensaba que el sonido de las herraduras semejaba el toque de unas castañuelas flamencas.
Andalucía había sido el escenario del desamor. El caudal del Guadalquivir había crecido aquella primavera como consecuencia de las lágrimas de despecho por un hombre afincado a miles de kilómetros de distancia.
Los recuerdos se amontonaban en su cabeza mientras el caballo relinchaba, nervioso, tras haber rodeado la pista cinco veces más. El bocado le dolía al animal tanto como a la mujer la pérdida repentina de una hermana, niña y amiga a la vez.
¿Quizá el deseo de ser madre era una deuda contraída con ella?
Empujó las riendas llevando el peso del cuerpo hacia atrás hasta parar al animal a pocos metros del obstáculo. Espoleó con fuerza en sus costillas para que la orden de galope fuese inmediata.
El caballo arrancó lento, desafiando con timidez la barra que lo separaba de la otra mitad de la pista. La mujer lo animó con la fuerza de sus piernas, hasta que sintió que acompañaba al animal en su galope.
Cuando sintió el obstáculo a medio metro de la cabeza del caballo, se puso de pie sobre los estribos inclinando sus brazos hacia delante para aligerar la carga y agilizar el salto.
Durante décimas de segundos, y como si de una fotografía se tratase, la mujer quedó suspendida en el aire, con su melena negra despeinada, mientras diapositivas de su vida pasaban por su cabeza sin posibilidad de detenerlas: su primera fiesta de cumpleaños, el día que terminó sus estudios universitarios, la caja que contenía los elementos personales que guardaba desde el primer día de trabajo…
Cuando la imagen de un recién nacido apareció ante sus ojos, la mujer se asustó perdiendo el equilibrio y provocando que el salto del animal se frustrase al enganchar su pata trasera en la barra de metal.
Perdió el control de la montura y de las riendas, precipitándose sobre el suelo de la pista sin más daños que el dolor del hijo no nacido; de la deuda no resuelta.
Acostada, lloró por todas las guerras perdidas y ganadas, por los saltos frustrados y por el futuro incierto, mientras el caballo trotaba indiferente hacia su cuadra.
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