-A ver nena, siéntate bien, así, que no se te arrugue el vestido. ¡El lazo, Marieta, vas a deshacer el lazo! ¿Qué te dijo mamá antes de entrar en la consulta? Que tenías que comportarte como una señorita.
La mujer caminaba con pasos cortos por la sala colocándose el pelo con las manos.
-Bueno, como le decía, doctor, la niña, que está rara, no ve bien, o sí, pero ve cosas que no son normales. Se lo digo en confianza , que en mi familia nunca ha pasado algo así, y no me gustaría que esto se supiese, ya sabe como es la gente…
-No se preocupe, señora...
-Rodríguez de Sabio y Miramonte, de los Miramonte de toda la vida, de aquí de Toledo, ya sabe…
-Sí, por supuesto. Me hago cargo. Salude a su padre de mi parte. Un hombre magnífico -dijo el doctor mientras apretaba un cigarrillo contra el cenicero y echaba la última bocanada de humo por la nariz
-¡Mamá, me hago piiiiiiiissssss!
-¡Marieta, hija, qué bochorno!
La mujer disimuló el rubor de sus mejillas con el pañuelo de seda que sujetaba en su mano.
- Bueno, vamos a ver, pequeña, mira hacia allí y dime lo que ves
-Veooooooo…¡ una avispa en una margarita! -gritó mientras abría los brazos en cruz.
-¡Marieta, hija, no te rasques los ojos! ¿Lo ve doctor, ve lo que le digo? ¡Cambian de color!-exclamó la mujer
-Vamos a intentarlo otra vez, a ver, dime ¿qué ves ahora ?-insistió el hombre.
-Ahora veo el mar lleno de nubes, ¿o es el cielo que tiene olas?. Me hago pis mamá..
Marieta balanceaba sus piernecitas mientras golpeaba con el botín la pata de la silla.
-Es un caso increíble, desde luego. Extraordinario. Veamos qué pasa si te frotas los ojos una vez más niña, ¿qué ves ?-dijo el doctor
-Al rey Baltasar con un saco de carbón, pero está todo muy oscuro, no hay estrellas…
- Efectivamente señora Miramonte, su hija ve la vida de colores.
-¡Dios mío! ¡Así que es verdad! ¡Qué vergüenza! ¿Qué va a pensar mi madre, los amigos de mi marido? Peor, ¡sus esposas!¿Acaso cree usted que no he sido una buena madre doctor? ¿Cree que no me siento responsable de esta desgracia?
-Señora Miramonte- interrumpió el doctor mientras se acercaba despacio hacia la mujer-no se aflija, permita que le preste mi apoyo. Así, desahóguese, Abrácese a mí si quiere. Tiene el cabello muy suave, ¿sabe? Huele tan bien..Y su hija….su hija recibe la mejor formación, no me cabe la menor duda, e irá a colegios de pago, a universidades de prestigio. Una buena educación, estricta, por supuesto, inflexible, solucionará este problemilla…
-Doctor, yo…usted…-dijo la mujer mientras miraba con ojos encendidos el batín burdeos del hombre.
-Marieta apreciará la realidad en blanco y negro.Será una mujer de provecho. Llore, señora, no nos ve nadie. Así, respire hondo. Coja aire con el pecho, así…Como le decía, esto lo recordará usted como una anécdota… Y su piel, señora Miramonte, es tan tersa…
-Mamá…me he hecho pis.
martes, 10 de agosto de 2010
viernes, 16 de julio de 2010
NADA
Si la fruta no desnuda su rama
Si el mar no baila con la tormenta
Si la nube no llora sobre la arena
Si hace frío en tu abrazo
y me das besos sin sonrisa
y caricias sin piel
Si no estás
Si no estoy
Si no soy
Si no eres
Si el mar no baila con la tormenta
Si la nube no llora sobre la arena
Si hace frío en tu abrazo
y me das besos sin sonrisa
y caricias sin piel
Si no estás
Si no estoy
Si no soy
Si no eres
miércoles, 7 de julio de 2010
NUNCA TUYA
Ahora no quiero
verte
ya no
escuchar, oler, tocar, besar
pensar en soñarte
soñar que te pienso
escapar.
Ahora no quiero
mirarte
hoy no
hablar, llorar, luchar, abrazar
sentir que te pierdo
perder lo que siento
respirar
Ahora no quiero
tenerte
que me tengas.
Nunca tuya.
verte
ya no
escuchar, oler, tocar, besar
pensar en soñarte
soñar que te pienso
escapar.
Ahora no quiero
mirarte
hoy no
hablar, llorar, luchar, abrazar
sentir que te pierdo
perder lo que siento
respirar
Ahora no quiero
tenerte
que me tengas.
Nunca tuya.
CON LA PIEL
¿ Y si te estiro la cara así, con las manos?
Juguemos a eso, abuela, a conocernos otra vez.
Juguemos a eso, abuela, a conocernos otra vez.
martes, 6 de julio de 2010
COLORES
Pascual sujetó el pincel con fuerza para que el temblor de su mano no dejase una huella de vejez en el cuadro.
Desafiando con su mirada al lienzo que se erguía ante él, pensó en las historias sin pintar que le rodeaban en aquel estudio. Decenas de telas en blanco se amontonaban sin orden entre paisajes, retratos inacabados y esbozos de escenas sin color.
El pintor recordaba algunos de aquellos lugares y personajes con el mismo cariño que un padre mira a sus hijos: los había visto nacer, crecer y finalmente morir, siendo su firma el epitafio.
Para él terminar un cuadro suponía meses, incluso años de trabajo. Cada uno de ellos escondía un conflicto diferente porque no siempre sus protagonistas estaban de acuerdo con las decisiones que había tomado.
Sonriendo, miró a Marinita, que se había quedado dormida en la mecedora destartalada que adornaba el estudio. Se acercó a ella para taparla con una manta. El frío del otoño se colaba entre las rejas de la ventana.
Había sido su confidente cuando trabajaba con tanta intensidad y precisión que a penas corregía sus obras, fruto de una creatividad desmesurada.
Y era allí donde vivía la mujer, acompañada de otros personajes, en algún lugar entre la imaginación del pintor y el lienzo en el que habían nacido.
Marinita movió la nariz en sueños, casi asintiendo a los pensamientos de su mentor. Era una mujer corpulenta y tan divertida como coqueta.
Pascual la había pintado bailando con castañuelas junto a más mujeres, pero había sido ella la única que había despertado su curiosidad. Y no podía ser para menos: un solo estornudo fue suficiente para que el pintor, asustado, perdiera el equilibrio.
¡Mujer, casi me mata del susto!
¡Pues no querrá que me esté callada!, protestó la bailarina¡Que no para usted de hacerme cosquillas en la nariz con el dichoso pincel!
Desde entonces, habían pasado tantas noches juntos en vela y tantos amaneceres, que había perdido la noción del tiempo. Por eso, cuando su mano arrugada por los años temblaba, envidiaba a aquella mujer eterna que respiraba profundamente junto a él.
El pintor caminó unos pasos alejándose del cuadro para apreciar mejor su perspectiva. “La niña, siempre la dichosa niña”, pensó. Y es que mientras el pelo de Pascual perdía color, el vestido del personaje adquiría cada día nuevas tonalidades imprevistas.
- ¡ Azul ! ¡ Su camisa, era de color azul !- exclamó el hombre
- Mismamente usted hace un par de noches dijo lo mismo cuando la nena se encaprichó con el verde, y mírela, ahí la tiene, con el refajo rojo como el carmín- dijo Marinita desperezándose.
La mujer de las castañuelas las hizo tocar sentenciando su frase desde el suelo del estudio en donde se había sentado sobre unos cojines viejos.
- Por tres veces la he vestido y otras tres que la vestiré si hace falta para que deje esta rebeldía.- protestó el pintor
- Los lazos de mi enagua se los pedí rojos y bien lindos que me los pintó.
- No es lo mismo Marinita. Usted baila con más mujeres que enseñan las mismas ropas y esta niña me la tiene tomada: si no es que quiere jugar con la cesta del carpintero, la encuentro escondida detrás de la dama burguesa.
El cuadro que tenía ante él plasmaba una escena cotidiana en donde dos jóvenes eran aconsejadas por su padre, como única herencia que ellas, inconscientes todavía, iban a recibir. Cerca, y testigos de aquella lección, dos jóvenes burgueses coqueteaban, escondidos, vestidos con sus mejores galas.
Había dibujado el esbozo del cuadro sin contratiempos y decidido el color negro para el atuendo de la pareja, que había mostrado su conformidad en todo momento, si bien, la mujer, con una mirada cómplice, le había rogado que acercase un poco más el rostro de su amado al suyo, lo que dio lugar a un rubor tan intenso en sus mejillas que el pintor decidió retocarlas con unas pinceladas color rosado. A cambio, desvió la mirada de la joven al suelo, para que el hombre no pudiese intuir la vergüenza del primer amor.
Tampoco había sido un problema dibujar el hombre que representaba al padre: su piel era morena y vestía una bata blanca de carpintero.
- Y usted, Ramón, ¿ no dice nada?- preguntó Marinita
-¿ Y qué quiere que le diga? Pos que bastante tiene ya el maestro a sus años como pa que le ande la nena con tonterías
Pascual lo miró pensativo. “Al menos ha sido lo suficientemente valiente para poner palabras a mi vejez, y si la chiquilla puede con este anciano, quizá sea el momento de cerrar el estudio”
El picador, apoyado en el marco de la puerta, con su sombrero de ala ancha y su mantilla al hombro, silbaba por el hueco del diente que le faltaba.
Había pintado a Ramón en una plaza de toros hacía muchos años. Una vez plasmado en el lienzo, el picador comenzó a masticar tabaco, lo que hizo pensar al pintor que alguien con esa picardía podría serle de gran ayuda si algún día perdía la inspiración.
De esa manera los dos hombres comprobaron, tras largas conversaciones bajo la luz de un candil, que en el fondo no eran tan diferentes, y que a pesar de la rudeza del picador, se complementaban lo suficiente como para poder trabajar juntos.
Ahora, sin embargo, se enfrentaba a los caprichos de una niña que jugaba sobre el cuadro, desordenando todas y cada una de las pinceladas que nacían de su paleta de colores.
Bajo la vigilancia de un perro callejero que había huido del ataque de un toro con el permiso del pincel de Pascual, la pequeña guiñaba un ojo, pizpireta, vestida con una falda roja y una camisa blanca.
-¿ Cómo dice que se llama la muchacha?- preguntó Ramón
- El maestro la llama Ada, porque aparece y desaparece, pero bien podríamos decirle la pesadilla de Pascual- contestó Marinita entre risas.
Las carcajadas le hicieron perder el equilibrio cayendo en el suelo boca arriba y con las piernas en alto, dejando entrever sus pololos.
El picador, aprovechando la confusión, cogió las castañuelas y salió corriendo alrededor del pintor, hasta tropezar con el perro y caer sobre una pila de caballetes amontonados junto a Marinita, que gritaba con rabia intentando recuperar sus instrumentos.
- ¡ Agárrelo señor Pascual !
- Eso es lo que debería de hacer con ustedes dos, que me están dando la noche, atarlos con una cuerda- contestó el hombre enfadado
- Si la muchacha fuese un toro, bien atada que la tenía ya por los cuernos- replicó el picador.
Ada saltó desde el cuadro asustada imaginando cómo sería una niña con cuernos y corrió hasta esconderse bajo el refajo de la bailarina. La pintura fresca de su cuerpo ensució la enagua blanca de Marinita de manchas rojas, grises y negras.
-¡ No quiero ser un toro!- gritó la pequeña
- A ver nena, sal de ahí, que me estás manchando el refajo- ordenó la mujer enfadada
- No salgo hasta que me prometa que no me va a pintar cuernos- sollozó Ada
Pascual se sentó sobre los cojines suspirando. Cabizbajo, pensó que definitivamente había perdido el control sobre su obra. Sus personajes cobraban vida a su antojo, y además, lo sometían para volver a ella.
Posó la paleta en el suelo y cogió de la mano a Ada, que lloraba borrando con sus lágrimas el rojo de su falda.
El perro, divertido, comenzó a lamer el charco de acuarela.
- Ada, no vas a ser un animal, eres una niña- susurró el pintor tratando de calmarla.
- ¿ Y mañana?
-Lo serás siempre, te lo prometo.
Ramón cogió en el regazo a la pequeña y la acunó mientras Marinita le cantaba una nana y le acariciaba con cariño el pelo.
El pintor veía en aquella escena una familia unida por una vida llena de colores: ocres con olor a madera, verdes con música de romería y rojos como los lazos de la enagua de la bailarina.
Una vez calmada la niña, el picador la apoyó lentamente sobre el lienzo.
Pascual terminó el cuadro pintando el brazo del carpintero sobre los hombros de la chiquilla “Así, no podrá escapar” pensó.
Comprendió entonces que era prisionero de su cuerpo, igual que Ada lo era del lienzo, y de la misma manera, ambos debían ocupar su lugar. Firmó el cuadro despacio, disfrutando cada una de las letras que formaban su nombre y apellidos: Plácido Francés y Pascual.
Cansado, apagó la vela del candil, y abandonó por última vez el estudio, caminando sin mirar atrás, acompañado, en silencio, por un picador, un perro callejero y una bailarina con castañuelas.
Mientras, desde el cuadro, Ada los miraba con tristeza; la misma tristeza de las historias sin pintar, de los retratos inacabados y de los esbozos de escenas sin color.
Desafiando con su mirada al lienzo que se erguía ante él, pensó en las historias sin pintar que le rodeaban en aquel estudio. Decenas de telas en blanco se amontonaban sin orden entre paisajes, retratos inacabados y esbozos de escenas sin color.
El pintor recordaba algunos de aquellos lugares y personajes con el mismo cariño que un padre mira a sus hijos: los había visto nacer, crecer y finalmente morir, siendo su firma el epitafio.
Para él terminar un cuadro suponía meses, incluso años de trabajo. Cada uno de ellos escondía un conflicto diferente porque no siempre sus protagonistas estaban de acuerdo con las decisiones que había tomado.
Sonriendo, miró a Marinita, que se había quedado dormida en la mecedora destartalada que adornaba el estudio. Se acercó a ella para taparla con una manta. El frío del otoño se colaba entre las rejas de la ventana.
Había sido su confidente cuando trabajaba con tanta intensidad y precisión que a penas corregía sus obras, fruto de una creatividad desmesurada.
Y era allí donde vivía la mujer, acompañada de otros personajes, en algún lugar entre la imaginación del pintor y el lienzo en el que habían nacido.
Marinita movió la nariz en sueños, casi asintiendo a los pensamientos de su mentor. Era una mujer corpulenta y tan divertida como coqueta.
Pascual la había pintado bailando con castañuelas junto a más mujeres, pero había sido ella la única que había despertado su curiosidad. Y no podía ser para menos: un solo estornudo fue suficiente para que el pintor, asustado, perdiera el equilibrio.
¡Mujer, casi me mata del susto!
¡Pues no querrá que me esté callada!, protestó la bailarina¡Que no para usted de hacerme cosquillas en la nariz con el dichoso pincel!
Desde entonces, habían pasado tantas noches juntos en vela y tantos amaneceres, que había perdido la noción del tiempo. Por eso, cuando su mano arrugada por los años temblaba, envidiaba a aquella mujer eterna que respiraba profundamente junto a él.
El pintor caminó unos pasos alejándose del cuadro para apreciar mejor su perspectiva. “La niña, siempre la dichosa niña”, pensó. Y es que mientras el pelo de Pascual perdía color, el vestido del personaje adquiría cada día nuevas tonalidades imprevistas.
- ¡ Azul ! ¡ Su camisa, era de color azul !- exclamó el hombre
- Mismamente usted hace un par de noches dijo lo mismo cuando la nena se encaprichó con el verde, y mírela, ahí la tiene, con el refajo rojo como el carmín- dijo Marinita desperezándose.
La mujer de las castañuelas las hizo tocar sentenciando su frase desde el suelo del estudio en donde se había sentado sobre unos cojines viejos.
- Por tres veces la he vestido y otras tres que la vestiré si hace falta para que deje esta rebeldía.- protestó el pintor
- Los lazos de mi enagua se los pedí rojos y bien lindos que me los pintó.
- No es lo mismo Marinita. Usted baila con más mujeres que enseñan las mismas ropas y esta niña me la tiene tomada: si no es que quiere jugar con la cesta del carpintero, la encuentro escondida detrás de la dama burguesa.
El cuadro que tenía ante él plasmaba una escena cotidiana en donde dos jóvenes eran aconsejadas por su padre, como única herencia que ellas, inconscientes todavía, iban a recibir. Cerca, y testigos de aquella lección, dos jóvenes burgueses coqueteaban, escondidos, vestidos con sus mejores galas.
Había dibujado el esbozo del cuadro sin contratiempos y decidido el color negro para el atuendo de la pareja, que había mostrado su conformidad en todo momento, si bien, la mujer, con una mirada cómplice, le había rogado que acercase un poco más el rostro de su amado al suyo, lo que dio lugar a un rubor tan intenso en sus mejillas que el pintor decidió retocarlas con unas pinceladas color rosado. A cambio, desvió la mirada de la joven al suelo, para que el hombre no pudiese intuir la vergüenza del primer amor.
Tampoco había sido un problema dibujar el hombre que representaba al padre: su piel era morena y vestía una bata blanca de carpintero.
- Y usted, Ramón, ¿ no dice nada?- preguntó Marinita
-¿ Y qué quiere que le diga? Pos que bastante tiene ya el maestro a sus años como pa que le ande la nena con tonterías
Pascual lo miró pensativo. “Al menos ha sido lo suficientemente valiente para poner palabras a mi vejez, y si la chiquilla puede con este anciano, quizá sea el momento de cerrar el estudio”
El picador, apoyado en el marco de la puerta, con su sombrero de ala ancha y su mantilla al hombro, silbaba por el hueco del diente que le faltaba.
Había pintado a Ramón en una plaza de toros hacía muchos años. Una vez plasmado en el lienzo, el picador comenzó a masticar tabaco, lo que hizo pensar al pintor que alguien con esa picardía podría serle de gran ayuda si algún día perdía la inspiración.
De esa manera los dos hombres comprobaron, tras largas conversaciones bajo la luz de un candil, que en el fondo no eran tan diferentes, y que a pesar de la rudeza del picador, se complementaban lo suficiente como para poder trabajar juntos.
Ahora, sin embargo, se enfrentaba a los caprichos de una niña que jugaba sobre el cuadro, desordenando todas y cada una de las pinceladas que nacían de su paleta de colores.
Bajo la vigilancia de un perro callejero que había huido del ataque de un toro con el permiso del pincel de Pascual, la pequeña guiñaba un ojo, pizpireta, vestida con una falda roja y una camisa blanca.
-¿ Cómo dice que se llama la muchacha?- preguntó Ramón
- El maestro la llama Ada, porque aparece y desaparece, pero bien podríamos decirle la pesadilla de Pascual- contestó Marinita entre risas.
Las carcajadas le hicieron perder el equilibrio cayendo en el suelo boca arriba y con las piernas en alto, dejando entrever sus pololos.
El picador, aprovechando la confusión, cogió las castañuelas y salió corriendo alrededor del pintor, hasta tropezar con el perro y caer sobre una pila de caballetes amontonados junto a Marinita, que gritaba con rabia intentando recuperar sus instrumentos.
- ¡ Agárrelo señor Pascual !
- Eso es lo que debería de hacer con ustedes dos, que me están dando la noche, atarlos con una cuerda- contestó el hombre enfadado
- Si la muchacha fuese un toro, bien atada que la tenía ya por los cuernos- replicó el picador.
Ada saltó desde el cuadro asustada imaginando cómo sería una niña con cuernos y corrió hasta esconderse bajo el refajo de la bailarina. La pintura fresca de su cuerpo ensució la enagua blanca de Marinita de manchas rojas, grises y negras.
-¡ No quiero ser un toro!- gritó la pequeña
- A ver nena, sal de ahí, que me estás manchando el refajo- ordenó la mujer enfadada
- No salgo hasta que me prometa que no me va a pintar cuernos- sollozó Ada
Pascual se sentó sobre los cojines suspirando. Cabizbajo, pensó que definitivamente había perdido el control sobre su obra. Sus personajes cobraban vida a su antojo, y además, lo sometían para volver a ella.
Posó la paleta en el suelo y cogió de la mano a Ada, que lloraba borrando con sus lágrimas el rojo de su falda.
El perro, divertido, comenzó a lamer el charco de acuarela.
- Ada, no vas a ser un animal, eres una niña- susurró el pintor tratando de calmarla.
- ¿ Y mañana?
-Lo serás siempre, te lo prometo.
Ramón cogió en el regazo a la pequeña y la acunó mientras Marinita le cantaba una nana y le acariciaba con cariño el pelo.
El pintor veía en aquella escena una familia unida por una vida llena de colores: ocres con olor a madera, verdes con música de romería y rojos como los lazos de la enagua de la bailarina.
Una vez calmada la niña, el picador la apoyó lentamente sobre el lienzo.
Pascual terminó el cuadro pintando el brazo del carpintero sobre los hombros de la chiquilla “Así, no podrá escapar” pensó.
Comprendió entonces que era prisionero de su cuerpo, igual que Ada lo era del lienzo, y de la misma manera, ambos debían ocupar su lugar. Firmó el cuadro despacio, disfrutando cada una de las letras que formaban su nombre y apellidos: Plácido Francés y Pascual.
Cansado, apagó la vela del candil, y abandonó por última vez el estudio, caminando sin mirar atrás, acompañado, en silencio, por un picador, un perro callejero y una bailarina con castañuelas.
Mientras, desde el cuadro, Ada los miraba con tristeza; la misma tristeza de las historias sin pintar, de los retratos inacabados y de los esbozos de escenas sin color.
sábado, 3 de julio de 2010
EL SALTO
Sujetó las riendas a la altura del cuello del caballo uniendo las muñecas.
Su error había sido apostar con aquel salto una maternidad tardía en un cuerpo estéril para todo menos para la maternidad, porque tener hijos, pensaba, no se juega a lomos de un animal, ni se decide saltando una barra de metal. Pero era, al fin y al cabo, una decisión de una mujer soltera, y no le incumbía a nadie más que a ella la manera en que había decidido vencer el miedo de traer a un niño a este mundo.
Colocó los pies en los estribos y apretó las piernas ordenando al animal un trote lento mientras ella contraía sus muslos y levantaba la pelvis con un movimiento armónico y elegante heredado de la equitación inglesa.
Rodeó la pista un par de veces sin dejar de mirar el obstáculo que iba a decidir el resto de su vida. Había decidido enfrentarse a él con un galope rápido, frontal, perfectamente calculado, de la misma manera que se había enfrentado a todos los problemas importantes de su vida: un despido laboral, el cáncer de pecho de su hermana, y una historia de amor frustrada por la distancia.
El caballo alargó su trote al sentir el cuerpo de la mujer más tenso mientras ella pensaba que el sonido de las herraduras semejaba el toque de unas castañuelas flamencas.
Andalucía había sido el escenario del desamor. El caudal del Guadalquivir había crecido aquella primavera como consecuencia de las lágrimas de despecho por un hombre afincado a miles de kilómetros de distancia.
Los recuerdos se amontonaban en su cabeza mientras el caballo relinchaba, nervioso, tras haber rodeado la pista cinco veces más. El bocado le dolía al animal tanto como a la mujer la pérdida repentina de una hermana, niña y amiga a la vez.
¿Quizá el deseo de ser madre era una deuda contraída con ella?
Empujó las riendas llevando el peso del cuerpo hacia atrás hasta parar al animal a pocos metros del obstáculo. Espoleó con fuerza en sus costillas para que la orden de galope fuese inmediata.
El caballo arrancó lento, desafiando con timidez la barra que lo separaba de la otra mitad de la pista. La mujer lo animó con la fuerza de sus piernas, hasta que sintió que acompañaba al animal en su galope.
Cuando sintió el obstáculo a medio metro de la cabeza del caballo, se puso de pie sobre los estribos inclinando sus brazos hacia delante para aligerar la carga y agilizar el salto.
Durante décimas de segundos, y como si de una fotografía se tratase, la mujer quedó suspendida en el aire, con su melena negra despeinada, mientras diapositivas de su vida pasaban por su cabeza sin posibilidad de detenerlas: su primera fiesta de cumpleaños, el día que terminó sus estudios universitarios, la caja que contenía los elementos personales que guardaba desde el primer día de trabajo…
Cuando la imagen de un recién nacido apareció ante sus ojos, la mujer se asustó perdiendo el equilibrio y provocando que el salto del animal se frustrase al enganchar su pata trasera en la barra de metal.
Perdió el control de la montura y de las riendas, precipitándose sobre el suelo de la pista sin más daños que el dolor del hijo no nacido; de la deuda no resuelta.
Acostada, lloró por todas las guerras perdidas y ganadas, por los saltos frustrados y por el futuro incierto, mientras el caballo trotaba indiferente hacia su cuadra.
Su error había sido apostar con aquel salto una maternidad tardía en un cuerpo estéril para todo menos para la maternidad, porque tener hijos, pensaba, no se juega a lomos de un animal, ni se decide saltando una barra de metal. Pero era, al fin y al cabo, una decisión de una mujer soltera, y no le incumbía a nadie más que a ella la manera en que había decidido vencer el miedo de traer a un niño a este mundo.
Colocó los pies en los estribos y apretó las piernas ordenando al animal un trote lento mientras ella contraía sus muslos y levantaba la pelvis con un movimiento armónico y elegante heredado de la equitación inglesa.
Rodeó la pista un par de veces sin dejar de mirar el obstáculo que iba a decidir el resto de su vida. Había decidido enfrentarse a él con un galope rápido, frontal, perfectamente calculado, de la misma manera que se había enfrentado a todos los problemas importantes de su vida: un despido laboral, el cáncer de pecho de su hermana, y una historia de amor frustrada por la distancia.
El caballo alargó su trote al sentir el cuerpo de la mujer más tenso mientras ella pensaba que el sonido de las herraduras semejaba el toque de unas castañuelas flamencas.
Andalucía había sido el escenario del desamor. El caudal del Guadalquivir había crecido aquella primavera como consecuencia de las lágrimas de despecho por un hombre afincado a miles de kilómetros de distancia.
Los recuerdos se amontonaban en su cabeza mientras el caballo relinchaba, nervioso, tras haber rodeado la pista cinco veces más. El bocado le dolía al animal tanto como a la mujer la pérdida repentina de una hermana, niña y amiga a la vez.
¿Quizá el deseo de ser madre era una deuda contraída con ella?
Empujó las riendas llevando el peso del cuerpo hacia atrás hasta parar al animal a pocos metros del obstáculo. Espoleó con fuerza en sus costillas para que la orden de galope fuese inmediata.
El caballo arrancó lento, desafiando con timidez la barra que lo separaba de la otra mitad de la pista. La mujer lo animó con la fuerza de sus piernas, hasta que sintió que acompañaba al animal en su galope.
Cuando sintió el obstáculo a medio metro de la cabeza del caballo, se puso de pie sobre los estribos inclinando sus brazos hacia delante para aligerar la carga y agilizar el salto.
Durante décimas de segundos, y como si de una fotografía se tratase, la mujer quedó suspendida en el aire, con su melena negra despeinada, mientras diapositivas de su vida pasaban por su cabeza sin posibilidad de detenerlas: su primera fiesta de cumpleaños, el día que terminó sus estudios universitarios, la caja que contenía los elementos personales que guardaba desde el primer día de trabajo…
Cuando la imagen de un recién nacido apareció ante sus ojos, la mujer se asustó perdiendo el equilibrio y provocando que el salto del animal se frustrase al enganchar su pata trasera en la barra de metal.
Perdió el control de la montura y de las riendas, precipitándose sobre el suelo de la pista sin más daños que el dolor del hijo no nacido; de la deuda no resuelta.
Acostada, lloró por todas las guerras perdidas y ganadas, por los saltos frustrados y por el futuro incierto, mientras el caballo trotaba indiferente hacia su cuadra.
viernes, 2 de abril de 2010
EL CAMINO DEL VIENTO
"El viento, a su paso, dibuja un camino, atravesando bosques, pueblos, mares, desiertos… de forma que, una vez recorrido, regresa al punto de partida para sobrevolar de nuevo los mismos parajes.
Como un río de aire, el viento forma un caudal que fluye con más o menos intensidad, según el paisaje que acaricia.
Si no sortea dificultades, juega moldeando las copas de los árboles, con peinados imposibles, o moviendo puñados de granos de arena de las playas, para formar dunas según su capricho.
Pero si es la mano del hombre la que le impide avanzar, el viento se enfurece, huracanado, , tratando de recuperar la parte del camino que aquél le usurpó."
MURIEL
Las casas de piedra rojiza de Muriel se erguían viejas, cansadas, dibujando un pasillo en el enclave de la Baja Maragatería.
El País de los Maragatos debía su nombre a los tiempos de la arriería, cuando los lugareños comerciaban salazones de pescado desde Galicia a Madrid; desde el mar, a los gatos.
Muriel medía su edad en la vejez de sus piedras castellanas, y rendía homenaje, con su estructura, a los arrieros maragatos, en función de su actividad: grandes puertas arcadas para el paso de carros, patios interiores, cuadras, bodegas, calles sin asfaltar...
A pesar de no contar con más de 40 habitantes, cada casa del pequeño pueblo era casi una réplica de la anterior, diferenciadas quizá por una maceta con camelias en una ventana o por una bicicleta apoyada en un viejo portón de madera.
Conservaba aún la solemnidad de una actividad económica próspera, y en su rutina diaria, quedaban resquicios de una vida que ya no era.
El tiempo se había detenido en Muriel como si de fotografías antiguas se tratase: niños jugando en la calle, señoras sentadas al sol en bancos de piedra y hombres tocando la chifla y el tamboril.
El pueblo formaba un pasillo, limitado a ambos lados por las viejas casas de piedra rojiza.
Todas las casas contaban con dos plantas, y todas se unían pared con pared, describiendo un camino que no era sino interrumpido por una pequeña fuente de agua potable que daba de beber a los vecinos de Muriel; un camino imaginado para evitar, en la medida de lo posible, travesuras huracanadas; un camino para el viento.
SIRO
Igual que las casas de Muriel, sus habitantes gozaban de un denominador común: sus nombres habían sido elegidos generación tras generación en función de la intensidad del viento durante el año de su nacimiento, condicionando, de alguna manera, su personalidad.
Siro había nacido en marzo, hacía diez años. Durante esos meses, el aire mediterráneo procedente del Sahara había producido en el pueblo un clima húmedo y frío acompañado de un viento fuerte que no hacía sino acrecentar la testarudez del pequeño. A pesar de su edad, Siro era un niño decidido, emprendedor y especialmente sensible.
Sus ojos, azules, casi tan grandes como dos almendras, teñían del mismo color su curiosidad, observando con especial templanza todo lo que sucedía a su alrededor, que se reflejaba en sus pupilas como si del agua de la fuente se tratase.
Siro era un niño rubio, especialmente delgado, así que la ropa holgada que solía vestir, como todos los vecinos de Muriel, no hacía sino marcar todos y cada uno de sus huesos en cada movimiento.
En el pequeño pueblo existía otro factor común: el pelo de sus vecinos crecía rizo, unas veces, en tirabuzones otras, pero jamás se había conocido lugareño con el cabello liso, desde la construcción de la última casa de Muriel.
Y era algo que a Siro no hacía sino complacerle: no había nada en el mundo que le gustase más que la caricias de su madre retirándole un mechón de rizos que caía, rebelde, sobre sus ojos almendrados.
EL PRIMER JUEVES DE CADA MES
El primer jueves de cada mes las campanas repicaban en la Baja Maragatería, con mayor o menor intensidad en función de la fuerza con la que el viento recorriese su camino.
Entonces, en el peor de los casos, los habitantes de Muriel, recogían apresurados las sillas situadas en las puertas de las casas, cerraban las contras de madera de las ventanas, y esperaban, ocultos ,a que trascurriese el tiempo suficiente para regresar a la calle a disfrutar del trabajo artesano y de las canciones y juegos propios de cada estación.
En otro caso, los lugareños mantenían sus ocupaciones, sin más preocupación que la de sujetar con fuerza sombreros de paja y pañuelos de colores, que ocultaban los rizos y tirabuzones de los habitantes del pequeño pueblo de la comarca maragata.
Sin embargo en ocasiones, el viento jugaba, travieso, deleitando con sus ocurrencias a pequeños y mayores quienes, irremediablemente, pasarían el resto de la tarde recuperando el orden.
Aquel jueves de junio, las campanas repicaron suaves, casi como un tintineo dulce, que presagiaba un aire cálido primaveral.
Siro, sentado en el balcón de su habitación, agarró con fuerza, desconfiado, el cazamariposas que había hecho aquella tarde.
En sus ojos almendrados, se reflejaron decenas de sombreros de todos los tamaños y colores, que volaban a lo largo del camino que marcaban las casas de Muriel. A continuación Siro observó cómo el banco de madera en el que plácidamente leía la señora Pampero, había sido elevado en el aire, volando delante del balcón del niño, que le sonrió, sin más respuesta que una mueca de fastidio de la regordeta y canosa mujer, que había perdido el periódico que estaba leyendo.
Unos minutos más tarde, mientras unos habitantes de Muriel recogían sus prendas esparcidas a lo largo del pueblo, otros sujetaban por ambos extremos el banco de madera, con la señora Pampero aún sentada en él, desplazándolo a lo largo de la calle hasta su correcta ubicación.
Siro miró al cielo, y observó cómo caían varias fotografías sin color sobre el tejado de la casa.
Corriendo, atravesó su habitación y, bajando a la calle, apoyó la escalera de viento en la fachada de piedras rojizas, y consiguió, ayudado de una fina rama, las fotografías que el aire les había regalado aquella tarde.
_ " ¡ Zonda !, ¡ ven!, ¡papá y mamá están bien!_ exclamó
ZONDA
La hermana de Siro tenía un carácter seco y temperamental, como el viento que le había dado nombre.
A pesar de contar con tan solo quince años, había asumido con madurez el cuidado del pequeño tras la partida inesperada de sus padres.
Zonda presumía de una larga melena rubia, que peinaba con delicadeza durante horas, mientras esperaba que un soplo de aire depositase en Muriel noticias de sus progenitores.
Sus vestidos, flojos, disimulaban un cuerpo de mujer que habría desviado más de una mirada entre los jóvenes del pequeño pueblo.
Zonda había continuado el trabajo artesanal de sus padres, aprendido desde su niñez, para poder vivir en Muriel junto a su hermano.
Todas las mañanas, con los primeros rayos de sol entrando a través de las ventanas de la cocina, la joven recogía sus tirabuzones rubios en una hermosa trenza con un lazo rojo, a juego con el delantal y los guantes que evitaban dañar la piel de sus manos.
Con la ayuda de un palo, Zonda diluía en grandes recipientes de barro, agua con soda y sal, líquido sobre el que vertía la cantidad de aceite suficiente para obtener, una vez calentado, una masa uniforme que removía, de forma permanente, durante horas.
Cuando Siro, como todas las mañanas, bajaba las viejas escaleras de madera, a trompicones, para abrazar a su hermana, la mezcla ya estaba repartida en moldes que se dejarían enfriar durante varios días para obtener jabones aromáticos que Zonda vendería a los vecinos de Muriel, o, en su caso, cambiaría por un poco de leche, legumbres o cocido maragato.
LA CÁMARA DE FOTOS
Siro y Zonda sujetaban con dificultad sendas bandejas de jabones, sin dejar de sonreír.
A pesar de que las campanas repicaban con fuerza, y que los habitantes de Muriel corrían hacia sus casas, recogiendo las sillas situadas en sus puertas y cerrando las contras de madera de las ventanas, los padres de los pequeños habían insistido en que la luz estival del atardecer era la idónea para tomar la fotografía que serviría de cartel a la empresa familiar.
Los niños, de pie, sobre el borde de la fuente de piedra que adornaba el centro de la calle, apremiaban a su padre con la mirada, mientras éste, con una rodilla en el suelo, siguiendo las instrucciones de su esposa, buscaba el mejor enfoque con su cámara de fotos sin color.
Los padres de Siro y Zonda eran tan delgados como los propios pequeños, si bien lucían un cabello rizo, moreno, que contrastaba con el pelo rubio de sus hijos, dando lugar a comentarios que se habían extendido en toda la Baja Maragatería.
A pesar de las habladurías, la familia contaba con el cariño de todos los habitantes de Muriel, y sus jabones aromáticos eran tan bien recibidos como las fiestas que organizaban en su vieja casa celebrando cumpleaños, nacimientos o , simplemente, el cambio de estación.
El viento comenzó a rugir, enfadado, cuando Siro, gritando, soltó la bandeja. Los jabones cayeron en el agua de la fuente, formando un gran charco de espuma que emanaba con fuerza, bajo los pies de los niños.
Desde el horizonte, una ráfaga de viento, caprichosa, se adentraba en Muriel, barriendo, a su paso, a todo aquel que no se hubiera resguardado a tiempo.
Zonda agarró a su hermano por la manga de la camisa y tiró con fuerza de él, resbalando juntos en el interior de la fuente.
Ocultos entre la espuma, los pequeños observaron cómo el viento elevaba a sus padres hacia el cielo y, con un giro inesperado, formando un pequeño tornado, cambiaba por primera vez su dirección, para regresar por el mismo camino por el que había aparecido, y llevando a los padres de Siro y Zonda en sus entrañas.
LAS ESCALERAS DE VIENTO
Siro y Zonda, impotentes, cubiertos de espuma, agarrados de la mano, de pie, y desde el interior de la fuente, miraban al cielo en el que habían desaparecido sus padres.
Los habitantes de Muriel salieron de sus casas, en silencio, tras haber presenciado, en su mayoría, la trágica escena desde el interior de sus hogares.
Conocedores de las consecuencias de aquel pequeño tornado, los lugareños, ayudados por Siro y Zonda, sacaron de sus casas las escaleras que tantas veces habían utilizado en situaciones de emergencia.
Varias personas que se habían visto sorprendidas por el cambio de la dirección del viento, y habían sido arrastradas hasta tejados, farolas y árboles, dibujando un escenario surrealista en Muriel, gritaban auxilio desde lo alto.
Zonda, desconcertada, apoyó la escalera en uno de los abedules que adornaban el pueblo, para rescatar a un niño que se había enredado entre las ramas con su pelo rizo.
Mientras, varias personas de más edad, colgadas de farolas por sus prendas holgadas, eran ayudadas por otros vecinos.
Una decena de escaleras de viento fueron recogidas al anochecer, esperando otra ocasión en la que los habitantes de Muriel no corriesen la misma suerte que los padres de Siro y Zonda.
FOTOGRAFÍAS SIN COLOR
Habían pasado más de tres semanas desde que el viento había cambiado su dirección cuando Siro y Zonda recibieron la primera fotografía.
Era el primer jueves del mes de julio, y tras el repique tímido de las campanas, una imagen en blanco y negro había aterrizado a los pies del pequeño en la puerta de su vieja casa de piedra.
Curioso, se agachó para recogerla, y su sorpresa no pudo ser mayor al reconocer en ella algunos de los lugares que su padre tantas veces le había relatado en los cuentos que le contaba antes de dormir; ciudades que para el niño solo existían en su imaginación, ya que para él no había más mundo que el que comenzaba y terminaba en su pequeño Muriel.
Sin aliento, buscó a su hermana entre las mujeres que vendían aquella mañana en las puertas de las casas.
Zonda posó la bandeja de jabones aromáticos en un banco, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, sin dar crédito a lo que le mostraba aquella fotografía: hombres encantadores de serpientes; mujeres vestidas con largas túnicas; porteadores de alfombras; camellos…
Los pequeños, con lágrimas en los ojos, se abrazaron, y comprendieron que sus padres seguían el camino del viento, atravesando bosques, pueblos, mares, desiertos… y que regresarían, tarde o temprano, al punto de partida: Muriel
CAZAMARIPOSAS
Habían transcurrido tres meses desde que los padres de Siro y Zonda habían abandonado Muriel, y desde entonces los pequeños habían recibido cinco fotografías sin color , empujadas por masas de aire más rápidas que las que transportaban a sus padres.
Gracias a ellas, los pequeños, conocían ciudades con canales repletos de divertidas embarcaciones, mares que escondían inmensas ballenas en su interior, o murallas que recorrían kilómetros entre montañas.
Los niños sabían que el viento del primer jueves de octubre traería consigo las primeras castañas, y teñiría Muriel de colores marrones y naranjas, devolviendo a sus padres al pequeño pueblo.
La última fotografía mostraba un océano enfurecido, con especies vegetales y animales propias de aguas frías, que pronto reconocieron entre las historias que de sus abuelos relataba su padre sobre el camino de los arrieros en las costas gallegas.
Aquella mañana, Siro, preocupado, se había despertado antes de lo habitual, y sentado en el suelo de la cocina, observaba cómo su hermana rellenaba los moldes que servirían para dar forma a los jabones aromáticos.
-Zonda, ¿ cómo se van a bajar papá y mamá del viento?
La niña miró al pequeño. Sus ojos almendrados lloraban ante la evidencia de poder perder a sus padres otros cuatro meses, o quizá para siempre, condenados a seguir el camino caprichoso del viento.
- No te preocupes, algo se nos ocurrirá.
A pesar de que había intentado resultar convincente, a Zonda también le angustiaba aquella situación. Había intentado mostrar un semblante sereno, conociendo la sensibilidad de su hermano, pero no estaba segura de haberlo conseguido, ya que éste, repentinamente, había subido las viejas escaleras de madera a trompicones, tras escuchar su contestación.
Decidió no pensar más en ello, y centrar sus esfuerzos en terminar de elaborar los jabones aromáticos aquella mañana.
“ Algo se nos ocurrirá”, dijo para sí.
Siro, por su parte, había dejado volar su imaginación tan alto como el viento y, después de pasar varias horas encerrado en su cuarto, bajó al piso inferior de la vieja casa maragata, tan rápido como sus delgadas piernas le permitieron, con su cazamariposas en la mano.
Zonda, que colocaba con especial delicadeza las piezas de jabón en bandejas, recibió a su hermano con una sonrisa forzada, preocupada por su repentino cambio de humor.
- ¡ Podemos coger a papá y a mamá como si fuesen mariposas!
El pequeño saltaba alrededor de su hermana con la red en la mano, imitando los gestos que hacía cuando salía a cazar mariposas por Muriel.
Zonda, sin interrumpir su trabajo, le regaló una mirada de aprobación, permitiendo que su hermano se sintiese satisfecho con su gran descubrimiento.
- ¡Construiremos el cazamariposas más grande del mundo!
La joven comenzó a valorar la posibilidad de escuchar la idea de su hermano y, sacándose los guantes rojos que impedían que su piel se dañase mientras elaboraba jabones aromáticos, se sentó, prestándole toda su atención.
- Será el cazamariposas más grande y más bonito del mundo, y papá y mamá se pondrán muy contentos cuando vean mi invento.
Zonda comprendió que la idea de su hermano era la solución para recuperar a sus padres. Si diseñaban una red lo suficientemente grande para ocupar el espacio que separaba el camino de Muriel, el viento se colaría entre los agujeros del cazamariposas, y sus padres caerían en él como si de una tela de araña se tratase.
- Siro, eres el niño más listo de toda la Maragatería
OCTUBRE
Aquella misma tarde, mientras vendía sus jabones de casa en casa por la calle principal de Muriel, Zonda relataba una y otra vez la idea de tejer una red de grandes dimensiones para ayudar a sus padres, siendo aprobada por la mayoría de las clientas que habitualmente adquirían su trabajo artesanal, quienes ofrecían su colaboración de manera desinteresada.
Siro, de pie, desde el borde de la fuente, haciendo grandes aspavientos con sus brazos, explicaba a los niños del pueblo la gran hazaña en la que se había visto inmerso.
Los habitantes de Muriel, incluida la vieja señora Pampero, que , para sorpresa de todos, abandonaba por primera vez en años sus jornadas de lectura en el banco de madera, se reunieron día tras día, durante dos semanas, en la casa de piedra de Zonda y Siro, ubicada en medio de la calle sin asfaltar.
Mientras unos tejían la red, otros calculaban las medidas de la misma, o servían infusiones calientes de azahar y melisa, interrumpidos en ocasiones por el alboroto de los niños que jugaban, divertidos y excitados por la novedad.
El primer jueves de octubre, a primera hora de la mañana, un grupo de veinte personas encabezado por Siro y Zonda, salían de la casa de los pequeños portando una inmensa red que sujetaban en alto desde sus bordes mientras caminaban hasta las primeras casas.
Ayudados por las escaleras de viento, ataron los extremos de la red a la parte superior de sendas farolas, cada una situada a un lado del camino, así como al pie de las mismas, mientras las campanas empezaban a repicar con fuerza en la Baja Maragatería.
Siro divisó en el horizonte cómo se acercaba el viento, huracanado, y, como el resto de los habitantes de Muriel, corrió, junto a su hermana, a resguardarse en el interior de las casas de piedra rojiza, observando, a través de los pequeños agujeros de las contras de madera de las ventanas, el inmenso cazamariposas.
Desde las últimas casas, lugar por el que pasaba primero el viento desde su cambio de dirección, aparecieron los padres de Siro y Zonda, volando por encima de los tejados, con la ropa rasgada por la fuerza del viento, y su pelo rizo, moreno, enredado uno con el otro.
El viento, enfurecido al hallar en su camino un obstáculo de tales dimensiones, formó un pequeño tornado, para cambiar nuevamente de sentido, momento en que los padres de los pequeños rebotaron en la red, como si de un gran tirachinas se tratase, saliendo despedidos por encima del ciclón.
Tras unos segundos de silencio, los habitantes de Muriel salieron temerosos de sus casas, y , acompañados de Siro y Zonda, buscaron en los tejados, farolas y árboles a los padres de los pequeños, hasta que el niño, sonriente, señaló hacia la última chimenea del pueblo, en la que, colgados a ambos lados, y enredados por su pelo rizo, aparecieron un hombre y una mujer sujetando una cámara de fotos.
LA ÚLTIMA FOTOGRAFÍA
Desde el tejado, y aún enganchado en la chimenea, el padre de Siro y Zonda enfocó por última vez el objetivo de su cámara.
La fotografía, sin color, mostraría más adelante una decena de personas apoyando sus escaleras de viento en el tejado de la casa sobre la que habían caído, mientras sus hijos, les saludaban, sonrientes, desde el borde de la misma fuente que les había separado, sujetando un par de cazamariposas en lo alto.
Entre la multitud, acordeones, gaitas y tamboriles, celebraban su regreso.
A lo lejos, una inmensa red, sujeta únicamente por uno de sus extremos a una farola de Muriel, era mecida por una brisa que no hacía sino recordar que aquel era un camino imaginado para evitar, en la medida de lo posible, travesuras huracanadas. Era un camino para el viento.
BERTA. 2.04.2010
Como un río de aire, el viento forma un caudal que fluye con más o menos intensidad, según el paisaje que acaricia.
Si no sortea dificultades, juega moldeando las copas de los árboles, con peinados imposibles, o moviendo puñados de granos de arena de las playas, para formar dunas según su capricho.
Pero si es la mano del hombre la que le impide avanzar, el viento se enfurece, huracanado, , tratando de recuperar la parte del camino que aquél le usurpó."
MURIEL
Las casas de piedra rojiza de Muriel se erguían viejas, cansadas, dibujando un pasillo en el enclave de la Baja Maragatería.
El País de los Maragatos debía su nombre a los tiempos de la arriería, cuando los lugareños comerciaban salazones de pescado desde Galicia a Madrid; desde el mar, a los gatos.
Muriel medía su edad en la vejez de sus piedras castellanas, y rendía homenaje, con su estructura, a los arrieros maragatos, en función de su actividad: grandes puertas arcadas para el paso de carros, patios interiores, cuadras, bodegas, calles sin asfaltar...
A pesar de no contar con más de 40 habitantes, cada casa del pequeño pueblo era casi una réplica de la anterior, diferenciadas quizá por una maceta con camelias en una ventana o por una bicicleta apoyada en un viejo portón de madera.
Conservaba aún la solemnidad de una actividad económica próspera, y en su rutina diaria, quedaban resquicios de una vida que ya no era.
El tiempo se había detenido en Muriel como si de fotografías antiguas se tratase: niños jugando en la calle, señoras sentadas al sol en bancos de piedra y hombres tocando la chifla y el tamboril.
El pueblo formaba un pasillo, limitado a ambos lados por las viejas casas de piedra rojiza.
Todas las casas contaban con dos plantas, y todas se unían pared con pared, describiendo un camino que no era sino interrumpido por una pequeña fuente de agua potable que daba de beber a los vecinos de Muriel; un camino imaginado para evitar, en la medida de lo posible, travesuras huracanadas; un camino para el viento.
SIRO
Igual que las casas de Muriel, sus habitantes gozaban de un denominador común: sus nombres habían sido elegidos generación tras generación en función de la intensidad del viento durante el año de su nacimiento, condicionando, de alguna manera, su personalidad.
Siro había nacido en marzo, hacía diez años. Durante esos meses, el aire mediterráneo procedente del Sahara había producido en el pueblo un clima húmedo y frío acompañado de un viento fuerte que no hacía sino acrecentar la testarudez del pequeño. A pesar de su edad, Siro era un niño decidido, emprendedor y especialmente sensible.
Sus ojos, azules, casi tan grandes como dos almendras, teñían del mismo color su curiosidad, observando con especial templanza todo lo que sucedía a su alrededor, que se reflejaba en sus pupilas como si del agua de la fuente se tratase.
Siro era un niño rubio, especialmente delgado, así que la ropa holgada que solía vestir, como todos los vecinos de Muriel, no hacía sino marcar todos y cada uno de sus huesos en cada movimiento.
En el pequeño pueblo existía otro factor común: el pelo de sus vecinos crecía rizo, unas veces, en tirabuzones otras, pero jamás se había conocido lugareño con el cabello liso, desde la construcción de la última casa de Muriel.
Y era algo que a Siro no hacía sino complacerle: no había nada en el mundo que le gustase más que la caricias de su madre retirándole un mechón de rizos que caía, rebelde, sobre sus ojos almendrados.
EL PRIMER JUEVES DE CADA MES
El primer jueves de cada mes las campanas repicaban en la Baja Maragatería, con mayor o menor intensidad en función de la fuerza con la que el viento recorriese su camino.
Entonces, en el peor de los casos, los habitantes de Muriel, recogían apresurados las sillas situadas en las puertas de las casas, cerraban las contras de madera de las ventanas, y esperaban, ocultos ,a que trascurriese el tiempo suficiente para regresar a la calle a disfrutar del trabajo artesano y de las canciones y juegos propios de cada estación.
En otro caso, los lugareños mantenían sus ocupaciones, sin más preocupación que la de sujetar con fuerza sombreros de paja y pañuelos de colores, que ocultaban los rizos y tirabuzones de los habitantes del pequeño pueblo de la comarca maragata.
Sin embargo en ocasiones, el viento jugaba, travieso, deleitando con sus ocurrencias a pequeños y mayores quienes, irremediablemente, pasarían el resto de la tarde recuperando el orden.
Aquel jueves de junio, las campanas repicaron suaves, casi como un tintineo dulce, que presagiaba un aire cálido primaveral.
Siro, sentado en el balcón de su habitación, agarró con fuerza, desconfiado, el cazamariposas que había hecho aquella tarde.
En sus ojos almendrados, se reflejaron decenas de sombreros de todos los tamaños y colores, que volaban a lo largo del camino que marcaban las casas de Muriel. A continuación Siro observó cómo el banco de madera en el que plácidamente leía la señora Pampero, había sido elevado en el aire, volando delante del balcón del niño, que le sonrió, sin más respuesta que una mueca de fastidio de la regordeta y canosa mujer, que había perdido el periódico que estaba leyendo.
Unos minutos más tarde, mientras unos habitantes de Muriel recogían sus prendas esparcidas a lo largo del pueblo, otros sujetaban por ambos extremos el banco de madera, con la señora Pampero aún sentada en él, desplazándolo a lo largo de la calle hasta su correcta ubicación.
Siro miró al cielo, y observó cómo caían varias fotografías sin color sobre el tejado de la casa.
Corriendo, atravesó su habitación y, bajando a la calle, apoyó la escalera de viento en la fachada de piedras rojizas, y consiguió, ayudado de una fina rama, las fotografías que el aire les había regalado aquella tarde.
_ " ¡ Zonda !, ¡ ven!, ¡papá y mamá están bien!_ exclamó
ZONDA
La hermana de Siro tenía un carácter seco y temperamental, como el viento que le había dado nombre.
A pesar de contar con tan solo quince años, había asumido con madurez el cuidado del pequeño tras la partida inesperada de sus padres.
Zonda presumía de una larga melena rubia, que peinaba con delicadeza durante horas, mientras esperaba que un soplo de aire depositase en Muriel noticias de sus progenitores.
Sus vestidos, flojos, disimulaban un cuerpo de mujer que habría desviado más de una mirada entre los jóvenes del pequeño pueblo.
Zonda había continuado el trabajo artesanal de sus padres, aprendido desde su niñez, para poder vivir en Muriel junto a su hermano.
Todas las mañanas, con los primeros rayos de sol entrando a través de las ventanas de la cocina, la joven recogía sus tirabuzones rubios en una hermosa trenza con un lazo rojo, a juego con el delantal y los guantes que evitaban dañar la piel de sus manos.
Con la ayuda de un palo, Zonda diluía en grandes recipientes de barro, agua con soda y sal, líquido sobre el que vertía la cantidad de aceite suficiente para obtener, una vez calentado, una masa uniforme que removía, de forma permanente, durante horas.
Cuando Siro, como todas las mañanas, bajaba las viejas escaleras de madera, a trompicones, para abrazar a su hermana, la mezcla ya estaba repartida en moldes que se dejarían enfriar durante varios días para obtener jabones aromáticos que Zonda vendería a los vecinos de Muriel, o, en su caso, cambiaría por un poco de leche, legumbres o cocido maragato.
LA CÁMARA DE FOTOS
Siro y Zonda sujetaban con dificultad sendas bandejas de jabones, sin dejar de sonreír.
A pesar de que las campanas repicaban con fuerza, y que los habitantes de Muriel corrían hacia sus casas, recogiendo las sillas situadas en sus puertas y cerrando las contras de madera de las ventanas, los padres de los pequeños habían insistido en que la luz estival del atardecer era la idónea para tomar la fotografía que serviría de cartel a la empresa familiar.
Los niños, de pie, sobre el borde de la fuente de piedra que adornaba el centro de la calle, apremiaban a su padre con la mirada, mientras éste, con una rodilla en el suelo, siguiendo las instrucciones de su esposa, buscaba el mejor enfoque con su cámara de fotos sin color.
Los padres de Siro y Zonda eran tan delgados como los propios pequeños, si bien lucían un cabello rizo, moreno, que contrastaba con el pelo rubio de sus hijos, dando lugar a comentarios que se habían extendido en toda la Baja Maragatería.
A pesar de las habladurías, la familia contaba con el cariño de todos los habitantes de Muriel, y sus jabones aromáticos eran tan bien recibidos como las fiestas que organizaban en su vieja casa celebrando cumpleaños, nacimientos o , simplemente, el cambio de estación.
El viento comenzó a rugir, enfadado, cuando Siro, gritando, soltó la bandeja. Los jabones cayeron en el agua de la fuente, formando un gran charco de espuma que emanaba con fuerza, bajo los pies de los niños.
Desde el horizonte, una ráfaga de viento, caprichosa, se adentraba en Muriel, barriendo, a su paso, a todo aquel que no se hubiera resguardado a tiempo.
Zonda agarró a su hermano por la manga de la camisa y tiró con fuerza de él, resbalando juntos en el interior de la fuente.
Ocultos entre la espuma, los pequeños observaron cómo el viento elevaba a sus padres hacia el cielo y, con un giro inesperado, formando un pequeño tornado, cambiaba por primera vez su dirección, para regresar por el mismo camino por el que había aparecido, y llevando a los padres de Siro y Zonda en sus entrañas.
LAS ESCALERAS DE VIENTO
Siro y Zonda, impotentes, cubiertos de espuma, agarrados de la mano, de pie, y desde el interior de la fuente, miraban al cielo en el que habían desaparecido sus padres.
Los habitantes de Muriel salieron de sus casas, en silencio, tras haber presenciado, en su mayoría, la trágica escena desde el interior de sus hogares.
Conocedores de las consecuencias de aquel pequeño tornado, los lugareños, ayudados por Siro y Zonda, sacaron de sus casas las escaleras que tantas veces habían utilizado en situaciones de emergencia.
Varias personas que se habían visto sorprendidas por el cambio de la dirección del viento, y habían sido arrastradas hasta tejados, farolas y árboles, dibujando un escenario surrealista en Muriel, gritaban auxilio desde lo alto.
Zonda, desconcertada, apoyó la escalera en uno de los abedules que adornaban el pueblo, para rescatar a un niño que se había enredado entre las ramas con su pelo rizo.
Mientras, varias personas de más edad, colgadas de farolas por sus prendas holgadas, eran ayudadas por otros vecinos.
Una decena de escaleras de viento fueron recogidas al anochecer, esperando otra ocasión en la que los habitantes de Muriel no corriesen la misma suerte que los padres de Siro y Zonda.
FOTOGRAFÍAS SIN COLOR
Habían pasado más de tres semanas desde que el viento había cambiado su dirección cuando Siro y Zonda recibieron la primera fotografía.
Era el primer jueves del mes de julio, y tras el repique tímido de las campanas, una imagen en blanco y negro había aterrizado a los pies del pequeño en la puerta de su vieja casa de piedra.
Curioso, se agachó para recogerla, y su sorpresa no pudo ser mayor al reconocer en ella algunos de los lugares que su padre tantas veces le había relatado en los cuentos que le contaba antes de dormir; ciudades que para el niño solo existían en su imaginación, ya que para él no había más mundo que el que comenzaba y terminaba en su pequeño Muriel.
Sin aliento, buscó a su hermana entre las mujeres que vendían aquella mañana en las puertas de las casas.
Zonda posó la bandeja de jabones aromáticos en un banco, y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, sin dar crédito a lo que le mostraba aquella fotografía: hombres encantadores de serpientes; mujeres vestidas con largas túnicas; porteadores de alfombras; camellos…
Los pequeños, con lágrimas en los ojos, se abrazaron, y comprendieron que sus padres seguían el camino del viento, atravesando bosques, pueblos, mares, desiertos… y que regresarían, tarde o temprano, al punto de partida: Muriel
CAZAMARIPOSAS
Habían transcurrido tres meses desde que los padres de Siro y Zonda habían abandonado Muriel, y desde entonces los pequeños habían recibido cinco fotografías sin color , empujadas por masas de aire más rápidas que las que transportaban a sus padres.
Gracias a ellas, los pequeños, conocían ciudades con canales repletos de divertidas embarcaciones, mares que escondían inmensas ballenas en su interior, o murallas que recorrían kilómetros entre montañas.
Los niños sabían que el viento del primer jueves de octubre traería consigo las primeras castañas, y teñiría Muriel de colores marrones y naranjas, devolviendo a sus padres al pequeño pueblo.
La última fotografía mostraba un océano enfurecido, con especies vegetales y animales propias de aguas frías, que pronto reconocieron entre las historias que de sus abuelos relataba su padre sobre el camino de los arrieros en las costas gallegas.
Aquella mañana, Siro, preocupado, se había despertado antes de lo habitual, y sentado en el suelo de la cocina, observaba cómo su hermana rellenaba los moldes que servirían para dar forma a los jabones aromáticos.
-Zonda, ¿ cómo se van a bajar papá y mamá del viento?
La niña miró al pequeño. Sus ojos almendrados lloraban ante la evidencia de poder perder a sus padres otros cuatro meses, o quizá para siempre, condenados a seguir el camino caprichoso del viento.
- No te preocupes, algo se nos ocurrirá.
A pesar de que había intentado resultar convincente, a Zonda también le angustiaba aquella situación. Había intentado mostrar un semblante sereno, conociendo la sensibilidad de su hermano, pero no estaba segura de haberlo conseguido, ya que éste, repentinamente, había subido las viejas escaleras de madera a trompicones, tras escuchar su contestación.
Decidió no pensar más en ello, y centrar sus esfuerzos en terminar de elaborar los jabones aromáticos aquella mañana.
“ Algo se nos ocurrirá”, dijo para sí.
Siro, por su parte, había dejado volar su imaginación tan alto como el viento y, después de pasar varias horas encerrado en su cuarto, bajó al piso inferior de la vieja casa maragata, tan rápido como sus delgadas piernas le permitieron, con su cazamariposas en la mano.
Zonda, que colocaba con especial delicadeza las piezas de jabón en bandejas, recibió a su hermano con una sonrisa forzada, preocupada por su repentino cambio de humor.
- ¡ Podemos coger a papá y a mamá como si fuesen mariposas!
El pequeño saltaba alrededor de su hermana con la red en la mano, imitando los gestos que hacía cuando salía a cazar mariposas por Muriel.
Zonda, sin interrumpir su trabajo, le regaló una mirada de aprobación, permitiendo que su hermano se sintiese satisfecho con su gran descubrimiento.
- ¡Construiremos el cazamariposas más grande del mundo!
La joven comenzó a valorar la posibilidad de escuchar la idea de su hermano y, sacándose los guantes rojos que impedían que su piel se dañase mientras elaboraba jabones aromáticos, se sentó, prestándole toda su atención.
- Será el cazamariposas más grande y más bonito del mundo, y papá y mamá se pondrán muy contentos cuando vean mi invento.
Zonda comprendió que la idea de su hermano era la solución para recuperar a sus padres. Si diseñaban una red lo suficientemente grande para ocupar el espacio que separaba el camino de Muriel, el viento se colaría entre los agujeros del cazamariposas, y sus padres caerían en él como si de una tela de araña se tratase.
- Siro, eres el niño más listo de toda la Maragatería
OCTUBRE
Aquella misma tarde, mientras vendía sus jabones de casa en casa por la calle principal de Muriel, Zonda relataba una y otra vez la idea de tejer una red de grandes dimensiones para ayudar a sus padres, siendo aprobada por la mayoría de las clientas que habitualmente adquirían su trabajo artesanal, quienes ofrecían su colaboración de manera desinteresada.
Siro, de pie, desde el borde de la fuente, haciendo grandes aspavientos con sus brazos, explicaba a los niños del pueblo la gran hazaña en la que se había visto inmerso.
Los habitantes de Muriel, incluida la vieja señora Pampero, que , para sorpresa de todos, abandonaba por primera vez en años sus jornadas de lectura en el banco de madera, se reunieron día tras día, durante dos semanas, en la casa de piedra de Zonda y Siro, ubicada en medio de la calle sin asfaltar.
Mientras unos tejían la red, otros calculaban las medidas de la misma, o servían infusiones calientes de azahar y melisa, interrumpidos en ocasiones por el alboroto de los niños que jugaban, divertidos y excitados por la novedad.
El primer jueves de octubre, a primera hora de la mañana, un grupo de veinte personas encabezado por Siro y Zonda, salían de la casa de los pequeños portando una inmensa red que sujetaban en alto desde sus bordes mientras caminaban hasta las primeras casas.
Ayudados por las escaleras de viento, ataron los extremos de la red a la parte superior de sendas farolas, cada una situada a un lado del camino, así como al pie de las mismas, mientras las campanas empezaban a repicar con fuerza en la Baja Maragatería.
Siro divisó en el horizonte cómo se acercaba el viento, huracanado, y, como el resto de los habitantes de Muriel, corrió, junto a su hermana, a resguardarse en el interior de las casas de piedra rojiza, observando, a través de los pequeños agujeros de las contras de madera de las ventanas, el inmenso cazamariposas.
Desde las últimas casas, lugar por el que pasaba primero el viento desde su cambio de dirección, aparecieron los padres de Siro y Zonda, volando por encima de los tejados, con la ropa rasgada por la fuerza del viento, y su pelo rizo, moreno, enredado uno con el otro.
El viento, enfurecido al hallar en su camino un obstáculo de tales dimensiones, formó un pequeño tornado, para cambiar nuevamente de sentido, momento en que los padres de los pequeños rebotaron en la red, como si de un gran tirachinas se tratase, saliendo despedidos por encima del ciclón.
Tras unos segundos de silencio, los habitantes de Muriel salieron temerosos de sus casas, y , acompañados de Siro y Zonda, buscaron en los tejados, farolas y árboles a los padres de los pequeños, hasta que el niño, sonriente, señaló hacia la última chimenea del pueblo, en la que, colgados a ambos lados, y enredados por su pelo rizo, aparecieron un hombre y una mujer sujetando una cámara de fotos.
LA ÚLTIMA FOTOGRAFÍA
Desde el tejado, y aún enganchado en la chimenea, el padre de Siro y Zonda enfocó por última vez el objetivo de su cámara.
La fotografía, sin color, mostraría más adelante una decena de personas apoyando sus escaleras de viento en el tejado de la casa sobre la que habían caído, mientras sus hijos, les saludaban, sonrientes, desde el borde de la misma fuente que les había separado, sujetando un par de cazamariposas en lo alto.
Entre la multitud, acordeones, gaitas y tamboriles, celebraban su regreso.
A lo lejos, una inmensa red, sujeta únicamente por uno de sus extremos a una farola de Muriel, era mecida por una brisa que no hacía sino recordar que aquel era un camino imaginado para evitar, en la medida de lo posible, travesuras huracanadas. Era un camino para el viento.
BERTA. 2.04.2010
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